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La cien­cia fic­ción dis­tó­pica, de la que 1984 es referente, amplifica los mie­dos bá­si­cos de la so­cie­dad pro­yec­tán­do­los en el futuro. Uno de los prin­ci­pa­les pro­ta­go­nis­tas de es­tas his­to­rias es un sis­tema opre­sor que hos­tiga y aliena al ser hu­mano de di­fe­ren­tes ma­ne­ras y con di­fe­ren­tes jus­ti­fi­ca­cio­nes, en la ma­yo­ría de ca­sos apun­tando a la li­ber­tad de pen­sa­miento como el blanco prin­ci­pal de la re­pre­sión. Po­de­mos re­cor­dar obras como Fah­ren­heit 451, Soy­lent Green, Hi­jos de los Hom­bres, Equi­li­brium, V de Ven­detta, La Na­ranja Me­cá­nica y tan­tas otras, li­te­ra­rias y ci­ne­ma­to­grá­fi­cas, que mues­tran un fu­turo esen­cial­mente ba­sado en la represión.

Cuando George Or­well pu­blicó 1984 en 1949, ha­cía poco que ha­bían ce­rrado los cam­pos de con­cen­tra­ción, y to­da­vía que­daba vivo el re­cuerdo del pá­nico, apun­tando di­rec­ta­mente a las pur­gas del es­ta­li­nismo como la re­edi­ción de la so­cie­dad vi­gi­lada por el es­tado, donde la di­si­den­cia, in­cluso la íntima, era te­rri­ble­mente cas­ti­gada. Fi­gu­ras clave de la cul­tura y el arte como el com­po­si­tor Dmi­tri Shos­ta­ko­vich o Ser­guei Ei­sens­tein ha­bían caído en des­gra­cia en la URSS de la pos­gue­rra, por com­por­ta­mien­tos tan re­pro­ba­bles como el for­ma­lismo.

Nú­me­ros y letras

Es im­por­tante, para ilus­trar la re­fle­xión que ha­re­mos más ade­lante, com­pren­der el sig­ni­fi­cado del nú­mero, de la iden­ti­fi­ca­ción per­so­nal, en este con­texto. Un es­tigma real y do­lo­roso de los ju­díos su­per­vi­vien­tes de los cam­pos de con­cen­tra­ción na­zis era el nú­mero que lle­va­ban ta­tuado en el pe­cho o en el brazo, que se ocul­taba por cons­ti­tuir un re­cuerdo im­bo­rra­ble –aquí fí­si­ca­mente– de los ho­rro­res su­fri­dos du­rante una cau­ti­vi­dad llena de muerte y su­fri­miento. El nú­mero sig­ni­fi­caba la per­te­nen­cia a una de las épo­cas más trá­gi­cas de la his­to­ria de la humanidad.

La dis­to­pía pro­por­ciona a la li­te­ra­tura y el cine un nuevo campo de con­cen­tra­ción: la neo­len­gua de Or­well, una es­pe­cie de pro­gra­ma­ción lin­güís­tica, en­ca­mi­nada a re­tor­cer la vo­lun­tad y la con­cien­cia, a im­pe­dir el pen­sa­miento por falta de sig­ni­fi­cado y re­ela­bo­ra­ción de de­fi­ni­cio­nes. Para con­se­guir una nueva dic­ta­dura ba­sada en la au­sen­cia, la per­ver­sión y la co­rrup­ción de los con­cep­tos, ba­sada en la alie­na­ción del in­di­vi­duo en aras de su per­te­nen­cia a una so­cie­dad or­de­nada y pa­cí­fica, y la con­si­guiente con­for­mi­dad con el he­cho alie­nante co­lec­tivo para con­se­guir la tran­qui­li­dad, la paz y la pros­pe­ri­dad ma­te­rial, la neo­len­gua cons­ti­tuye una parte fun­da­men­tal del pro­ceso. Se trata de con­se­guir una dic­ta­dura soft, donde la vio­len­cia so­bre el di­si­dente, pese a ejer­cerse bru­tal­mente y sin con­tem­pla­cio­nes, lo haga si­gi­lo­sa­mente y con no de­ma­siada frecuencia.

Como he­mos di­cho an­tes, el ca­tá­logo de dis­to­pías es am­plio, desde Un Mundo Fe­liz a Bra­zil. Pero hoy quiero in­sis­tir en una pe­queña ob­se­sión ci­ne­ma­to­grá­fica. Quiero pre­sen­tar una so­cie­dad en la que un ta­tuaje con el nú­mero de pri­sio­nero se con­vierte en algo chic. Me gus­ta­ría ha­blar de Jean-Luc Go­dard y de una de mis pe­lí­cu­las fe­ti­che, Alp­ha­vi­lle. Alp­ha­vi­lle en­ten­dida como pa­ro­dia o como res­puesta a 1984.

(Dis)Tópicos

Lemmy Cau­tion es un per­so­naje li­te­ra­rio, un clá­sico de­tec­tive pri­vado de no­vela ne­gra creado por el es­cri­tor bri­tá­nico Pe­ter Chey­ney en 1936. Apareció en diez no­ve­las hasta 1945, que se hi­cie­ron muy po­pu­la­res en la Fran­cia de la pos­gue­rra. Gra­cias a ello, sus an­dan­zas se lle­va­ron al cine en una se­rie de pe­lí­cu­las que abar­can de 1953 a 1963. La oc­tava y última –y ex­traña– apa­ri­ción del de­tec­tive se pro­dujo en 1965, de la mano de Jean-Luc Go­dard, en una pe­lí­cula am­bien­tada en el futuro.

Alp­ha­vi­lle viene a sub­ver­tir el con­senso bá­sico so­bre la li­ber­tad, usando con­cep­tos (por su­puesto, tan su­bli­mi­na­les como toda la pe­lí­cula en sí) como el de la no in­ter­ven­ción, que re­uti­li­zará Star Trek a par­tir de 1968 (en el epi­so­dio «Bread and Cir­cu­ses») y en ade­lante con la «pri­mera directiva».

Siem­pre te­ne­mos en mente la con­cien­cia de la opre­sión: cuando en la li­te­ra­tura y el cine dis­tó­pi­cos ha­bla­mos so­bre las dic­ta­du­ras, de la falta de li­ber­tad o de la re­pre­sión con­si­de­ra­mos un he­cho que nues­tros pro­ta­go­nis­tas son ple­na­mente cons­cien­tes de su sta­tus de oprimidos.

La na­rra­tiva ci­ne­ma­to­grá­fica, y en ca­sos la literaria, hacen que –al me­nos el es­pec­ta­dor– sepa desde el pri­mer mo­mento que existe una si­tua­ción de au­sen­cia de de­re­chos por parte de los pro­ta­go­nis­tas de la his­to­ria. (Des­pués ellos lo ad­ver­ti­rán). El «ma­ni­queísmo na­rra­tivo» que lle­van a cabo tanto los re­la­tos como las adap­ta­cio­nes al cine –se ins­taura como si­tua­ción de he­cho una vul­ne­ra­ción de la li­ber­tad y los de­re­chos de los pro­ta­go­nis­tas, sin nin­gún ma­tiz– de­ter­mina la his­to­ria desde su co­mienzo, des­po­ján­dole de toda com­ple­ji­dad, pos­tu­lando que existe una so­cie­dad ma­lé­fica de la que hay que des­ha­cerse, sin que im­porte si el pro­ta­go­nista lo con­si­gue o no; sim­ple­mente la his­to­ria tiene un fi­nal fe­liz o te­rri­ble, de­pen­diendo de la in­ten­ción de cada narrador.

Fic­ción y reali­dad, y viceversa

Alp­ha­vi­lle nos mues­tra, en­tre iro­nía y desa­so­siego, una vi­sión di­fe­rente de la so­cie­dad y su com­por­ta­miento. Des­cribe una so­cie­dad ope­ra­tiva (como en la reali­dad ocu­rre en mu­chos re­gí­me­nes au­to­ri­ta­rios), donde la or­to­do­xia im­pe­rante pro­duce, me­diante el alec­cio­na­miento, la re­pre­sión y la vio­len­cia, pro­greso téc­nico y paz so­cial, mien­tras la di­si­den­cia es re­le­gada a gue­tos in­fec­tos: el re­sul­tado es que el opo­si­tor es re­tra­tado como una fi­gura ri­dí­cula (la se­cuen­cia de los fu­si­la­dos en la pis­cina es un claro ejem­plo) de la que se hace es­pec­táculo, o mue­ren de forma mi­se­ra­ble, como per­so­na­jes sen­ci­lla­mente mar­gi­na­dos. Mien­tras tanto, el nú­mero del campo de con­cen­tra­ción (el ID, el NIF, el nú­mero en el sen­tido más alie­nante del tér­mino) se mues­tra con or­gu­llo, el or­gu­llo del que per­te­nece al grupo in­to­ca­ble de los que obe­de­cen al sis­tema, es­ta­ble­ciendo una re­la­ción es­tre­me­ce­dora en­tre los pri­sio­ne­ros del ho­lo­causto y los de la so­cie­dad mo­derna, po­niendo en juego una es­pe­cie de an­ti­ci­pa­ción que vista con los ojos de hoy nos po­nen los pe­los de punta.

Alp­ha­vi­lle hasta aquí mues­tra de forma di­fe­rente, o se apro­xima de otro modo, a los aná­li­sis tra­di­cio­na­les de las so­cie­da­des dic­ta­to­ria­les «dis­tó­pi­cas». Sim­ple­mente en­frenta la so­cie­dad real que se nos mues­tra (la go­ber­nada por la ma­lé­fica compu­tadora alpha-60, pero muy pa­re­cida en su forma ex­terna al Pa­rís de los años 60) a una ideal (la que en­carna Lemmy Cau­tion, un es­te­reo­tipo in­ten­cio­na­da­mente tosco de una so­cie­dad de fo­lle­tín, que es cu­rio­sa­mente la que el es­pec­ta­dor re­co­noce como propia).

El plan­tea­miento ra­di­cal de Alp­ha­vi­lle (y aquí no po­de­mos ol­vi­dar que a Go­dard le fal­ta­ban un par de años para abra­zar abier­ta­mente el maoísmo) se cen­tra en que Lemmy Cau­tion es un in­truso. Su com­por­ta­miento y su pro­pia per­sona es com­ple­ta­mente ajeno no solo a la reali­dad de Alp­ha­vi­lle, sino a la reali­dad na­rra­tiva de la pro­pia his­to­ria: «Una ex­traña aven­tura de Lemmy Cau­tion», se­gún reza el sub­tí­tulo de la pe­lí­cula. La pro­pia pre­sen­cia del de­tec­tive, como he­mos visto, es un cuerpo ex­traño en la na­rra­ción. Irónicamente, este za­fio per­so­naje (como el «mu­je­riego» agente Henry Di­ck­son, al que in­ter­preta Akim Ta­mi­roff) per­turba la paz de una so­cie­dad or­de­nada que basa su exis­ten­cia en el pro­greso de la cien­cia y la tec­no­lo­gía. Lemmy es un ca­rác­ter ri­dículo, que por el sim­ple he­cho de por­tar un len­guaje co­no­cido por el es­pec­ta­dor, des­truye una ci­vi­li­za­ción por la mera con­di­ción de ser di­fe­rente a la suya pro­pia. Como pre­mio, tam­bién tópico, se lleva con­sigo a la pro­ta­go­nista, a la sa­zón hija del dic­ta­dor, que aprende el sig­ni­fi­cado del amor de boca del detective.

Los per­so­na­jes de Alp­ha­vi­lle usan ges­tos con­tra­rios a los nues­tros para asen­tir y ne­gar. Sí es no, no es sí (pa­ra­fra­seando el «gue­rra es paz, li­ber­tad es es­cla­vi­tud, ig­no­ran­cia es fuerza» de 1984). Es una po­ten­tí­sima sim­bo­lo­gía que ex­presa la ra­di­cal di­fe­ren­cia en­tre los mo­dos de pen­sar del in­va­sor y el in­va­dido. Son el in­dio y el co­lono, la his­to­ria del ex­po­lio que el am­bi­cioso y el ilu­mi­nado prac­ti­can sis­te­má­ti­ca­mente. La falta de com­pren­sión del pró­jimo al que esta vez nues­tro pro­pio len­guaje nos im­pide acceder.


To­das las fo­tos de esta en­trada per­te­ne­cen a la pe­lí­cula Alp­ha­vi­lle: Une étrange ad­ven­ture de Lemmy Cau­tion (1965), de Jean-Luc Godard.

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Di­ga­mos que como buen amante de la cien­cia fic­ción, lo único que me im­porta es lo que se me ave­cina. Sé que para mi sa­lud men­tal es im­por­tante mi­rar ha­cia ade­lante, sin re­go­dearme en mis fa­llos o arre­pen­tirme de mis ac­tos pasados.

Por ello, y sin acri­tud, me im­porta un bledo la His­to­ria, y mu­cho más cuando está más que visto que no nos ayuda en ab­so­luto a co­rre­gir nues­tros errores, ni nos hace ca­pa­ces de apren­der de ellos. El uso — siem­pre, no nos en­ga­ñe­mos— tor­ti­cero de esa His­to­ria, la tra­di­ción y la costumbre, lo único que con­si­gue es con­ta­mi­nar nues­tra per­cep­ción del mundo y em­pon­zo­ñar la re­la­ción con nues­tro pró­jimo, ha­cer enemi­gos donde no los hay y lle­nar nues­tra vida de fan­tas­mas y de muertos.

Mien­tras no po­da­mos cam­biarlo, el pa­sado no existe. A la mierda lo que sólo sirve para amordazarnos.

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Es­taba abs­traído, ha­blando los de­más a mi al­re­de­dor. Miré a la mesa cer­cana, a los ojos de ese hom­bre, luego a los de su acom­pa­ñante; des­pués a la mesa opuesta y a la de atrás. Yo los veía a to­dos y al mo­mento me ví a mí: yo era todos.

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Leo http://rrose.espacioblog.com/post/ 2010/02/28/langjokull, de un blog que me fas­cina; tam­bién la poe­sía y la pin­tura y la mú­sica me cau­ti­van, no crean. Pero no es este su blog.

Lean la en­trada que les digo. Des­pués ya vuel­ven y seguimos.

A mí me cuesta res­pi­rar; en­viar el Claro de Luna a la Luna y es­cu­char lo que de­vuelve. La mú­sica de los gla­cia­res. To­car o re­pro­du­cir agua en un disco, o hielo. Vuelvo a ci­tar a Snaut (del So­la­ris de Lem) cuando dice «[…] no que­re­mos otros mun­dos, sino un es­pejo…» te­ne­mos hom­bres y mu­je­res, bue­nos y ho­nes­tos ar­tis­tas, bus­cando de­ses­pe­ra­da­mente un es­pejo. Ma­ni­fes­tando la in­ca­pa­ci­dad, la te­rri­ble in­ca­pa­ci­dad mo­derna de crear. La imi­ta­ción llega hasta el ex­tremo ri­si­ble de bus­car la res­puesta en el es­pejo, con la es­pe­ranza de que el es­pejo nos de­vuelva nues­tra ima­gen de­for­mada, trans­for­mada o in­com­pleta, gro­tesca o repugnante, porque al me­nos será dis­tinta, y con suerte, sorprendente.

¿Es ne­ce­sa­rio ese desa­so­siego, esa con­ti­nua ne­ce­si­dad de lle­nar ga­le­rías o au­di­to­rios con ex­pe­ri­men­tos que lo único que des­cu­bren es la an­gus­tia del crea­dor sin creación?

La poe­sía es algo tre­men­da­mente di­fí­cil, tanto como la pin­tura, o la música. Y no hace falta de­cir que más di­fí­cil es vi­vir de ellas. Quizá por eso al­gu­nos bus­can que la luna les haga su tra­bajo. Yo, por mi parte, que llevo un mes sin nada que de­cir, tam­bién elijo la Luna para aca­bar con mi se­quía: está en el es­pa­cio, un día ate­rri­za­mos allí. Cada uno la usa para lo que le ape­tece. Qué cerca está.

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A mí del có­mic el que me gusta es Moe­bius, que es un ca­chondo. Lo último que me leí de Frank Mi­ller fue hace casi veinte años –Bat­man año uno, creo – , y por su­puesto no ha­bía ca­tado ni me­dia de la magna obra de Moore y Gib­bons. Y el otro día me la al­quilé. La pe­lí­cula del año, tras El Ca­ba­llero Os­curo, decían.

Lle­ga­dos a este punto, debo acla­rar que yo veo, oigo y leo cien­cia fic­ción y su­per­hé­roes por­que soy un mi­li­tante, está en mi ADN. Es de­cir, leía los vo­lú­me­nes ca­pa­dos de la Mar­vel de Edi­cio­nes Vér­tice, me sa­lió el ve­llo pú­bico mien­tras veía El Im­pe­rio Con­tra­ataca y me en­ce­rraba en el baño con Ghita de Ali­zarr. Esto lo digo por­que el he­cho de que me tra­gue to­das las fri­ca­das que lle­gan a mis ma­nos, no quiere de­cir que no dis­tinga la ca­li­dad de lo que veo o leo. (Por cierto, he de­jado de ver Plu­tón).

A lo que iba. Que dejé de leer có­mics. Eran muy ca­ros, ade­más. Ne­ce­si­taba el di­nero para cubatas.

Leer lo que un per­so­naje piensa en cada vi­ñeta de cada pá­gina es un co­ñazo. Eso sin con­tar que los enor­mes bo­ca­di­llos de texto de­jan poco si­tio para los di­bu­jos. Por eso no he ido a ver el Spi­rit de Frank Mi­ller. Eso es un sa­cri­le­gio. Los que amen pro­fun­da­mente a Will Eis­ner como yo me entenderán.

Todo esto es para de­cir­les que Wat­ch­men me pa­rece una pe­lí­cula pre­ten­ciosa, gran­di­lo­cuente y va­cía. Y a ve­ces, ri­dí­cula. Con su clí­max cuando un su­per­hé­roe eya­cu­la­dor pre­coz re­cu­pera su mojo al cal­zarse de nuevo el traje de Búho Noc­turno. Enorme, va­mos. Y el po­bre del Doc­tor Man­hat­tan que le deja la novia.

¡Anda ya!

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Te­néis que leer este blog, y este ar­tículo en par­ti­cu­lar. Y enor­me­mente re­co­men­da­ble, in­cluso obli­ga­to­rio, ver y es­cu­char las Re­fle­xio­nes de Re­pronto, en su ter­cera tem­po­rada. Venga, que luego es tarde.

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La opi­nión es un bo­rra­dor de la ver­dad pro­pia, y como tal debe es­tar so­me­tida a cons­tante re­vi­sión, si la bús­queda de la ver­dad existe en uno mismo. Esa es la que res­peto. Si uno deja de bus­car la ver­dad y con­vierte la opi­nión en cer­teza, des­pre­cia esa bús­queda en los de­más y en sí mismo. Esa nunca la respetaré.

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El uni­verso se di­vide en dos cla­ses de se­res: los que se re­en­car­nan ha­cia ade­lante en el tiempo y los que lo ha­cen ha­cia atrás. A los pri­me­ros les gusta la his­to­ria, y a no­so­tros, la cien­cia fic­ción.

Ac­tua­li­za­ción. Pue­des en­ten­der me­jor este post si an­tes lees esto.

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De Wi­ki­pe­dia, que a ve­ces tan­tes ale­grías nos da.

En me­cá­nica cuán­tica, se de­no­mina sui­ci­dio cuán­tico a un ex­pe­ri­mento ima­gi­na­rio pro­puesto de ma­nera in­de­pen­diente por Hans Mo­ra­vec (1987) y Bruno Mar­chal (1988), y desa­rro­llado por Max Teg­mark en 1998.

El ex­pe­ri­mento trata de dis­tin­guir en­tre la in­ter­pre­ta­ción de Co­pen­ha­gue y la teo­ría de los uni­ver­sos múl­ti­ples de Hugh Eve­rett a tra­vés de una va­ria­ción del ex­pe­ri­mento del gato de Sch­rö­din­ger, con­sis­tente en mi­rar este último desde el punto de vista del gato.

El ex­pe­ri­mento su­pone un hom­bre sen­tado con un arma que apunta ha­cia su ca­beza. El arma es ma­ni­pu­lada por una má­quina que mide la ro­ta­ción de una par­tí­cula subató­mica. Cada vez que el hom­bre apriete en ga­ti­llo el arma se dis­pa­rará de­pen­diendo del sen­tido de la ro­ta­ción de la par­tí­cula: Si gira en sen­tido ho­ra­rio el arma dis­para, en sen­tido con­tra­rio no lo hace.

Se­gún la in­ter­pre­ta­ción de Co­pen­ha­gue, con cada eje­cu­ción del ex­pe­ri­mento existe un 50 % de po­si­bi­li­dad de que el arma sea dis­pa­rada y el hom­bre muera: even­tual­mente el ex­pe­ri­men­ta­dor mo­rirá. La teo­ría de los uni­ver­sos múl­ti­ples, por su parte, plan­tea que cada eje­cu­ción del ex­pe­ri­mento di­vide el uni­verso en dos: uno en que el hom­bre vive y otro mundo en que muere. Des­pués de mu­chas se­ries de la prueba, ha­brá mu­chos uni­ver­sos. En to­dos ellos me­nos en uno el hom­bre de­jará de exis­tir, pero siem­pre ha­brá un uni­verso donde siga exis­tiendo. Desde el punto de vista del hom­bre, por mu­cho que apriete el ga­ti­llo del arma esta nunca se dis­pa­rará, toda vez que su con­cien­cia se­guirá exis­tiendo en mu­chos de los uni­ver­sos. Esto último es lo que se de­no­mina in­mor­ta­li­dad cuán­tica

Para los en­la­ces y acla­ra­cio­nes, vi­sí­tese aquí.

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«Es me­jor es­tar ca­llado y pa­re­cer tonto que abrir la boca y des­pe­jar la duda de­fi­ni­ti­va­mente»
—Grou­cho Marx

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Trans­cribo di­rec­ta­mente de Wikipedia:

Fan­dom es una pa­la­bra de ori­gen in­glés (Fan King­dom), que se re­fiere al con­junto de afi­cio­na­dos a al­gún pa­sa­tiempo, per­sona o fe­nó­meno en par­ti­cu­lar. Cabe acla­rar que el tér­mino fan­dom se aso­cia más con los afi­cio­na­dos a la cien­cia fic­ción o a la li­te­ra­tura fan­tás­tica. Tam­bién se suele apli­car este tér­mino a las co­mu­ni­da­des en In­ter­net que dis­cu­ten te­mas re­la­cio­na­dos con el tema de su afi­ción. Los de­trac­to­res de este tipo de afi­cio­na­dos sue­len men­cio­nar que el fan­dom res­tringe el círculo de amis­ta­des de los in­te­gran­tes, al ha­cer­los sen­tir que los úni­cos que en­ten­de­rán sus pre­fe­ren­cias y con los que vale la pena re­la­cio­narse, son per­so­nas em­be­bi­das en el tema de su pasatiempo»

A los de­trac­to­res de­dico ca­ri­ño­sa­mente este post.

Yo tengo fun­da­men­tal­mente dos pa­sa­tiem­pos (aparte de es­cri­bir por aquí, claro). Uno es la cien­cia fic­ción, el otro es can­tar en un coro. Re­cuerdo fiel­mente cuando un afi­cio­nado al golf, ente ca­paz de le­van­tarse a las cinco de la ma­ñana y co­mer sólo un sand­wich para es­tar dando gol­pe­ci­tos a una pe­lo­tita du­rante doce ho­ras se­gui­das, nin­gu­neaba mi afi­ción ca­nora: «Pues vaya gi­li­po­lle­ces a las que te de­di­cas», de­cía, el de la pe­lo­tita, cuando me di­ri­gía a in­ter­pre­tar a Schu­bert, y a Haydn, en­tre otros fri­quis.

¿Qué lees? Me pre­gun­taba otra amiga, mien­tras me em­pa­paba Soy le­yenda, de Ri­chard Mat­he­son. «Cien­cia Fic­ción», dije yo, mien­tras ob­ser­vaba una va­ga­mente con­te­nida son­ri­si­lla in­te­lec­tua­loide. Ella lle­vaba bajo el brazo un elem­plar de El có­digo Da Vinci.

Ah, y mi que­rido amigo tuno, el que me acu­saba de fri­qui por ir al cine a ver Star Trek. El que sale a la ca­lle con cal­zas, me­dias y capa…

Re­sulta in­con­ce­bi­ble que al­guien ob­je­ti­va­mente ca­paz de leer «Fic­cio­nes», de Jorge Luis Bor­ges, o «Las ciu­da­des in­vi­si­bles» de Italo Cal­vino, no se de cuenta de que lo que lee es cien­cia fic­ción y li­te­ra­tura fan­tás­tica. O el que ve 2001, de Ku­brick, o Alp­ha­vi­lle, de Go­dard, o Me­tro­po­lis, de Fritz Lang. O el que ve Re­des, el pro­grama de Punset.

Yo in­vito a to­dos a dar un gar­beo por in­ter­net, y di­ver­tirse en­con­trando blogs so­bre es­pi­ri­tismo, as­tro­lo­gía, el po­der cu­ra­tivo de las pi­rá­mi­des, el di­seño in­te­li­gente o el crea­cio­nismo, el alar­ga­miento de pene o los ori­nes de Chu­mari. Ésos si que son fri­quis, hom­bre. Los in­for­má­ti­cos gor­di­tos no. Ellos nos han cons­truido la blo­gos­fera, para que po­da­mos me­ter­nos con ellos a nues­tras anchas.

Y los del manga tam­poco. ¿Qué hu­biera sido de nues­tra ge­ne­ra­ción sin Mazinger-Z?

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Voy a re­nom­brar este blog que de­riva. Se lla­mará El Blog de la De­cep­ción.

Cuanto más se dis­tan­cia el ser hu­mano de sí mismo, más cer­cano está a los de­más, y vi­ce­versa. Es una afir­ma­ción que se va cum­pliendo inexo­ra­ble­mente desde el prin­ci­pio de los tiem­pos. Al­guien dijo algo pa­re­cido hace un par de mi­les de años.

He­mos co­no­cido gran­des fi­gu­ras que han pre­di­cado con este ejem­plo, a es­cala local, durante si­glos, desde Bar­to­lomé de las Ca­sas a Te­resa de Cal­cuta. Por ha­cer una acla­ra­ción, no me quiero re­fe­rir a es­tas per­so­nas como sím­bo­los del sa­cri­fi­cio por los po­bres y los desam­pa­ra­dos, sino como ejem­plos de una prác­tica, cons­ciente o no, de ale­ja­miento de la pro­pia reali­dad, para así per­ci­bir las múl­ti­ples reali­da­des, a ve­ces mu­cho más im­por­tan­tes, que ro­dean al ser hu­mano. Lo esen­cial de esta re­fle­xión es que no hace falta ser un hé­roe ni un már­tir para prac­ti­car este ejer­ci­cio in­te­lec­tual. Con­ti­nuar leyendo »

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Desde la re­vo­lu­ción in­dus­trial, los sis­te­mas y pro­ce­sos de pro­duc­ción, trans­porte, co­mu­ni­ca­ción y otros mu­chos han sido es­tan­da­ri­za­dos. Ca­de­nas de mon­taje, elec­tri­ci­dad, tre­nes, avio­nes, co­ches, te­lé­fono y te­lé­grafo, correos, medicina, ingeniería, arquitectura, edu­ca­ción y de­fensa, por ci­tar los que se me vie­nen a la ca­beza. Y hay dos cam­pos, qui­zás los más im­por­tan­tes en la evo­lu­ción de la hu­ma­ni­dad, que se re­sis­ten a esa nor­ma­li­za­ción: la Jus­ti­cia y la in­for­má­tica. Con­ti­nuar leyendo »

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Le­yendo un ar­tículo del blog de Juan Car­los Pla­ne­lls, del que soy afi­cio­nado desde hace muy poco, pero afi­cio­nado al fin y al cabo, re­cuerdo la his­to­ria (que ya co­no­cía) de L. Ron Hub­bard, in­fame fun­da­dor de la Igle­sia de la Cien­cio­lo­gía. En ese ar­tículo se na­rra la de­riva del su­so­di­cho es­cri­tor ha­cia el nada des­de­ña­ble mundo del dó­lar, por la vía rá­pida de la crea­ción de una igle­sia ba­sada en la Dia­né­tica. Con­ti­nuar leyendo »

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Me he re­sis­tido desde el inicio de este blog a ci­tar tex­tual­mente ar­tícu­los o tex­tos com­ple­tos de otros au­to­res. Es más, creo y es­pero que será la pri­mera y la última. No obs­tante, y dado el con­te­nido del ar­tículo que voy a re­pro­du­cir, me veo en la obli­ga­ción de di­fun­dirlo, por va­rias ra­zo­nes. Una, por­que viene de uno de mis blogs ra­ros fa­vo­ri­tos; dos, por­que na­die que yo co­nozca ha ex­puesto de una ma­nera me­nos dog­má­tica y más ama­ble (sin fal­tar a la reali­dad) una vi­sión tan poco pre­jui­ciosa del pre­sente y del fu­turo cer­ca­nos; tres, por­que no he en­con­trado una re­fle­xión más lim­pia so­bre el fu­turo desde hace (mu­chí­simo) tiempo, y por último, por­que dudo que na­die me de­nun­cie a la SGAE. Al fin y al cabo, fa­mi­liae nihil a me alie­num puto. Con­ti­nuar leyendo »

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