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La cien­cia fic­ción dis­tó­pica, de la que 1984 es referente, amplifica los mie­dos bá­si­cos de la so­cie­dad pro­yec­tán­do­los en el futuro. Uno de los prin­ci­pa­les pro­ta­go­nis­tas de es­tas his­to­rias es un sis­tema opre­sor que hos­tiga y aliena al ser hu­mano de di­fe­ren­tes ma­ne­ras y con di­fe­ren­tes jus­ti­fi­ca­cio­nes, en la ma­yo­ría de ca­sos apun­tando a la li­ber­tad de pen­sa­miento como el blanco prin­ci­pal de la re­pre­sión. Po­de­mos re­cor­dar obras como Fah­ren­heit 451, Soy­lent Green, Hi­jos de los Hom­bres, Equi­li­brium, V de Ven­detta, La Na­ranja Me­cá­nica y tan­tas otras, li­te­ra­rias y ci­ne­ma­to­grá­fi­cas, que mues­tran un fu­turo esen­cial­mente ba­sado en la represión.

Cuando George Or­well pu­blicó 1984 en 1949, ha­cía poco que ha­bían ce­rrado los cam­pos de con­cen­tra­ción, y to­da­vía que­daba vivo el re­cuerdo del pá­nico, apun­tando di­rec­ta­mente a las pur­gas del es­ta­li­nismo como la re­edi­ción de la so­cie­dad vi­gi­lada por el es­tado, donde la di­si­den­cia, in­cluso la íntima, era te­rri­ble­mente cas­ti­gada. Fi­gu­ras clave de la cul­tura y el arte como el com­po­si­tor Dmi­tri Shos­ta­ko­vich o Ser­guei Ei­sens­tein ha­bían caído en des­gra­cia en la URSS de la pos­gue­rra, por com­por­ta­mien­tos tan re­pro­ba­bles como el for­ma­lismo.

Nú­me­ros y letras

Es im­por­tante, para ilus­trar la re­fle­xión que ha­re­mos más ade­lante, com­pren­der el sig­ni­fi­cado del nú­mero, de la iden­ti­fi­ca­ción per­so­nal, en este con­texto. Un es­tigma real y do­lo­roso de los ju­díos su­per­vi­vien­tes de los cam­pos de con­cen­tra­ción na­zis era el nú­mero que lle­va­ban ta­tuado en el pe­cho o en el brazo, que se ocul­taba por cons­ti­tuir un re­cuerdo im­bo­rra­ble –aquí fí­si­ca­mente– de los ho­rro­res su­fri­dos du­rante una cau­ti­vi­dad llena de muerte y su­fri­miento. El nú­mero sig­ni­fi­caba la per­te­nen­cia a una de las épo­cas más trá­gi­cas de la his­to­ria de la humanidad.

La dis­to­pía pro­por­ciona a la li­te­ra­tura y el cine un nuevo campo de con­cen­tra­ción: la neo­len­gua de Or­well, una es­pe­cie de pro­gra­ma­ción lin­güís­tica, en­ca­mi­nada a re­tor­cer la vo­lun­tad y la con­cien­cia, a im­pe­dir el pen­sa­miento por falta de sig­ni­fi­cado y re­ela­bo­ra­ción de de­fi­ni­cio­nes. Para con­se­guir una nueva dic­ta­dura ba­sada en la au­sen­cia, la per­ver­sión y la co­rrup­ción de los con­cep­tos, ba­sada en la alie­na­ción del in­di­vi­duo en aras de su per­te­nen­cia a una so­cie­dad or­de­nada y pa­cí­fica, y la con­si­guiente con­for­mi­dad con el he­cho alie­nante co­lec­tivo para con­se­guir la tran­qui­li­dad, la paz y la pros­pe­ri­dad ma­te­rial, la neo­len­gua cons­ti­tuye una parte fun­da­men­tal del pro­ceso. Se trata de con­se­guir una dic­ta­dura soft, donde la vio­len­cia so­bre el di­si­dente, pese a ejer­cerse bru­tal­mente y sin con­tem­pla­cio­nes, lo haga si­gi­lo­sa­mente y con no de­ma­siada frecuencia.

Como he­mos di­cho an­tes, el ca­tá­logo de dis­to­pías es am­plio, desde Un Mundo Fe­liz a Bra­zil. Pero hoy quiero in­sis­tir en una pe­queña ob­se­sión ci­ne­ma­to­grá­fica. Quiero pre­sen­tar una so­cie­dad en la que un ta­tuaje con el nú­mero de pri­sio­nero se con­vierte en algo chic. Me gus­ta­ría ha­blar de Jean-Luc Go­dard y de una de mis pe­lí­cu­las fe­ti­che, Alp­ha­vi­lle. Alp­ha­vi­lle en­ten­dida como pa­ro­dia o como res­puesta a 1984.

(Dis)Tópicos

Lemmy Cau­tion es un per­so­naje li­te­ra­rio, un clá­sico de­tec­tive pri­vado de no­vela ne­gra creado por el es­cri­tor bri­tá­nico Pe­ter Chey­ney en 1936. Apareció en diez no­ve­las hasta 1945, que se hi­cie­ron muy po­pu­la­res en la Fran­cia de la pos­gue­rra. Gra­cias a ello, sus an­dan­zas se lle­va­ron al cine en una se­rie de pe­lí­cu­las que abar­can de 1953 a 1963. La oc­tava y última –y ex­traña– apa­ri­ción del de­tec­tive se pro­dujo en 1965, de la mano de Jean-Luc Go­dard, en una pe­lí­cula am­bien­tada en el futuro.

Alp­ha­vi­lle viene a sub­ver­tir el con­senso bá­sico so­bre la li­ber­tad, usando con­cep­tos (por su­puesto, tan su­bli­mi­na­les como toda la pe­lí­cula en sí) como el de la no in­ter­ven­ción, que re­uti­li­zará Star Trek a par­tir de 1968 (en el epi­so­dio «Bread and Cir­cu­ses») y en ade­lante con la «pri­mera directiva».

Siem­pre te­ne­mos en mente la con­cien­cia de la opre­sión: cuando en la li­te­ra­tura y el cine dis­tó­pi­cos ha­bla­mos so­bre las dic­ta­du­ras, de la falta de li­ber­tad o de la re­pre­sión con­si­de­ra­mos un he­cho que nues­tros pro­ta­go­nis­tas son ple­na­mente cons­cien­tes de su sta­tus de oprimidos.

La na­rra­tiva ci­ne­ma­to­grá­fica, y en ca­sos la literaria, hacen que –al me­nos el es­pec­ta­dor– sepa desde el pri­mer mo­mento que existe una si­tua­ción de au­sen­cia de de­re­chos por parte de los pro­ta­go­nis­tas de la his­to­ria. (Des­pués ellos lo ad­ver­ti­rán). El «ma­ni­queísmo na­rra­tivo» que lle­van a cabo tanto los re­la­tos como las adap­ta­cio­nes al cine –se ins­taura como si­tua­ción de he­cho una vul­ne­ra­ción de la li­ber­tad y los de­re­chos de los pro­ta­go­nis­tas, sin nin­gún ma­tiz– de­ter­mina la his­to­ria desde su co­mienzo, des­po­ján­dole de toda com­ple­ji­dad, pos­tu­lando que existe una so­cie­dad ma­lé­fica de la que hay que des­ha­cerse, sin que im­porte si el pro­ta­go­nista lo con­si­gue o no; sim­ple­mente la his­to­ria tiene un fi­nal fe­liz o te­rri­ble, de­pen­diendo de la in­ten­ción de cada narrador.

Fic­ción y reali­dad, y viceversa

Alp­ha­vi­lle nos mues­tra, en­tre iro­nía y desa­so­siego, una vi­sión di­fe­rente de la so­cie­dad y su com­por­ta­miento. Des­cribe una so­cie­dad ope­ra­tiva (como en la reali­dad ocu­rre en mu­chos re­gí­me­nes au­to­ri­ta­rios), donde la or­to­do­xia im­pe­rante pro­duce, me­diante el alec­cio­na­miento, la re­pre­sión y la vio­len­cia, pro­greso téc­nico y paz so­cial, mien­tras la di­si­den­cia es re­le­gada a gue­tos in­fec­tos: el re­sul­tado es que el opo­si­tor es re­tra­tado como una fi­gura ri­dí­cula (la se­cuen­cia de los fu­si­la­dos en la pis­cina es un claro ejem­plo) de la que se hace es­pec­táculo, o mue­ren de forma mi­se­ra­ble, como per­so­na­jes sen­ci­lla­mente mar­gi­na­dos. Mien­tras tanto, el nú­mero del campo de con­cen­tra­ción (el ID, el NIF, el nú­mero en el sen­tido más alie­nante del tér­mino) se mues­tra con or­gu­llo, el or­gu­llo del que per­te­nece al grupo in­to­ca­ble de los que obe­de­cen al sis­tema, es­ta­ble­ciendo una re­la­ción es­tre­me­ce­dora en­tre los pri­sio­ne­ros del ho­lo­causto y los de la so­cie­dad mo­derna, po­niendo en juego una es­pe­cie de an­ti­ci­pa­ción que vista con los ojos de hoy nos po­nen los pe­los de punta.

Alp­ha­vi­lle hasta aquí mues­tra de forma di­fe­rente, o se apro­xima de otro modo, a los aná­li­sis tra­di­cio­na­les de las so­cie­da­des dic­ta­to­ria­les «dis­tó­pi­cas». Sim­ple­mente en­frenta la so­cie­dad real que se nos mues­tra (la go­ber­nada por la ma­lé­fica compu­tadora alpha-60, pero muy pa­re­cida en su forma ex­terna al Pa­rís de los años 60) a una ideal (la que en­carna Lemmy Cau­tion, un es­te­reo­tipo in­ten­cio­na­da­mente tosco de una so­cie­dad de fo­lle­tín, que es cu­rio­sa­mente la que el es­pec­ta­dor re­co­noce como propia).

El plan­tea­miento ra­di­cal de Alp­ha­vi­lle (y aquí no po­de­mos ol­vi­dar que a Go­dard le fal­ta­ban un par de años para abra­zar abier­ta­mente el maoísmo) se cen­tra en que Lemmy Cau­tion es un in­truso. Su com­por­ta­miento y su pro­pia per­sona es com­ple­ta­mente ajeno no solo a la reali­dad de Alp­ha­vi­lle, sino a la reali­dad na­rra­tiva de la pro­pia his­to­ria: «Una ex­traña aven­tura de Lemmy Cau­tion», se­gún reza el sub­tí­tulo de la pe­lí­cula. La pro­pia pre­sen­cia del de­tec­tive, como he­mos visto, es un cuerpo ex­traño en la na­rra­ción. Irónicamente, este za­fio per­so­naje (como el «mu­je­riego» agente Henry Di­ck­son, al que in­ter­preta Akim Ta­mi­roff) per­turba la paz de una so­cie­dad or­de­nada que basa su exis­ten­cia en el pro­greso de la cien­cia y la tec­no­lo­gía. Lemmy es un ca­rác­ter ri­dículo, que por el sim­ple he­cho de por­tar un len­guaje co­no­cido por el es­pec­ta­dor, des­truye una ci­vi­li­za­ción por la mera con­di­ción de ser di­fe­rente a la suya pro­pia. Como pre­mio, tam­bién tópico, se lleva con­sigo a la pro­ta­go­nista, a la sa­zón hija del dic­ta­dor, que aprende el sig­ni­fi­cado del amor de boca del detective.

Los per­so­na­jes de Alp­ha­vi­lle usan ges­tos con­tra­rios a los nues­tros para asen­tir y ne­gar. Sí es no, no es sí (pa­ra­fra­seando el «gue­rra es paz, li­ber­tad es es­cla­vi­tud, ig­no­ran­cia es fuerza» de 1984). Es una po­ten­tí­sima sim­bo­lo­gía que ex­presa la ra­di­cal di­fe­ren­cia en­tre los mo­dos de pen­sar del in­va­sor y el in­va­dido. Son el in­dio y el co­lono, la his­to­ria del ex­po­lio que el am­bi­cioso y el ilu­mi­nado prac­ti­can sis­te­má­ti­ca­mente. La falta de com­pren­sión del pró­jimo al que esta vez nues­tro pro­pio len­guaje nos im­pide acceder.


To­das las fo­tos de esta en­trada per­te­ne­cen a la pe­lí­cula Alp­ha­vi­lle: Une étrange ad­ven­ture de Lemmy Cau­tion (1965), de Jean-Luc Godard.

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He pu­bli­cado mi pri­mer ar­tículo en una re­vista de in­ves­ti­ga­ción. Si les gusta la ar­qui­tec­tura, o la cien­cia fic­ción, o am­bas, lo pue­den leer aquí.

Se acep­tan opiniones.

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A mí del có­mic el que me gusta es Moe­bius, que es un ca­chondo. Lo último que me leí de Frank Mi­ller fue hace casi veinte años –Bat­man año uno, creo – , y por su­puesto no ha­bía ca­tado ni me­dia de la magna obra de Moore y Gib­bons. Y el otro día me la al­quilé. La pe­lí­cula del año, tras El Ca­ba­llero Os­curo, decían.

Lle­ga­dos a este punto, debo acla­rar que yo veo, oigo y leo cien­cia fic­ción y su­per­hé­roes por­que soy un mi­li­tante, está en mi ADN. Es de­cir, leía los vo­lú­me­nes ca­pa­dos de la Mar­vel de Edi­cio­nes Vér­tice, me sa­lió el ve­llo pú­bico mien­tras veía El Im­pe­rio Con­tra­ataca y me en­ce­rraba en el baño con Ghita de Ali­zarr. Esto lo digo por­que el he­cho de que me tra­gue to­das las fri­ca­das que lle­gan a mis ma­nos, no quiere de­cir que no dis­tinga la ca­li­dad de lo que veo o leo. (Por cierto, he de­jado de ver Plu­tón).

A lo que iba. Que dejé de leer có­mics. Eran muy ca­ros, ade­más. Ne­ce­si­taba el di­nero para cubatas.

Leer lo que un per­so­naje piensa en cada vi­ñeta de cada pá­gina es un co­ñazo. Eso sin con­tar que los enor­mes bo­ca­di­llos de texto de­jan poco si­tio para los di­bu­jos. Por eso no he ido a ver el Spi­rit de Frank Mi­ller. Eso es un sa­cri­le­gio. Los que amen pro­fun­da­mente a Will Eis­ner como yo me entenderán.

Todo esto es para de­cir­les que Wat­ch­men me pa­rece una pe­lí­cula pre­ten­ciosa, gran­di­lo­cuente y va­cía. Y a ve­ces, ri­dí­cula. Con su clí­max cuando un su­per­hé­roe eya­cu­la­dor pre­coz re­cu­pera su mojo al cal­zarse de nuevo el traje de Búho Noc­turno. Enorme, va­mos. Y el po­bre del Doc­tor Man­hat­tan que le deja la novia.

¡Anda ya!

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«No con­sigo acos­tum­brarme a es­tas resurrecciones»

—Snaut (Jüri Jär­vet)
So­la­ris (An­drei Tar­kovski, 1972)—#10


«Está muerto, Jim»

—Leo­nard Mc­Coy (De­Fo­rest Ke­lley)
Star Trek (1966)—#9


«No se ofus­que con este te­rror tec­no­ló­gico que ha cons­truido. La po­si­bi­li­dad de des­truir un pla­neta es algo in­sig­ni­fi­cante com­pa­rado con el po­der de la Fuerza»

—Darth Va­der (Ja­mes Earl Jo­nes) a Moff Tar­kin (Pe­ter Cus­hing)
La gue­rra de las ga­la­xias (George Lu­cas, 1977)—#8


«Dave, esta con­ver­sa­ción ya no tiene nin­gún sen­tido. Adiós»

—HAL 9000
2001: Una odi­sea del es­pa­cio (Stan­ley Ku­brick, 1968)—#7


«Yo he visto co­sas que vo­so­tros no cree­ríais: Ata­car na­ves en lla­mas más allá de Orión. He visto ra­yos C bri­llar en la os­cu­ri­dad cerca de la Puerta de Tann­häu­ser. To­dos esos mo­men­tos se per­de­rán en el tiempo como lá­gri­mas en la llu­via. Es hora de morir»

—Roy Batty (Rut­ger Hauer)
Blade Run­ner (Rid­ley Scott, 1982)—#6


«[…] de­be­mos que­dar­nos aquí, y por una ra­zón muy sim­ple; pre­gunte a diez cien­tí­fi­cos di­fe­ren­tes so­bre me­dio am­biente, con­trol de la po­bla­ción o ge­né­tica y ob­ten­drá 10 res­pues­tas dis­tin­tas, pero hay algo en lo que to­dos los cien­tí­fi­cos del pla­neta coin­ci­den. Ya sea den­tro de cien, mil o un mi­llón de años, con el tiempo el sol de en­friará y se apa­gará, y cuando eso ocu­rra no solo será nues­tro fin, sino el de Ma­rilyn Mon­roe, Lao-Tzu, Eins­tein, Nel­son Man­dela, Buddy Ho­lly, Aris­tó­fa­nes; y todo esto, todo esto ha­brá sido inú­til si no lle­ga­mos a las estrellas»

—Jef­frey Sin­clair (Mi­chael O’Hare)
Baby­lon 5 (1994)—#5


«¿Sabe lo que me gusta de las his­to­rias so­bre Klin­gons? Nada. Muere un mon­tón de gente y na­die ob­tiene beneficios»

—Quark (Ar­min Shi­mer­man)
Star Trek: Es­pa­cio Pro­fundo Nueve (1993)—#4


«[… ] vi ex­plo­tar una es­tre­lla y es­par­cir las pie­zas con las que se arma el uni­verso. Otras es­tre­llas, otros pla­ne­tas y qui­zás otra vida. ¡Una su­per­nova, la Crea­ción misma! Yo es­taba allí. Yo que­ría ver aque­llo y for­mar parte de ese ins­tante. ¿Sa­bes cómo per­cibí uno de los acon­te­ci­mien­tos más glo­rio­sos del uni­verso? Con es­tas ri­dí­cu­las es­fe­ras ge­la­ti­no­sas de mi crá­neo. Con ojos di­se­ña­dos para per­ci­bir una in­sig­ni­fi­cante frac­ción del es­pec­tro elec­tro­mag­né­tico. Con oí­dos di­se­ña­dos sólo para es­cu­char vi­bra­cio­nes del aire. […] ¡Yo no quiero ser hu­mano! ¡Quiero ver los ra­yos gamma! ¡Quiero oír los ra­yos X! ¡Y quiero oler la ma­te­ria os­cura! ¿Ves lo ab­surdo de lo que soy? Ni si­quiera puedo ex­pre­sar es­tas co­sas con pro­pie­dad, por­que tengo que con­cep­tua­li­zar ideas com­ple­jas con este es­tú­pido y li­mi­tante len­guaje. Pero sé que no quiero es­tas pa­tas pren­si­les para mo­verme. Y sí quiero sen­tir el viento de la su­per­nova so­plar so­bre mí. ¡Soy una má­quina, y quiero sa­ber mu­cho más! ¡Puedo ex­pe­ri­men­tar mu­cho más, pero es­toy atra­pado en este cuerpo ab­surdo! ¿Y por qué? Por­que mis cinco crea­do­res pen­sa­ron que Dios lo que­ría así»

—John Ca­vil (Dean Sto­ck­well)
Battles­tar Ga­lac­tica (2003)—#3


«No­so­tros en ab­so­luto que­re­mos con­quis­tar el es­pa­cio, sino ex­pan­dir la Tie­rra hasta el in­fi­nito. No que­re­mos otros mun­dos, sino un es­pejo. Bus­ca­mos un con­tacto y nunca lo lo­gra­re­mos. Nues­tra es­tú­pida pos­tura es la de al­guien es­for­zán­dose por un ob­je­tivo que le ate­rra y no desea con­se­guir. ¡El hom­bre ne­ce­sita al hombre!»

—Snaut (Jüri Jär­vet)
So­la­ris (An­drei Tar­kovski, 1972)—#2


«Gue­rra es paz. Li­ber­tad es es­cla­vi­tud. Ig­no­ran­cia es fuerza»

—George Or­well, 1984—#1


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duvall

Creo que es una cues­tión pu­ra­mente per­so­nal. Por lo mismo me gus­tan pe­lí­cu­las tan dis­tin­tas como La ame­naza de An­dró­meda, West­world o Ca­pri­cor­nio Uno. El am­biente, el co­lor, el uso del scope, yo qué sé. Me gus­ta­ría ha­cer una al­guna vez para po­der res­ca­tar esos co­lo­res tan de ver­dad y tan de los se­tenta, el grano de la pe­lí­cula, hasta los do­bla­jes. Ver cine de los se­tenta es dis­fru­tar tam­bién con esos do­bla­jes tan fa­mi­lia­res, de ver­da­de­ros ac­to­res. Los echo de me­nos cuando oigo vo­ces tan bue­nas de los ac­to­res ame­ri­ca­nos, y cuando las de los do­bla­do­res es­pa­ño­les ya van per­diendo mucho.

Es pu­ra­mente per­so­nal y lo re­co­nozco. Pero JJ Abrams me lo ha re­cor­dado mu­cho todo con la nueva Star Trek. Es que Abrams es de mi quinta, verá usted.

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excaliburSe­gún los mu­cha­chos de Air­lock Alpha, no pa­rece ahora tan pro­ba­ble que haya en vis­tas una pe­lí­cula so­bre la BSG de Lar­son, o al me­nos no di­ri­gida por Br­yan Sin­ger. Ole los cro­nis­tas bien informados. Parece ser que lo que hay en mente es un re­make de Ex­ca­li­bur. Pon­dría otra vez el grito en el cielo, pero es tarde y no tengo ga­nas. Me ha ali­viado mu­cho lo de Ga­lac­tica.

Ahora, los pe­los blan­cos de John Boor­man se le han te­nido que po­ner como es­car­pias, al pobre.

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En vista de lo di­cho en el post an­te­rior, yo desde aquí me apuesto una cena a que la his­to­ria de Sin­ger será la siguiente:

Lo que ha pa­sado vol­verá a pa­sar, así que mien­tras la nueva raza humana-cylon-terrícola se va desa­rro­llando en la Tie­rra, los po­cos (y desconocidos) supervivientes que han que­dado en las doce co­lo­nias reha­cen poco a poco sus ci­vi­li­za­cio­nes, ba­sa­das en sus an­ces­tros (y en la abun­dante li­te­ra­tura que ha que­dado), lle­gan a su ma­du­rez tecnológica; se in­ven­tan otra vez a los cy­lons tro­pe­zando en la misma pie­dra y vuelta a em­pe­zar (aquí se in­serta la se­rie ori­gi­nal). Bus­cando la de­ci­mo­ter­cera tribu lle­gan a la tie­rra en los años ochenta (aquí se in­serta Ga­lac­tica 1980, de in­fausto re­cuerdo) o bien en nues­tros días o un poco des­pués (si se ob­via Ga­lac­tica 1980, de in­fausto re­cuerdo), coin­ci­diendo con al­gún tipo de eclo­sión de la in­te­li­gen­cia artificial.»

Foto: Wikipedia

A par­tir de aquí, la pe­lí­cula, o bien éste es el epí­logo que la ex­plica. En fin, que yo me apuesto una cena a que ésto es lo que hace Br­yan Sin­ger. Y si no, pues nada. Pero aquí queda el post, para la post eri­dad.

Re­sulta có­mico ver cómo una per­sona de la ta­lla de Glen A. Lar­son –que por otra parte ha sido un ex­ce­lente y pro­lí­fico pro­duc­tor– no se re­signa a que al­guien haya usado una buena idea suya, que des­pués se con­vir­tió en una ba­sura para ni­ños, para ha­cer reali­dad una de las me­jo­res se­ries de la his­to­ria de la te­le­vi­sión. Sin él, claro. El riesgo de ri­dículo para Sin­ger (Lar­son ya lo ha he­cho) es bas­tante alto, y su tra­yec­to­ria des­cen­dente tras X2 no pro­mete lo mejor.

Ro­nald D. Moore se ha re­ve­lado, en sus más de veinte años como es­cri­tor de se­ries y pe­lí­cu­las, como uno de los más só­li­dos crea­do­res de per­so­na­jes y universos, haciendo se­ries creí­bles y ma­du­ras donde an­taño se ha­cían fan­ta­sías para fri­quis. Los veinte años de Sin­ger se han tra­du­cido en nueve pe­lí­cu­las con irre­gu­lar éxito.

El prin­ci­pio del post quizá sea un poco exa­ge­rado. Pero se me an­toja una em­presa con­de­na­da­mente di­fí­cil lle­gar si­quiera a acer­carse a la ca­li­dad que Moore ha con­se­guido con su vi­sión de Ga­lac­tica. Y eso que Sin­ger es un buen director.

A no ser, claro, que el guión lo haga quien us­te­des y yo sabemos.

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homergritando

Aquí pue­den ver que es po­si­ble que Br­yan Sin­ger di­rija una pe­lí­cula so­bre la se­rie ori­gi­nal de Battles­tar Ga­lac­tica. La de Glen A. Lar­son. La que no es la me­jor se­rie de la his­to­ria, sí, ésa. Ojalá quede en nada, como el ex­traño re­make de Buffy.

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logoEn el 67º Con­greso Mun­dial de la Cien­cia Fic­ción, An­ti­ci­pa­tion, se han en­tre­gado los pre­mios Hugo 2009. Este año coin­cide con el es­treno del nuevo logo de los pre­mios, un ex­ce­lente di­seño de Je­remy Kratz, que po­déis ad­mi­rar a la izquierda.

El ga­na­dor del pre­mio a la me­jor no­vela, Neil Gai­man, es co­no­cido ante todo por su se­rie de có­mic The Sand­man, y más re­cien­te­mente por la adap­ta­ción al cine de su no­vela Star­dust, pro­ta­go­ni­zada por Ro­bert De­Niro y Mi­che­lle Pfeif­fer, en­tre otros.

Des­taca el pre­mio a la me­jor pre­sen­ta­ción en for­mato largo, con­ce­dido este año a la pe­lí­cula WALL-E, de los es­tu­dios Disney-Pixar, un pre­mio más a una pe­lí­cula sobresaliente.

En el apar­tado de for­mato corto, el pre­mio ha ido a pa­rar al mu­si­cal web (sí, sí) Dr. Horrible’s Sing-Along Blog, in­te­rrum­piendo la ra­cha de Ste­ven Mof­fat en Doc­tor Who, que ade­más de te­ner dos ca­pí­tu­los no­mi­na­dos para esta edi­ción, ha­bía ga­nado las tres edi­cio­nes anteriores.

La lista com­pleta de ga­na­do­res es la siguiente: 

  • Me­jor no­vela: The Gra­ve­yard Book, Neil Gai­man (Har­per­Co­llins; Blooms­bury UK)
  • Me­jor no­vela corta: The Erd­mann Ne­xus, Nancy Kress (Asimov’s Oct/Nov 2008)
  • Me­jor re­lato: Shog­goths in Bloom, Eli­za­beth Bear (Asimov’s Mar 2008)
  • Me­jor re­lato corto: Ex­ha­la­tion, Ted Chiang (Eclipse Two)
  • Me­jor li­bro re­la­cio­nado (no fic­ción): Your Hate Mail Will Be Gra­ded: A De­cade of Wha­te­ver, 1998 – 2008, John Scalzi (Sub­te­rra­nean Press)
  • Me­jor his­to­ria grá­fica: Girl Ge­nius, Vo­lume 8: Agatha He­te­rodyne and the Cha­pel of Bo­nes, es­crita por Kaja y Phil Fo­glio, di­bu­jos de Phil Fo­glio, co­lor de Che­yenne Wright (Airs­hip Entertainment)
  • Me­jor pre­sen­ta­ción dra­má­tica en for­mato largo: WALL-E, his­to­ria de An­drew Stan­ton y Pete Doc­ter; guión de An­drew Stan­ton y Jim Rear­don; di­rec­ción de An­drew Stan­ton. (Pixar/Walt Disney)
  • Me­jor pre­sen­ta­ción dra­má­tica en for­mato corto: Doc­tor Horrible’s Sing-Along Blog, es­crita por Joss Whe­don, Zack Whe­don, Jed Whe­don y Mau­rissa Tan­cha­roen; di­ri­gida por Joss Whe­don. (Mu­tant Enemy)
  • Me­jor edi­tor (for­mato corto): Ellen Datlow
  • Me­jor edi­tor (for­mato largo): Da­vid G. Hartwell
  • Me­jor ar­tista pro­fe­sio­nal: Do­nato Giancola
  • Me­jor fan­zine se­mi­pro­fe­sio­nal: Weird Ta­les, edi­tado por Ann Van­der­Meer y Step­hen H. Segal
  • Me­jor es­cri­tor afi­cio­nado: Cheryl Morgan
  • Me­jor fan­zine: Elec­tric Ve­lo­ci­pede edi­tado por John Klima
  • Me­jor ar­tista afi­cio­nado: Frank Wu
  • Pre­mio John W. Camp­bell al me­jor es­cri­tor no­vel: Da­vid Ant­hony Durham

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Trans­cribo di­rec­ta­mente de Wikipedia:

Fan­dom es una pa­la­bra de ori­gen in­glés (Fan King­dom), que se re­fiere al con­junto de afi­cio­na­dos a al­gún pa­sa­tiempo, per­sona o fe­nó­meno en par­ti­cu­lar. Cabe acla­rar que el tér­mino fan­dom se aso­cia más con los afi­cio­na­dos a la cien­cia fic­ción o a la li­te­ra­tura fan­tás­tica. Tam­bién se suele apli­car este tér­mino a las co­mu­ni­da­des en In­ter­net que dis­cu­ten te­mas re­la­cio­na­dos con el tema de su afi­ción. Los de­trac­to­res de este tipo de afi­cio­na­dos sue­len men­cio­nar que el fan­dom res­tringe el círculo de amis­ta­des de los in­te­gran­tes, al ha­cer­los sen­tir que los úni­cos que en­ten­de­rán sus pre­fe­ren­cias y con los que vale la pena re­la­cio­narse, son per­so­nas em­be­bi­das en el tema de su pasatiempo»

A los de­trac­to­res de­dico ca­ri­ño­sa­mente este post.

Yo tengo fun­da­men­tal­mente dos pa­sa­tiem­pos (aparte de es­cri­bir por aquí, claro). Uno es la cien­cia fic­ción, el otro es can­tar en un coro. Re­cuerdo fiel­mente cuando un afi­cio­nado al golf, ente ca­paz de le­van­tarse a las cinco de la ma­ñana y co­mer sólo un sand­wich para es­tar dando gol­pe­ci­tos a una pe­lo­tita du­rante doce ho­ras se­gui­das, nin­gu­neaba mi afi­ción ca­nora: «Pues vaya gi­li­po­lle­ces a las que te de­di­cas», de­cía, el de la pe­lo­tita, cuando me di­ri­gía a in­ter­pre­tar a Schu­bert, y a Haydn, en­tre otros fri­quis.

¿Qué lees? Me pre­gun­taba otra amiga, mien­tras me em­pa­paba Soy le­yenda, de Ri­chard Mat­he­son. «Cien­cia Fic­ción», dije yo, mien­tras ob­ser­vaba una va­ga­mente con­te­nida son­ri­si­lla in­te­lec­tua­loide. Ella lle­vaba bajo el brazo un elem­plar de El có­digo Da Vinci.

Ah, y mi que­rido amigo tuno, el que me acu­saba de fri­qui por ir al cine a ver Star Trek. El que sale a la ca­lle con cal­zas, me­dias y capa…

Re­sulta in­con­ce­bi­ble que al­guien ob­je­ti­va­mente ca­paz de leer «Fic­cio­nes», de Jorge Luis Bor­ges, o «Las ciu­da­des in­vi­si­bles» de Italo Cal­vino, no se de cuenta de que lo que lee es cien­cia fic­ción y li­te­ra­tura fan­tás­tica. O el que ve 2001, de Ku­brick, o Alp­ha­vi­lle, de Go­dard, o Me­tro­po­lis, de Fritz Lang. O el que ve Re­des, el pro­grama de Punset.

Yo in­vito a to­dos a dar un gar­beo por in­ter­net, y di­ver­tirse en­con­trando blogs so­bre es­pi­ri­tismo, as­tro­lo­gía, el po­der cu­ra­tivo de las pi­rá­mi­des, el di­seño in­te­li­gente o el crea­cio­nismo, el alar­ga­miento de pene o los ori­nes de Chu­mari. Ésos si que son fri­quis, hom­bre. Los in­for­má­ti­cos gor­di­tos no. Ellos nos han cons­truido la blo­gos­fera, para que po­da­mos me­ter­nos con ellos a nues­tras anchas.

Y los del manga tam­poco. ¿Qué hu­biera sido de nues­tra ge­ne­ra­ción sin Mazinger-Z?

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Más que in­tere­sante corto so­bre via­jes en el tiempo. Hay que verlo va­rias ve­ces, pero me­rece la pena. Hu­mor ne­gro del bueno.

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Mi amigo Al­fonso, coedi­tor fan­tasma de este blog, es­tre­nará en breve el pri­mer corto de una web­se­rie que pa­rece que va a te­ner fu­turo. Cien­cia fic­ción es­pa­ñola y se­vi­llana. Cuán or­gu­lloso es­toy. Es­tén aten­tos. Dará que ha­blar. Vi­si­ten su pá­gina. Fi­nán­cien­les. Aquí.

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Una ca­rac­te­rís­tica esen­cial de las obras de cien­cia fic­ción es que tie­nen que apos­tar so­bre los con­te­ni­dos del fu­turo. Ese tiempo que des­cri­ben, predicen, y en al­gu­nos ca­sos pro­fe­ti­zan, co­rre casi siem­pre más rá­pido de lo que sus au­to­res hu­bie­ran deseado, y afecta mu­cho más a la reali­dad co­ti­diana que a los gran­dio­sos avan­ces de la hu­ma­ni­dad, igual que la tec­no­lo­gía. Avanza tanto más cuanto más gente la compra.

Este avance tec­no­ló­gico di­fe­rente es el que ha afec­tado a tan­tas no­ve­las, pe­lí­cu­las y se­ries de TV, sim­ple­mente ha­cién­do­nos son­reír o, en los ca­sos más gra­ves, de­jando la obra to­tal­mente ob­so­leta. Un ejem­plo de todo lo an­te­rior se­ría la in­creí­ble cua­li­dad de Hux­ley, en «Un Mundo feliz», de des­cri­bir un fu­turo de hu­ma­nos clo­na­dos y cla­si­fi­ca­dos en cas­tas mo­di­fi­cando sus ca­pa­ci­da­des (una es­pe­cie de pro­fe­cía so­bre la in­ge­nie­ría ge­né­tica), mien­tras que a la vez, para lla­mar por te­lé­fono, se tiene uno que ba­jar del helicóptero.

A es­tos fa­llos en la am­bien­ta­ción del fu­turo va de­di­cada esta se­rie de posts, que co­men­za­mos con una mag­ní­fica es­cena de La na­ranja me­cá­nica. Con­ti­nuar leyendo »

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Se ha anun­ciado re­cien­te­mente que «Hi­jos de los hom­bres» la no­vela de la es­cri­tora bri­tá­nica Phy­llis Do­rothy James, va a ser adap­tada a se­rie de te­le­vi­sión por Da­vid Eick, co­pro­duc­tor eje­cu­tivo de «Battles­tar Ga­lac­tica». La no­vela fue ob­jeto de una adap­ta­ción ci­ne­ma­to­grá­fica en 2006, di­ri­gida por Al­fonso Cua­rón e in­ter­pre­tada por Clive Owen, Mi­chael Caine y Ju­lianne Moore, y es sin lu­gar a du­das una de las me­jo­res pe­lí­cu­las de cien­cia fic­ción de las últi­mas décadas.

La fama de Eick viene pre­ce­dida por su par­ti­ci­pa­ción en el re­make de Ga­lac­tica, pero últi­ma­mente ha co­se­chado un im­por­tante fra­caso con la can­ce­la­ción de la se­rie de SciFi Chan­nel La Mu­jer Bió­nica, de la que es pro­duc­tor eje­cu­tivoEsto, unido a la en­ti­dad ci­ne­ma­to­grá­fica de la pe­lí­cula de Cua­rón, nos hace ser muy cau­tos a la hora de pro­nos­ti­car el re­sul­tado fi­nal de la se­rie. Tanto más sa­biendo que el ver­da­dero ger­men del éxito y la ca­li­dad de Ga­lac­tica, que es la tar­jeta de pre­sen­ta­ción de Eick, es Ro­nald D. Moore, viejo co­no­cido de los afi­cio­na­dos por ser guio­nista de va­rios de los me­jo­res ca­pí­tu­los de Star Trek: La Nueva Ge­ne­ra­ción, Es­pa­cio Pro­fundo 9 y Vo­ya­ger.

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Esto pa­rece muy in­tere­sante. Ex­ce­lente re­seña y ar­tículo de An­to­nio Wein­ri­ch­ter en ABC. En una de sus par­tes se re­fiere al mo­no­grá­fico que so­bre Tar­kovski hace la re­vista ca­na­ria «La Página»:

«men­cio­ne­mos el es­tu­pendo texto de Pi­lar Ca­rrera so­bre la opa­ci­dad de sus sím­bo­los: «La llu­via en Tar­kovski, como en Ku­ro­sawa, no apela al sen­ti­miento: no ilus­tra como me­tá­fora nin­gún es­tado de ánimo. Cuando llueve a rau­da­les la ima­gen clama al cielo. No sim­bo­liza nada. La llu­via nunca cae so­bre no­so­tros, los es­pec­ta­do­res. Es so­be­rana».

Cito este pá­rrafo por la in­creí­ble fuerza vi­sual con que la llu­via se trata en So­la­ris, en es­pe­cial en la última escena.

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Re­co­men­da­mos tam­bién una mag­ní­fica pá­gina en es­pa­ñol de­di­cada a An­drei Tar­kovski, que claro está, se hace eco de este ar­tículo, http://www.andreitarkovski.org/, donde po­de­mos en­con­trar una re­seña so­bre el nú­mero de la re­vista que co­men­ta­mos. En di­cha pá­gina po­de­mos en­con­trar bi­blio­gra­fía, ar­tícu­los y todo tipo de in­for­ma­ción y no­ti­cias so­bre el ci­neasta ruso.

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