El agua en Mar­te y la fi­lo­so­fía

Voy a re­nom­brar es­te blog que de­ri­va. Se lla­ma­rá El Blog de la De­cep­ción.

Cuan­to más se dis­tan­cia el ser hu­mano de sí mis­mo, más cer­cano es­tá a los de­más, y vi­ce­ver­sa. Es una afir­ma­ción que se va cum­plien­do inexo­ra­ble­men­te des­de el prin­ci­pio de los tiem­pos. Al­guien di­jo al­go pa­re­ci­do ha­ce un par de mi­les de años.

He­mos co­no­ci­do gran­des fi­gu­ras que han pre­di­ca­do con es­te ejem­plo, a es­ca­la lo­cal, du­ran­te si­glos, des­de Bar­to­lo­mé de las Ca­sas a Te­re­sa de Cal­cu­ta. Por ha­cer una acla­ra­ción, no me quie­ro re­fe­rir a es­tas per­so­nas co­mo sím­bo­los del sa­cri­fi­cio por los po­bres y los des­am­pa­ra­dos, sino co­mo ejem­plos de una prác­ti­ca, cons­cien­te o no, de ale­ja­mien­to de la pro­pia reali­dad, pa­ra así per­ci­bir las múl­ti­ples reali­da­des, a ve­ces mu­cho más im­por­tan­tes, que ro­dean al ser hu­mano. Lo esen­cial de es­ta re­fle­xión es que no ha­ce fal­ta ser un hé­roe ni un már­tir pa­ra prac­ti­car es­te ejer­ci­cio in­te­lec­tual.

A es­ca­la mun­dial, la Pax Ro­ma­na fue el pri­mer ejem­plo de es­ta ac­ti­tud. La pri­me­ra glo­ba­li­za­ción, la ex­ten­sión (que no abo­li­ción) de las fron­te­ras has­ta los lí­mi­tes co­no­ci­dos. El Im­pe­rio Es­pa­ñol fue la se­gun­da. En am­bos ca­sos, la uni­fi­ca­ción po­lí­ti­ca ge­ne­ró pros­pe­ri­dad (con la ló­gi­ca vul­ne­ra­ción de los de­re­chos hu­ma­nos, pro­duc­to de la men­ta­li­dad de la épo­ca). Úni­ca­men­te es­tos dos ca­sos de «sano» im­pe­ria­lis­mo son ejem­plos de la vo­lun­tad de en­ten­der que el te­rri­to­rio es úni­co, que las le­yes y los có­di­gos son úni­cos tam­bién y que el me­jor sis­te­ma es un sis­te­ma uni­ver­sal. Pa­ra nues­tra des­gra­cia, el Na­zis­mo y el Co­lo­nia­lis­mo, dos ca­ras de una mis­ma mo­ne­da, han si­do la an­tí­te­sis de es­ta fi­lo­so­fía. Una, la ani­qui­la­ción del otro en vir­tud de la su­pues­ta su­pe­rio­ri­dad de una ra­za, y la otra, el des­pre­cio, la mar­gi­na­ción y la uti­li­za­ción del con­quis­ta­do en vir­tud de la su­pues­ta su­pe­rio­ri­dad de una ci­vi­li­za­ción (pe­ro só­lo pa­ra ha­cer­se con sus re­cur­sos y sus si­tua­cio­nes es­tra­té­gi­cas).

El ha­llaz­go de agua en Mar­te es la se­gun­da gran no­ti­cia de los úl­ti­mos dos si­glos. La pri­me­ra fue la lle­ga­da del hom­bre a la Lu­na.

La ca­rre­ra es­pa­cial en­tre los Es­ta­dos Uni­dos y la URSS fue el úni­co mo­ti­vo por el cual la hu­ma­ni­dad no se vio in­vo­lu­cra­da en una gue­rra nu­clear. Ha­bia una ra­zón más im­por­tan­te (y me­nos pe­li­gro­sa) pa­ra in­ver­tir re­cur­sos sin re­nun­ciar a la com­pe­ti­ción.

El sim­ple he­cho de ver la Tie­rra des­de el es­pa­cio su­pu­so el pri­mer dis­tan­cia­mien­to del hom­bre del hom­bre mis­mo. Ale­jar­se de la ca­sa, del país, del con­ti­nen­te y del océano, pa­ra po­der ver que la ca­sa, el país, el con­ti­nen­te y el océano es­ta­ban to­dos en el mis­mo si­tio. En otro post de­cía que ha­ce ya 36 años que na­die po­ne un pie en la Lu­na, y real­men­te creo que eso es mu­cho tiem­po. El hu­mano, co­mo ani­mal de cos­tum­bre, tien­de a ol­vi­dar cons­tan­te­men­te.

El agua en Mar­te sig­ni­fi­ca que en es­te si­glo al­guien via­ja­rá allí. Hay quien pien­sa que los pro­ble­mas que nos acu­cian a dia­rio son mu­cho más im­por­tan­tes que esa mi­nu­cia tan le­ja­na. Pe­ro la po­si­bi­li­dad de via­jar a mun­dos dis­tan­tes no só­lo es una cues­tión cien­tí­fi­ca. Es la cons­ta­ta­ción de la in­fi­ni­tud del uni­ver­so, y a la vez de la in­sul­tan­te in­sig­ni­fi­can­cia de nues­tro mun­do res­pec­to a él.

La no­ti­cia del ha­llaz­go de agua en Mar­te, le­jos de ser el hit in­for­ma­ti­vo del año, se ha equi­pa­ra­do en co­ber­tu­ra y ex­ten­sión a cual­quier no­ti­cia po­lí­ti­ca o so­cial del ve­rano. De ahí la de­cep­ción. El pa­le­to en que to­dos nos he­mos con­ver­ti­do nos im­pi­de ver que ese in­creí­ble des­cu­bri­mien­to qui­zá per­mi­ta que la hu­ma­ni­dad pue­da ex­ten­der­se más allá de las fron­te­ras de nues­tro pla­ne­ta. A ve­ces pien­so que si hu­bie­ra na­ci­do mu­cho an­tes, y me hu­bie­ra muer­to el 14 de di­ciem­bre de 1972, ha­bría ob­ser­va­do una hu­ma­ni­dad di­fe­ren­te: el pa­so de las gue­rras y el ham­bre a la lle­ga­da al es­pa­cio.

Pe­ro ya que no fue así, es­pe­ra­re­mos al LHC y al Bo­són de Higgs, cu­yo des­cu­bri­mien­to se­rá opor­tu­na­men­te eclip­sa­do por al­gún re­ma­ke de Betty la Fea.