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La cien­cia fic­ción dis­tó­pica, de la que 1984 es referente, amplifica los mie­dos bá­si­cos de la so­cie­dad pro­yec­tán­do­los en el futuro. Uno de los prin­ci­pa­les pro­ta­go­nis­tas de es­tas his­to­rias es un sis­tema opre­sor que hos­tiga y aliena al ser hu­mano de di­fe­ren­tes ma­ne­ras y con di­fe­ren­tes jus­ti­fi­ca­cio­nes, en la ma­yo­ría de ca­sos apun­tando a la li­ber­tad de pen­sa­miento como el blanco prin­ci­pal de la re­pre­sión. Po­de­mos re­cor­dar obras como Fah­ren­heit 451, Soy­lent Green, Hi­jos de los Hom­bres, Equi­li­brium, V de Ven­detta, La Na­ranja Me­cá­nica y tan­tas otras, li­te­ra­rias y ci­ne­ma­to­grá­fi­cas, que mues­tran un fu­turo esen­cial­mente ba­sado en la represión.

Cuando George Or­well pu­blicó 1984 en 1949, ha­cía poco que ha­bían ce­rrado los cam­pos de con­cen­tra­ción, y to­da­vía que­daba vivo el re­cuerdo del pá­nico, apun­tando di­rec­ta­mente a las pur­gas del es­ta­li­nismo como la re­edi­ción de la so­cie­dad vi­gi­lada por el es­tado, donde la di­si­den­cia, in­cluso la íntima, era te­rri­ble­mente cas­ti­gada. Fi­gu­ras clave de la cul­tura y el arte como el com­po­si­tor Dmi­tri Shos­ta­ko­vich o Ser­guei Ei­sens­tein ha­bían caído en des­gra­cia en la URSS de la pos­gue­rra, por com­por­ta­mien­tos tan re­pro­ba­bles como el for­ma­lismo.

Nú­me­ros y letras

Es im­por­tante, para ilus­trar la re­fle­xión que ha­re­mos más ade­lante, com­pren­der el sig­ni­fi­cado del nú­mero, de la iden­ti­fi­ca­ción per­so­nal, en este con­texto. Un es­tigma real y do­lo­roso de los ju­díos su­per­vi­vien­tes de los cam­pos de con­cen­tra­ción na­zis era el nú­mero que lle­va­ban ta­tuado en el pe­cho o en el brazo, que se ocul­taba por cons­ti­tuir un re­cuerdo im­bo­rra­ble –aquí fí­si­ca­mente– de los ho­rro­res su­fri­dos du­rante una cau­ti­vi­dad llena de muerte y su­fri­miento. El nú­mero sig­ni­fi­caba la per­te­nen­cia a una de las épo­cas más trá­gi­cas de la his­to­ria de la humanidad.

La dis­to­pía pro­por­ciona a la li­te­ra­tura y el cine un nuevo campo de con­cen­tra­ción: la neo­len­gua de Or­well, una es­pe­cie de pro­gra­ma­ción lin­güís­tica, en­ca­mi­nada a re­tor­cer la vo­lun­tad y la con­cien­cia, a im­pe­dir el pen­sa­miento por falta de sig­ni­fi­cado y re­ela­bo­ra­ción de de­fi­ni­cio­nes. Para con­se­guir una nueva dic­ta­dura ba­sada en la au­sen­cia, la per­ver­sión y la co­rrup­ción de los con­cep­tos, ba­sada en la alie­na­ción del in­di­vi­duo en aras de su per­te­nen­cia a una so­cie­dad or­de­nada y pa­cí­fica, y la con­si­guiente con­for­mi­dad con el he­cho alie­nante co­lec­tivo para con­se­guir la tran­qui­li­dad, la paz y la pros­pe­ri­dad ma­te­rial, la neo­len­gua cons­ti­tuye una parte fun­da­men­tal del pro­ceso. Se trata de con­se­guir una dic­ta­dura soft, donde la vio­len­cia so­bre el di­si­dente, pese a ejer­cerse bru­tal­mente y sin con­tem­pla­cio­nes, lo haga si­gi­lo­sa­mente y con no de­ma­siada frecuencia.

Como he­mos di­cho an­tes, el ca­tá­logo de dis­to­pías es am­plio, desde Un Mundo Fe­liz a Bra­zil. Pero hoy quiero in­sis­tir en una pe­queña ob­se­sión ci­ne­ma­to­grá­fica. Quiero pre­sen­tar una so­cie­dad en la que un ta­tuaje con el nú­mero de pri­sio­nero se con­vierte en algo chic. Me gus­ta­ría ha­blar de Jean-Luc Go­dard y de una de mis pe­lí­cu­las fe­ti­che, Alp­ha­vi­lle. Alp­ha­vi­lle en­ten­dida como pa­ro­dia o como res­puesta a 1984.

(Dis)Tópicos

Lemmy Cau­tion es un per­so­naje li­te­ra­rio, un clá­sico de­tec­tive pri­vado de no­vela ne­gra creado por el es­cri­tor bri­tá­nico Pe­ter Chey­ney en 1936. Apareció en diez no­ve­las hasta 1945, que se hi­cie­ron muy po­pu­la­res en la Fran­cia de la pos­gue­rra. Gra­cias a ello, sus an­dan­zas se lle­va­ron al cine en una se­rie de pe­lí­cu­las que abar­can de 1953 a 1963. La oc­tava y última –y ex­traña– apa­ri­ción del de­tec­tive se pro­dujo en 1965, de la mano de Jean-Luc Go­dard, en una pe­lí­cula am­bien­tada en el futuro.

Alp­ha­vi­lle viene a sub­ver­tir el con­senso bá­sico so­bre la li­ber­tad, usando con­cep­tos (por su­puesto, tan su­bli­mi­na­les como toda la pe­lí­cula en sí) como el de la no in­ter­ven­ción, que re­uti­li­zará Star Trek a par­tir de 1968 (en el epi­so­dio «Bread and Cir­cu­ses») y en ade­lante con la «pri­mera directiva».

Siem­pre te­ne­mos en mente la con­cien­cia de la opre­sión: cuando en la li­te­ra­tura y el cine dis­tó­pi­cos ha­bla­mos so­bre las dic­ta­du­ras, de la falta de li­ber­tad o de la re­pre­sión con­si­de­ra­mos un he­cho que nues­tros pro­ta­go­nis­tas son ple­na­mente cons­cien­tes de su sta­tus de oprimidos.

La na­rra­tiva ci­ne­ma­to­grá­fica, y en ca­sos la literaria, hacen que –al me­nos el es­pec­ta­dor– sepa desde el pri­mer mo­mento que existe una si­tua­ción de au­sen­cia de de­re­chos por parte de los pro­ta­go­nis­tas de la his­to­ria. (Des­pués ellos lo ad­ver­ti­rán). El «ma­ni­queísmo na­rra­tivo» que lle­van a cabo tanto los re­la­tos como las adap­ta­cio­nes al cine –se ins­taura como si­tua­ción de he­cho una vul­ne­ra­ción de la li­ber­tad y los de­re­chos de los pro­ta­go­nis­tas, sin nin­gún ma­tiz– de­ter­mina la his­to­ria desde su co­mienzo, des­po­ján­dole de toda com­ple­ji­dad, pos­tu­lando que existe una so­cie­dad ma­lé­fica de la que hay que des­ha­cerse, sin que im­porte si el pro­ta­go­nista lo con­si­gue o no; sim­ple­mente la his­to­ria tiene un fi­nal fe­liz o te­rri­ble, de­pen­diendo de la in­ten­ción de cada narrador.

Fic­ción y reali­dad, y viceversa

Alp­ha­vi­lle nos mues­tra, en­tre iro­nía y desa­so­siego, una vi­sión di­fe­rente de la so­cie­dad y su com­por­ta­miento. Des­cribe una so­cie­dad ope­ra­tiva (como en la reali­dad ocu­rre en mu­chos re­gí­me­nes au­to­ri­ta­rios), donde la or­to­do­xia im­pe­rante pro­duce, me­diante el alec­cio­na­miento, la re­pre­sión y la vio­len­cia, pro­greso téc­nico y paz so­cial, mien­tras la di­si­den­cia es re­le­gada a gue­tos in­fec­tos: el re­sul­tado es que el opo­si­tor es re­tra­tado como una fi­gura ri­dí­cula (la se­cuen­cia de los fu­si­la­dos en la pis­cina es un claro ejem­plo) de la que se hace es­pec­táculo, o mue­ren de forma mi­se­ra­ble, como per­so­na­jes sen­ci­lla­mente mar­gi­na­dos. Mien­tras tanto, el nú­mero del campo de con­cen­tra­ción (el ID, el NIF, el nú­mero en el sen­tido más alie­nante del tér­mino) se mues­tra con or­gu­llo, el or­gu­llo del que per­te­nece al grupo in­to­ca­ble de los que obe­de­cen al sis­tema, es­ta­ble­ciendo una re­la­ción es­tre­me­ce­dora en­tre los pri­sio­ne­ros del ho­lo­causto y los de la so­cie­dad mo­derna, po­niendo en juego una es­pe­cie de an­ti­ci­pa­ción que vista con los ojos de hoy nos po­nen los pe­los de punta.

Alp­ha­vi­lle hasta aquí mues­tra de forma di­fe­rente, o se apro­xima de otro modo, a los aná­li­sis tra­di­cio­na­les de las so­cie­da­des dic­ta­to­ria­les «dis­tó­pi­cas». Sim­ple­mente en­frenta la so­cie­dad real que se nos mues­tra (la go­ber­nada por la ma­lé­fica compu­tadora alpha-60, pero muy pa­re­cida en su forma ex­terna al Pa­rís de los años 60) a una ideal (la que en­carna Lemmy Cau­tion, un es­te­reo­tipo in­ten­cio­na­da­mente tosco de una so­cie­dad de fo­lle­tín, que es cu­rio­sa­mente la que el es­pec­ta­dor re­co­noce como propia).

El plan­tea­miento ra­di­cal de Alp­ha­vi­lle (y aquí no po­de­mos ol­vi­dar que a Go­dard le fal­ta­ban un par de años para abra­zar abier­ta­mente el maoísmo) se cen­tra en que Lemmy Cau­tion es un in­truso. Su com­por­ta­miento y su pro­pia per­sona es com­ple­ta­mente ajeno no solo a la reali­dad de Alp­ha­vi­lle, sino a la reali­dad na­rra­tiva de la pro­pia his­to­ria: «Una ex­traña aven­tura de Lemmy Cau­tion», se­gún reza el sub­tí­tulo de la pe­lí­cula. La pro­pia pre­sen­cia del de­tec­tive, como he­mos visto, es un cuerpo ex­traño en la na­rra­ción. Irónicamente, este za­fio per­so­naje (como el «mu­je­riego» agente Henry Di­ck­son, al que in­ter­preta Akim Ta­mi­roff) per­turba la paz de una so­cie­dad or­de­nada que basa su exis­ten­cia en el pro­greso de la cien­cia y la tec­no­lo­gía. Lemmy es un ca­rác­ter ri­dículo, que por el sim­ple he­cho de por­tar un len­guaje co­no­cido por el es­pec­ta­dor, des­truye una ci­vi­li­za­ción por la mera con­di­ción de ser di­fe­rente a la suya pro­pia. Como pre­mio, tam­bién tópico, se lleva con­sigo a la pro­ta­go­nista, a la sa­zón hija del dic­ta­dor, que aprende el sig­ni­fi­cado del amor de boca del detective.

Los per­so­na­jes de Alp­ha­vi­lle usan ges­tos con­tra­rios a los nues­tros para asen­tir y ne­gar. Sí es no, no es sí (pa­ra­fra­seando el «gue­rra es paz, li­ber­tad es es­cla­vi­tud, ig­no­ran­cia es fuerza» de 1984). Es una po­ten­tí­sima sim­bo­lo­gía que ex­presa la ra­di­cal di­fe­ren­cia en­tre los mo­dos de pen­sar del in­va­sor y el in­va­dido. Son el in­dio y el co­lono, la his­to­ria del ex­po­lio que el am­bi­cioso y el ilu­mi­nado prac­ti­can sis­te­má­ti­ca­mente. La falta de com­pren­sión del pró­jimo al que esta vez nues­tro pro­pio len­guaje nos im­pide acceder.


To­das las fo­tos de esta en­trada per­te­ne­cen a la pe­lí­cula Alp­ha­vi­lle: Une étrange ad­ven­ture de Lemmy Cau­tion (1965), de Jean-Luc Godard.

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Bue­nas no­ches a to­dos. Fe­liz año nuevo. Fe­liz cum­plea­ños a quien co­rres­ponda. Como di­ría Ed­die Fel­son «El rápido»…

¡He vuelto!

Ahora sí, en breve en sus pantallas.

La so­lu­ción a la Pa­ra­doja de Fermi es que una vez al­can­zada la sin­gu­la­ri­dad, ha­cerse vi­si­ble a otras ci­vi­li­za­cio­nes re­sul­ta­ría irre­le­vante.

En breve en sus pan­ta­llas, tras la publicidad.

14 junio 2011, por jotaace | Sin comentarios

Es tan des­ca­be­llado creer que las ca­tás­tro­fes na­tu­ra­les se de­ben a la vo­lun­tad de Dios como creer que la pro­pia na­tu­ra­leza tiene vo­lun­tad al­guna. ¿Por qué lo pri­mero está mal visto y lo se­gundo no?

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Y van tres

Hoy su hu­milde blog de cien­cia fic­ción, coin­ci­diendo como siem­pre con el óbito del maes­tro, cum­ple tres años. Si­guiendo con la tra­di­ción inau­gu­rada nada me­nos que el año pa­sado, les in­vito a leer otro cuento corto de Art­hur C. Clarke. A este le tengo un es­pe­cial ca­riño, por ra­zo­nes que no vie­nen al caso. Pues eso. Lean. Y así de paso voy ga­nando pun­tos para que la Sinde me cie­rre el blog.

Últi­ma­mente en la prensa, quiero creer que in­cons­cien­te­mente, se da a en­ten­der que las di­sen­sio­nes en­tre cien­tí­fi­cos en de­ter­mi­na­das cues­tio­nes (por po­ner un ejem­plo re­ciente, so­bre las bac­te­rias que pue­den vi­vir en amo­níaco) su­po­nen una merma de cre­di­bi­li­dad en el mé­todo o una grieta en el edi­fi­cio aca­dé­mico. La base de la cien­cia mo­derna es la fal­sa­bi­li­dad de sus teo­rías, y el de­bate cien­tí­fico, cons­tante y en oca­sio­nes vehe­mente, el ci­miento de su va­li­dez. El trato pe­rio­dís­tico que en oca­sio­nes —de­ma­sia­das — se da a las no­ti­cias so­bre cien­cia la equi­para a la po­lí­tica o, peor aún, al co­ra­zón, como si exis­tiera al­guna si­mi­li­tud en­tre ellas. No ol­vi­de­mos que el ob­je­tivo de la re­tó­rica es con­ven­cer y el de la fi­lo­so­fía lle­gar al co­no­ci­miento. Pues eso. En­con­trar una bac­te­ria no es lo mismo que en­con­trar un no­vio, mis que­ri­dos cha­far­de­ros. Aplí­quense en apren­der a es­cri­bir sin fal­tas de or­to­gra­fía y en no dar opi­nio­nes so­bre cien­cia. (Y so­bre tan­tas otras co­sas im­por­tan­tes que a buen se­guro des­co­no­cen). Ah, y de­jen de una santa vez de lla­mar La má­quina de Dios al LHC.

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El es­cep­ti­cismo or­to­doxo, como to­dos los fundamentalismos, nos des­poja de la fan­ta­sía y por tanto de la ca­pa­ci­dad de ma­ne­jar im­po­si­bles. Sin esa ca­pa­ci­dad arrin­co­na­mos la ha­bi­li­dad para tra­ba­jar fuera de la caja y nos con­ver­ti­mos hoy en los con­ser­va­do­res de ma­ñana. En nue­vos di­no­sau­rios, que se ex­tin­gui­rán tal como se ex­tin­guie­ron. Y no me ma­lin­ter­pre­ten; esto no tiene nada que ver con la po­wer balance.

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Pa­garé con gusto un viaje en el tiempo —en el pre­ciso mo­mento en el que la má­quina esté dis­po­ni­ble— a to­dos esos nos­tál­gi­cos de épo­cas pa­sa­das que por su­puesto no han vi­vido. Con una sola con­di­ción: no traer­los de vuelta hasta que po­da­mos oír sus sú­pli­cas y sus la­men­tos desde allá donde se encuentren.

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Di­ga­mos que como buen amante de la cien­cia fic­ción, lo único que me im­porta es lo que se me ave­cina. Sé que para mi sa­lud men­tal es im­por­tante mi­rar ha­cia ade­lante, sin re­go­dearme en mis fa­llos o arre­pen­tirme de mis ac­tos pasados.

Por ello, y sin acri­tud, me im­porta un bledo la His­to­ria, y mu­cho más cuando está más que visto que no nos ayuda en ab­so­luto a co­rre­gir nues­tros errores, ni nos hace ca­pa­ces de apren­der de ellos. El uso — siem­pre, no nos en­ga­ñe­mos— tor­ti­cero de esa His­to­ria, la tra­di­ción y la costumbre, lo único que con­si­gue es con­ta­mi­nar nues­tra per­cep­ción del mundo y em­pon­zo­ñar la re­la­ción con nues­tro pró­jimo, ha­cer enemi­gos donde no los hay y lle­nar nues­tra vida de fan­tas­mas y de muertos.

Mien­tras no po­da­mos cam­biarlo, el pa­sado no existe. A la mierda lo que sólo sirve para amordazarnos.

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El año pa­sado se me ol­vidó. Éste no. Los die­ci­ocho de marzo se cum­plen años del na­ci­miento de este cua­derno y des­gra­cia­da­mente, de la muerte de Art­hur C. Clarke. Como ya conté, tuve el triste ho­nor de inau­gu­rarlo con el obi­tua­rio del maes­tro, con lo que siem­pre ha­brá una buena ex­cusa para ese re­cuerdo. En un día como hoy, no es mala lec­tura El Cen­ti­nela, que fue el ger­men de 2001. Aquí tie­nen el en­lace. Disfruten.

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Leo http://rrose.espacioblog.com/post/ 2010/02/28/langjokull, de un blog que me fas­cina; tam­bién la poe­sía y la pin­tura y la mú­sica me cau­ti­van, no crean. Pero no es este su blog.

Lean la en­trada que les digo. Des­pués ya vuel­ven y seguimos.

A mí me cuesta res­pi­rar; en­viar el Claro de Luna a la Luna y es­cu­char lo que de­vuelve. La mú­sica de los gla­cia­res. To­car o re­pro­du­cir agua en un disco, o hielo. Vuelvo a ci­tar a Snaut (del So­la­ris de Lem) cuando dice «[…] no que­re­mos otros mun­dos, sino un es­pejo…» te­ne­mos hom­bres y mu­je­res, bue­nos y ho­nes­tos ar­tis­tas, bus­cando de­ses­pe­ra­da­mente un es­pejo. Ma­ni­fes­tando la in­ca­pa­ci­dad, la te­rri­ble in­ca­pa­ci­dad mo­derna de crear. La imi­ta­ción llega hasta el ex­tremo ri­si­ble de bus­car la res­puesta en el es­pejo, con la es­pe­ranza de que el es­pejo nos de­vuelva nues­tra ima­gen de­for­mada, trans­for­mada o in­com­pleta, gro­tesca o repugnante, porque al me­nos será dis­tinta, y con suerte, sorprendente.

¿Es ne­ce­sa­rio ese desa­so­siego, esa con­ti­nua ne­ce­si­dad de lle­nar ga­le­rías o au­di­to­rios con ex­pe­ri­men­tos que lo único que des­cu­bren es la an­gus­tia del crea­dor sin creación?

La poe­sía es algo tre­men­da­mente di­fí­cil, tanto como la pin­tura, o la música. Y no hace falta de­cir que más di­fí­cil es vi­vir de ellas. Quizá por eso al­gu­nos bus­can que la luna les haga su tra­bajo. Yo, por mi parte, que llevo un mes sin nada que de­cir, tam­bién elijo la Luna para aca­bar con mi se­quía: está en el es­pa­cio, un día ate­rri­za­mos allí. Cada uno la usa para lo que le ape­tece. Qué cerca está.

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Nues­tro go­bierno ha con­se­guido dos hi­tos his­tó­ri­cos: el pri­mero, po­ner de acuerdo —en su con­tra— a una buena parte del elec­to­rado pen­sante de iz­quierda y de­re­cha; el se­gundo, que yo miente la po­lí­tica abier­ta­mente en este blog.

Nuesto go­bierno quiere apro­bar una ley que cons­ti­tuye el ma­yor atro­pe­llo a la li­ber­tad y los de­re­chos fun­da­men­ta­les de toda la de­mo­cra­cia, sólo su­pe­rada por el frus­trado golpe de es­tado de fe­brero de 1981 y la fra­ca­sada Ley Cor­cuera, más co­no­cida por la Ley de la pa­tada en la puerta.

No solo es una ley mons­truosa por lo que sig­ni­fica, —que en la prác­tica cual­quier web po­drá ser ce­rrada si la co­mi­sión creada al efecto lo con­si­dera opor­tuno— sino por el agra­vio com­pa­ra­tivo que su­pone pri­mar un su­puesto de­lito (con­tra la pro­pie­dad in­te­lec­tual) frente a la in­mensa ma­yo­ría del resto de ellos. Y digo su­puesto por­que las webs de en­la­ces, que son las su­pues­tas víc­ti­mas de la nueva ley, hasta el día de la fe­cha han ga­nado prác­ti­ca­mente to­dos los jui­cios a los que se han visto sometidas.

No en­tro a va­lo­rar nues­tras le­yes de pro­pie­dad in­te­lec­tual, ni el su­puesto pro­blema de las des­car­gas, por­que ya me he sa­lido bas­tante de la lí­nea edi­to­rial de mi blog. Para eso hay mi­les de fo­ros más pre­pa­ra­dos y ame­nos. Pero a lo que no es­toy dis­puesto es a que pi­so­teen y ame­na­cen mis li­ber­ta­des con el pre­texto de que su in­dus­tria se hunde.

Cuando to­dos sa­ben que la in­dus­tria real­mente se hunde ha­ciendo co­sas como esta.

Y si quie­ren más in­for­ma­ción pue­den leer esto.

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Pues ya llegó. Hoy esta hu­milde bi­tá­cora co­mienza, como las re­vis­tas antiguas, su Año 3 –que no su ter­cer año– ya que cum­plirá dos el pró­ximo marzo. Ha­gan us­te­des las cuen­tas, y ve­rán de cuán­tas ma­ne­ras se puede me­dir el tiempo.

En es­tos días en que com­ple­ta­mos una órbita más al­re­de­dor del Sol, a to­dos nos aprie­tan los re­sú­me­nes por de­trás y los pro­pó­si­tos por de­lante. Una suerte de sand­wich vi­tal, del que in­ten­ta­mos sa­lir en el mismo día. Re­co­pi­la­to­rios y anun­cios de nue­vos pro­gra­mas en la tele. Lan­za­miento de nue­vos pro­duc­tos en cuanto pa­sen los Re­yes Su­fi­cien­te­mente Avan­za­dos Tec­no­ló­gi­ca­mente. Nue­vos re­tos, nue­vas ideas, nue­vos áni­mos, vie­jas intenciones.

Ha sido un año en el que he es­ta­bi­li­zado mi cua­derno, y será el año en el que deje de de­cir blog. He de­ci­dido usar me­jor mi idioma. Bi­tá­cora, como la del na­ve­gante. Fri­qui en vez de geek, (por­que ade­más tiene mala tra­duc­ción), en­trada o ar­tículo en lu­gar de post.

Y voy a ha­blar­les a to­dos de us­ted, por­que se lo merecen.

Este es un cua­derno orien­tado ha­cia la cien­cia fic­ción y el fu­turo, pero es un cua­derno per­so­nal. Al me­nos se ha con­ver­tido en eso; y por eso a ve­ces la te­má­tica ha sido sólo una ex­cusa para ha­blar de otras co­sas. He in­ten­tado po­ten­ciar la se­rie de Ex­trac­tos Mí­ni­mos, y quiero se­guir ha­cién­dolo en el año que en­tra. He des­po­tri­cado de lo que me ha ve­nido en gana, y el año nuevo lo haré otra vez, las ve­ces que haga falta. Es­cribo poco, pero lo hago cuando me ape­tece. Hay co­sas que cam­biaré y otras que no. Ya veremos.

Este ha sido el año de la cri­sis, y del 40 aniver­sa­rio de la lle­gada a la luna. Del fi­nal de Battles­tar Ga­lac­tica y del reini­cio de Star Trek. Este ha sido el año de Tor­ch­wood y del des­cu­bri­miento de agua en nues­tro sa­té­lite. El año en que la te­le­vi­sión en Es­paña vuelve a ol­vi­darse de nues­tro gé­nero. El año en el que unos in­de­sea­bles han in­ten­tado vio­lar nues­tros de­re­chos fun­da­men­ta­les en una ley so­bre eco­no­mía. El año de la des­pe­dida del Dé­cimo Doc­tor.

Ya sólo me queda desear­les que el año que en­tra les traiga sa­lud. Can­ti­da­des in­dus­tria­les de sa­lud, a to­dos. Y de modo ac­ce­so­rio, que se re­vi­ta­lice la pre­sen­cia del hom­bre en el es­pa­cio, con ca­pi­tal pú­blico o privado, porque sigo pen­sando que será lo que nos salve de no­so­tros mismos.

Un abrazo.

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The Plan

The Plan es una pe­lí­cula ex­traña. He leído bas­tan­tes crí­ti­cas y eso, son bas­tante crí­ti­cas. Pres­cin­di­ble, va­cía, de­cep­cio­nante. Etcétera.

Creo que mu­chos fans de la se­rie es­pe­ra­ban El Plan. El plan con ma­yús­cu­las. La pri­mera gue­rra Cy­lon. Cómo lle­ga­ron los cinco pri­me­ros, cómo con­tac­ta­ron con los cen­tu­rio­nes, cómo se ges­ta­ron los mo­de­los hu­ma­noi­des. Por qué el ata­que a las colonias.

No ol­vi­de­mos que el guión está es­crito por Jane Es­pen­son, alma ma­ter y ex–sho­wrun­ner de Ca­prica, cuyo pi­loto, mag­ní­fica obra de la me­jor cien­cia fic­ción ac­tual, vol­vía a ser, como en los me­jo­res mo­men­tos de BSG, una fi­ní­sima mez­cla de per­so­na­jes y cir­cuns­tan­cias, de hu­ma­nas y com­ple­jas situaciones.

Eso es The Plan. El por­qué del cam­bio de com­por­ta­miento de los cy­lon. La evo­lu­ción per­so­nal de los nue­vos mo­de­los, desde la ab­so­luta psi­co­pa­tía del Ca­vil de Ga­lac­tica a la to­tal trans­for­ma­ción de Si­mon, pa­sando por el cal­va­rio de Boo­mer al des­cu­brir su ver­da­dera con­di­ción. La hu­ma­ni­za­ción de casi au­tén­ti­cos humanos.

En­ton­ces, ¿qué es lo que no funciona?.

Efec­ti­va­mente, The Plan es una pe­lí­cula pres­cin­di­ble den­tro de la his­to­ria, en el sen­tido de que no aporta nin­guna in­for­ma­ción que des­vele nue­vas cla­ves. Tam­poco lo ha­cía Ra­zor, y real­mente era una pe­lí­cula so­ber­bia. El pro­blema es de am­bi­ción. Creo que The Plan es una mi­ni­se­rie frus­trada. Ha­bría sido fan­tás­tico ce­rrar el círculo con una mi­ni­se­rie como la pri­mera. Un acer­ca­miento de­ta­llado a los per­so­na­jes, ha­ber pro­fun­di­zado más en al­guno de los ca­rac­te­res, y ló­gi­ca­mente ha­ber re­tro­ce­dido en el tiempo hasta la lle­gada de los cinco primeros.

Pero no me ha dis­gus­tado en ab­so­luto. Pese a al­gu­nas es­ce­nas su­per­fluas y una di­rec­ción un poco plana. Y el abuso del ar­chive foo­tage. Pero es­pe­raba mu­cho me­nos. Me quedo con la idea.

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