Extractos mínimos (XII)

La tecnología había conseguido la realidad virtual perfecta. El cuerpo mantenido indefinidamente mediante su reparación y conservación continuas. La experimentación de todos los placeres conocidos por tiempo ilimitado. La materialización de todos los sueños imposibles. Dinero, sexo, poder sin fin. El ejercicio indistinto y arbitrario de la tiranía o de la misericordia. Transcurrido un período suficiente de tiempo, daba igual que aquella realidad se llamara paraíso, infierno o cadena perpetua.

Un momentito, que voy a escribir una tesis doctoral y enseguida vuelvo

Mantener vivo un blog es en sí bastante complicado: buscar un asunto interesante sobre el que escribir, hacerlo de forma amena y encontrar el tiempo suficiente no es nada fácil, y mucho menos si además se le pretende dar una cierta periodicidad. Para un aficionado a contar cosas, cumplir todas las premisas es casi imposible a poco que se le crucen otras actividades y otras responsabilidades.

Dos años completos de sequía en internet es mucho tiempo. Ya un sólo mes lo es. Si hubiera tenido un número aceptable de seguidores los habría perdido al poco tiempo de abandonar la publicación, pero la ventaja de que te lean nada más que los amigos permite resucitarlo casi eternamente, lo que es magnífico para mí, que ni vivo de esto ni necesito demasiado público para soltar mis parrafadas. Pero aún así, en todo este tiempo más de una vez he intentado publicar algo, obviamente sin fortuna.

Como avanzo en el título, durante todo este tiempo he estado dedicado a escribir (maquetar, encuadernar, preparar y defender) mi tesis doctoral, en la que la ciencia ficción es una de las protagonistas principales, junto al cine y la arquitectura. Afición y profesión juntas al fin en un proceso que terminó felizmente el pasado siete de abril. Una vez cerrado un ciclo (que siempre abre otro) y tras el descanso neuronal correspondiente, me propongo retomar la actividad del blog, comenzando ahora mismo, pero añadiendo algún giro temático.

Haber escrito una tesis sobre ciencia ficción me ha aportado un especial contacto con muy distintas ideas de futuro, que han provocado un efecto sorprendente: hacerme descubrir que la tecnología y ese futuro, tanto el que describen las películas y las novelas como el que vivimos y proyectamos, tienen en realidad bastante poco que ver. Ambas cosas tienen relación, pero es meramente circunstancial. El porvenir y su idea los conforman y modelan las sociedades, y la tecnología solo las acompaña.

Pero el descubrimiento fundamental ha sido advertir que pase lo que pase, y en cualquier actividad, siempre se acaba hablando de uno mismo y de las propias inquietudes. Aquello de lo que se escribe es solo el filtro mediante el cual se camufla. También me he dado cuenta de que prefiero lo transversal a lo monográfico, y en consecuencia, que pretender mantener este blog mirando exclusivamente a la ciencia ficción solo va a provocar, tras tantos intentos, su inexorable desaparición. El cine en general, la arquitectura, la política, la sociedad, son campos que pueden hablar del futuro tanto como la ciencia ficción misma, y pretendo hablar de ellos cuando sea oportuno, intentando siempre que ese futuro sea el hilo conductor de cada reflexión o cada historia.

Para terminar solo me queda recordar que el pasado 19 de marzo cumplimos, muy en silencio, seis años de vida, y que el quinto ni siquiera lo celebramos. Os debo dos cuentos de Clarke, y aquí los tenéis: El cielo cruel y Los nueve mil millones de nombres de Dios.

Edito: El enlace del segundo cuento se murió. Aquí os dejo otro: Los nueve billones de nombres de Dios.

La redención

La ciencia ficción distópica, de la que 1984 es referente, amplifica los miedos básicos de la sociedad proyectándolos en el futuro. Uno de los principales protagonistas de estas historias es un sistema opresor que hostiga y aliena al ser humano de diferentes maneras y con diferentes justificaciones, en la mayoría de casos apuntando a la libertad de pensamiento como el blanco principal de la represión. Podemos recordar obras como Fahrenheit 451, Soylent Green, Hijos de los Hombres, Equilibrium, V de Vendetta, La Naranja Mecánica y tantas otras, literarias y cinematográficas, que muestran un futuro esencialmente basado en la represión.

Cuando George Orwell publicó 1984 en 1949, hacía poco que habían cerrado los campos de concentración, y  todavía quedaba vivo el recuerdo del pánico, apuntando directamente a las purgas del estalinismo como la reedición de la sociedad vigilada por el estado, donde la disidencia, incluso la íntima, era terriblemente castigada. Figuras clave de la cultura y el arte como el compositor Dmitri Shostakovich o Serguei Eisenstein habían caído en desgracia en la URSS de la posguerra, por comportamientos tan reprobables como el formalismo.

Números y letras

Es importante, para ilustrar la reflexión que haremos más adelante, comprender el significado del número, de la identificación personal, en este contexto. Un estigma real y doloroso de los judíos supervivientes de los campos de concentración nazis era el número que llevaban tatuado en el pecho o en el brazo, que se ocultaba por constituir un recuerdo imborrable –aquí físicamente– de los horrores sufridos durante una cautividad llena de muerte y sufrimiento. El número significaba la pertenencia a una de las épocas más trágicas de la historia de la humanidad.

La distopía proporciona a la literatura y el cine un nuevo campo de concentración: la neolengua de Orwell, una especie de programación lingüística, encaminada a retorcer la voluntad y la conciencia, a impedir el pensamiento por falta de significado y reelaboración de definiciones. Para conseguir una nueva dictadura basada en la ausencia, la perversión y la corrupción de los conceptos, basada en la alienación del individuo en aras de su pertenencia a una sociedad ordenada y pacífica, y la consiguiente conformidad con el hecho alienante colectivo para conseguir la tranquilidad, la paz y la prosperidad material, la neolengua constituye una parte fundamental del proceso. Se trata de conseguir una dictadura soft, donde la violencia sobre el disidente, pese a ejercerse brutalmente y sin contemplaciones, lo haga sigilosamente y con no demasiada frecuencia.

Como hemos dicho antes, el catálogo de distopías es amplio, desde Un Mundo Feliz a Brazil. Pero hoy quiero insistir en una pequeña obsesión cinematográfica. Quiero presentar una sociedad en la que un tatuaje con el número de prisionero se convierte en algo chic. Me gustaría hablar de Jean-Luc Godard y de una de mis películas fetiche, Alphaville. Alphaville entendida como parodia o como respuesta a 1984.

(Dis)Tópicos

Lemmy Caution es un personaje literario, un clásico detective privado de novela negra creado por el escritor británico Peter Cheyney en 1936. Apareció en diez novelas hasta 1945, que se hicieron muy populares en la Francia de la posguerra. Gracias a ello, sus andanzas se llevaron al cine en una serie de películas que abarcan de 1953 a 1963. La octava y última –y extraña– aparición del detective se produjo en 1965, de la mano de Jean-Luc Godard, en una película ambientada en el futuro.

Alphaville viene a subvertir el consenso básico sobre la libertad, usando conceptos (por supuesto, tan subliminales como toda la película en sí) como el de la no intervención, que reutilizará Star Trek a partir de 1968 (en el episodio “Bread and Circuses”) y en adelante con la “primera directiva”.

Siempre tenemos en mente la conciencia de la opresión: cuando en la literatura y el cine distópicos hablamos sobre las dictaduras, de la falta de libertad o de la represión consideramos un hecho que nuestros protagonistas son plenamente conscientes de su status de oprimidos.

La narrativa cinematográfica, y en casos la literaria, hacen que –al menos el espectador– sepa desde el primer momento que existe una situación de ausencia de derechos por parte de los protagonistas de la historia. (Después ellos lo advertirán). El “maniqueísmo narrativo” que llevan a cabo tanto los relatos como las adaptaciones al cine –se instaura como situación de hecho una vulneración de la libertad y los derechos de los protagonistas, sin ningún matiz– determina la historia desde su comienzo, despojándole de toda complejidad, postulando que existe una sociedad maléfica de la que hay que deshacerse, sin que importe si el protagonista lo consigue o no; simplemente la historia tiene un final feliz o terrible, dependiendo de la intención de cada narrador.

Ficción y realidad, y viceversa

Alphaville nos muestra, entre ironía y desasosiego, una visión diferente de la sociedad y su comportamiento. Describe  una sociedad operativa (como en la realidad ocurre en muchos regímenes autoritarios), donde la ortodoxia imperante produce, mediante el aleccionamiento, la represión y la violencia, progreso técnico y paz social, mientras la disidencia es relegada a guetos infectos: el resultado es que el opositor es retratado como una figura ridícula (la secuencia de los fusilados en la piscina es un claro ejemplo) de la que se hace espectáculo, o mueren de forma miserable, como personajes sencillamente marginados. Mientras tanto, el número del campo de concentración (el ID, el NIF, el número en el sentido más alienante del término) se muestra con orgullo, el orgullo del que pertenece al grupo intocable de los que obedecen al sistema, estableciendo una relación estremecedora entre los prisioneros del holocausto y los de la sociedad moderna, poniendo en juego una especie de anticipación que vista con los ojos de hoy nos ponen los pelos de punta.

Alphaville hasta aquí muestra de forma diferente, o se aproxima de otro modo, a los análisis tradicionales de las sociedades dictatoriales “distópicas”. Simplemente enfrenta la sociedad real que se nos muestra (la gobernada por la maléfica computadora alpha-60, pero muy parecida en su forma externa al París de los años 60) a una ideal (la que encarna Lemmy Caution, un estereotipo intencionadamente tosco de una sociedad de folletín, que es curiosamente la que el espectador reconoce como propia).

El planteamiento radical de Alphaville (y aquí no podemos olvidar que a Godard le faltaban un par de años para abrazar abiertamente el maoísmo) se centra en que Lemmy Caution es un intruso. Su comportamiento y su propia persona es completamente ajeno no solo a la realidad de Alphaville, sino a la realidad narrativa de la propia historia: “Una extraña aventura de Lemmy Caution”, según reza el subtítulo de la película. La propia presencia del detective, como hemos visto, es un cuerpo extraño en la narración. Irónicamente, este zafio personaje (como el “mujeriego” agente Henry Dickson, al que interpreta Akim Tamiroff) perturba la paz de una sociedad ordenada que basa su existencia en el progreso de la ciencia y la tecnología. Lemmy es un carácter ridículo, que por el simple hecho de portar un lenguaje conocido por el espectador, destruye una civilización por la mera condición de ser diferente a la suya propia. Como premio, también tópico, se lleva consigo a la protagonista, a la sazón hija del dictador, que aprende el significado del amor de boca del detective.

Los personajes de Alphaville usan gestos contrarios a los nuestros para asentir y negar. Sí es no, no es sí (parafraseando el “gue­rra es paz, li­ber­tad es es­cla­vi­tud, ig­no­ran­cia es fuerza” de 1984). Es una potentísima simbología que expresa la radical diferencia entre los modos de pensar del invasor y el invadido. Son el indio y el colono, la historia del expolio que el ambicioso y el iluminado practican sistemáticamente. La falta de comprensión del prójimo al que esta vez nuestro propio lenguaje nos impide acceder.


Todas las fotos de esta entrada pertenecen a la película Alphaville: Une étrange adventure de Lemmy Caution (1965), de Jean-Luc Godard.

Y van tres

Hoy su humilde blog de ciencia ficción, coincidiendo como siempre con el óbito del maestro, cumple tres años. Siguiendo con la tradición inaugurada nada menos que el año pasado, les invito a leer otro cuento corto de Arthur C. Clarke. A este le tengo un especial cariño, por razones que no vienen al caso. Pues eso. Lean. Y así de paso voy ganando puntos para que la Sinde me cierre el blog.

Señores periodistas, arreglen su profesión o perderán su empleo

Últimamente en la prensa, quiero creer que inconscientemente, se da a entender que las disensiones entre científicos en determinadas cuestiones (por poner un ejemplo reciente, sobre las bacterias que pueden vivir en amoníaco) suponen una merma de credibilidad en el método o una grieta en el edificio académico. La base de la ciencia moderna es la falsabilidad de sus teorías, y el debate científico, constante y en ocasiones vehemente, el cimiento de su validez. El trato periodístico que en ocasiones —demasiadas— se da a las noticias sobre ciencia la equipara a la política o, peor aún, al corazón, como si existiera alguna similitud entre ellas. No olvidemos que el objetivo de la retórica es convencer y el de la filosofía llegar al conocimiento. Pues eso. Encontrar una bacteria no es lo mismo que encontrar un novio, mis queridos chafarderos. Aplíquense en aprender a escribir sin faltas de ortografía y en no dar opiniones sobre ciencia. (Y sobre tantas otras cosas importantes que a buen seguro desconocen). Ah, y dejen de una santa vez de llamar La máquina de Dios al LHC.

Neoblasfemias (I)

El escepticismo ortodoxo, como todos los fundamentalismos, nos despoja de la fantasía y por tanto de la capacidad de manejar imposibles. Sin esa capacidad arrinconamos la habilidad para trabajar fuera de la caja y nos convertimos hoy en los conservadores de mañana. En nuevos dinosaurios, que se extinguirán tal como se extinguieron. Y no me malinterpreten; esto no tiene nada que ver con la power balance.

Pasados

Pagaré con gusto un viaje en el tiempo —en el preciso momento en el que la máquina esté disponible— a todos esos nostálgicos de épocas pasadas que por supuesto no han vivido. Con una sola condición: no traerlos de vuelta hasta que podamos oír sus súplicas y sus lamentos desde allá donde se encuentren.

Mirar hacia adelante (manifiesto)

Digamos que como buen amante de la ciencia ficción, lo único que me importa es lo que se me avecina. Sé que para mi salud mental es importante mirar hacia adelante, sin regodearme en mis fallos o arrepentirme de mis actos pasados.

Por ello, y sin acritud, me importa un bledo la Historia, y mucho más cuando está más que visto que no nos ayuda en absoluto a corregir nuestros errores, ni nos hace capaces de aprender de ellos. El uso —siempre, no nos engañemos— torticero de esa Historia, la tradición y la costumbre, lo único que consigue es contaminar nuestra percepción del mundo y emponzoñar la relación con nuestro prójimo, hacer enemigos donde no los hay y llenar nuestra vida de fantasmas y de muertos.

Mientras no podamos cambiarlo, el pasado no existe. A la mierda lo que sólo sirve para amordazarnos.

Hoy cumplimos dos años

El año pasado se me olvidó. Éste no. Los dieciocho de marzo se cumplen años del nacimiento de este cuaderno y desgraciadamente, de la muerte de Arthur C. Clarke. Como ya conté, tuve el triste honor de inaugurarlo con el obituario del maestro, con lo que siempre habrá una buena excusa para ese recuerdo.  En un día como hoy, no es mala lectura El Centinela, que fue el germen de 2001. Aquí tienen el enlace. Disfruten.

Búsqueda y la Luna

Leo http://rrose.espacioblog.com/post/ 2010/02/28/langjokull, de un blog que me fascina; también la poesía y la pintura y la música me cautivan, no crean. Pero no es este su blog.

Lean la entrada que les digo. Después ya vuelven y seguimos.

A mí me cuesta respirar; enviar el Claro de Luna a la Luna y escuchar lo que devuelve. La música de los glaciares. Tocar o reproducir agua en un disco, o hielo. Vuelvo a citar a Snaut (del Solaris de Lem) cuando dice “[…] no que­re­mos otros mundos, sino un espejo…” tenemos hombres y mujeres, buenos y honestos artistas, buscando desesperadamente un espejo. Manifestando la incapacidad, la terrible incapacidad moderna de crear. La imitación llega hasta el extremo risible de buscar la respuesta en el espejo, con la esperanza de que el espejo nos devuelva nuestra imagen deformada, transformada o incompleta, grotesca o repugnante, porque al menos será distinta, y con suerte, sorprendente.

¿Es necesario ese desasosiego, esa continua necesidad de llenar galerías o auditorios con experimentos que lo único que descubren es la angustia del creador sin creación?

La poesía es algo tremendamente difícil, tanto como la pintura, o la música.  Y no hace falta decir que más difícil es vivir de ellas. Quizá por eso algunos buscan que la luna les haga su trabajo. Yo, por mi parte, que llevo un mes sin nada que decir, también elijo la Luna para acabar con mi sequía: está en el espacio, un día aterrizamos allí. Cada uno la usa para lo que le apetece. Qué cerca está.