La so­lu­ción a la Pa­ra­doja de Fermi es que una vez al­can­zada la sin­gu­la­ri­dad, ha­cerse vi­si­ble a otras ci­vi­li­za­cio­nes re­sul­ta­ría irre­le­vante.

En breve en sus pan­ta­llas, tras la publicidad.

14 junio 2011, por jotaace | Sin comentarios

Es tan des­ca­be­llado creer que las ca­tás­tro­fes na­tu­ra­les se de­ben a la vo­lun­tad de Dios como creer que la pro­pia na­tu­ra­leza tiene vo­lun­tad al­guna. ¿Por qué lo pri­mero está mal visto y lo se­gundo no?

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Y van tres

Hoy su hu­milde blog de cien­cia fic­ción, coin­ci­diendo como siem­pre con el óbito del maes­tro, cum­ple tres años. Si­guiendo con la tra­di­ción inau­gu­rada nada me­nos que el año pa­sado, les in­vito a leer otro cuento corto de Art­hur C. Clarke. A este le tengo un es­pe­cial ca­riño, por ra­zo­nes que no vie­nen al caso. Pues eso. Lean. Y así de paso voy ga­nando pun­tos para que la Sinde me cie­rre el blog.

He pu­bli­cado mi pri­mer ar­tículo en una re­vista de in­ves­ti­ga­ción. Si les gusta la ar­qui­tec­tura, o la cien­cia fic­ción, o am­bas, lo pue­den leer aquí.

Se acep­tan opiniones.

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Últi­ma­mente en la prensa, quiero creer que in­cons­cien­te­mente, se da a en­ten­der que las di­sen­sio­nes en­tre cien­tí­fi­cos en de­ter­mi­na­das cues­tio­nes (por po­ner un ejem­plo re­ciente, so­bre las bac­te­rias que pue­den vi­vir en amo­níaco) su­po­nen una merma de cre­di­bi­li­dad en el mé­todo o una grieta en el edi­fi­cio aca­dé­mico. La base de la cien­cia mo­derna es la fal­sa­bi­li­dad de sus teo­rías, y el de­bate cien­tí­fico, cons­tante y en oca­sio­nes vehe­mente, el ci­miento de su va­li­dez. El trato pe­rio­dís­tico que en oca­sio­nes —de­ma­sia­das — se da a las no­ti­cias so­bre cien­cia la equi­para a la po­lí­tica o, peor aún, al co­ra­zón, como si exis­tiera al­guna si­mi­li­tud en­tre ellas. No ol­vi­de­mos que el ob­je­tivo de la re­tó­rica es con­ven­cer y el de la fi­lo­so­fía lle­gar al co­no­ci­miento. Pues eso. En­con­trar una bac­te­ria no es lo mismo que en­con­trar un no­vio, mis que­ri­dos cha­far­de­ros. Aplí­quense en apren­der a es­cri­bir sin fal­tas de or­to­gra­fía y en no dar opi­nio­nes so­bre cien­cia. (Y so­bre tan­tas otras co­sas im­por­tan­tes que a buen se­guro des­co­no­cen). Ah, y de­jen de una santa vez de lla­mar La má­quina de Dios al LHC.

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El es­cep­ti­cismo or­to­doxo, como to­dos los fundamentalismos, nos des­poja de la fan­ta­sía y por tanto de la ca­pa­ci­dad de ma­ne­jar im­po­si­bles. Sin esa ca­pa­ci­dad arrin­co­na­mos la ha­bi­li­dad para tra­ba­jar fuera de la caja y nos con­ver­ti­mos hoy en los con­ser­va­do­res de ma­ñana. En nue­vos di­no­sau­rios, que se ex­tin­gui­rán tal como se ex­tin­guie­ron. Y no me ma­lin­ter­pre­ten; esto no tiene nada que ver con la po­wer balance.

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Bos­ton, 2660. Cien­tí­fi­cos del MIT pu­bli­can en En­ter­tain­ment Wee­kly el des­cu­bri­miento del si­glo: el homo sa­piens es un ani­mal com­ple­ta­mente irra­cio­nal cuya con­cien­cia es un or­ga­nismo pa­rá­sito. Des­gra­cia­da­mente, es im­po­si­ble co­no­cer la pro­ce­den­cia y las in­ten­cio­nes del ente, ya que solo es real­mente cons­ciente de sí mien­tras pasa de un cuerpo a otro tras la muerte del hués­ped. Los de­fen­so­res de la re­en­car­na­ción, en­ton­ces, co­mien­zan una en­car­ni­zada gue­rra mun­dial con­tra los par­ti­da­rios del alma, que cul­mina en la desa­pa­ri­ción de la es­pe­cie hu­mana y la pa­ra­si­ta­ción de los hon­gos que, den­tro de lo que cabe, son más nu­me­ro­sos y pacíficos.

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Pa­garé con gusto un viaje en el tiempo —en el pre­ciso mo­mento en el que la má­quina esté dis­po­ni­ble— a to­dos esos nos­tál­gi­cos de épo­cas pa­sa­das que por su­puesto no han vi­vido. Con una sola con­di­ción: no traer­los de vuelta hasta que po­da­mos oír sus sú­pli­cas y sus la­men­tos desde allá donde se encuentren.

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«Atri­buirle a Dios las im­per­fec­cio­nes de la evo­lu­ción es una blas­fe­mia»—Fran­cisco Ayala, biólogo

via XL­Se­ma­nal

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Di­ga­mos que como buen amante de la cien­cia fic­ción, lo único que me im­porta es lo que se me ave­cina. Sé que para mi sa­lud men­tal es im­por­tante mi­rar ha­cia ade­lante, sin re­go­dearme en mis fa­llos o arre­pen­tirme de mis ac­tos pasados.

Por ello, y sin acri­tud, me im­porta un bledo la His­to­ria, y mu­cho más cuando está más que visto que no nos ayuda en ab­so­luto a co­rre­gir nues­tros errores, ni nos hace ca­pa­ces de apren­der de ellos. El uso — siem­pre, no nos en­ga­ñe­mos— tor­ti­cero de esa His­to­ria, la tra­di­ción y la costumbre, lo único que con­si­gue es con­ta­mi­nar nues­tra per­cep­ción del mundo y em­pon­zo­ñar la re­la­ción con nues­tro pró­jimo, ha­cer enemi­gos donde no los hay y lle­nar nues­tra vida de fan­tas­mas y de muertos.

Mien­tras no po­da­mos cam­biarlo, el pa­sado no existe. A la mierda lo que sólo sirve para amordazarnos.

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Y no soy un cien­tí­fico, al me­nos al uso. Y el in­sulto a la in­te­li­gen­cia me en­fu­rece. Me explico.

Mi ac­ti­vi­dad como lec­tor de blogs y de me­dios tra­di­cio­na­les (en in­ter­net) es di­la­tada. No tengo pre­fe­ren­cia por la orien­ta­ción ideo­ló­gica de las per­so­nas que es­cri­ben siem­pre que no in­ten­ten en­ga­ñarme ni –como dije an­tes– in­sul­tar a mi inteligencia.

No suelo co­men­tar en bi­tá­co­ras (mu­cho me­nos en las de los pe­rió­di­cos) y si al­guna vez lo he he­cho, ha sido para co­rre­gir al­guna inexac­ti­tud o para ex­pre­sar mi ra­zo­nada opi­nión con­tra­ria a al­gún ar­gu­mento con el que dis­crepo pro­fun­da­mente. Nada ex­traño, a mi modo de ver.

Pues bien, aun­que pa­rezca una pe­ro­gru­llada, sólo en­cuen­tro ac­ti­tu­des po­si­ti­vas en blogs cien­tí­fi­cos o de­di­ca­dos a la di­vul­ga­ción de la cien­cia. Sólo en ellos he ha­llado per­so­nas ca­pa­ces de dis­cu­tir con ama­bi­li­dad pun­tos de vista con­tra­rios a los pro­pios, con es­pí­ritu cons­truc­tivo. Nunca con con­des­cen­den­cia ni con su­fi­cien­cia. Son si­tios donde el lec­tor se siente có­modo par­ti­ci­pando, donde las du­das que se plan­tean se dis­cu­ten sin pre­jui­cios y donde se co­la­bora en el plan­tea­miento y la re­so­lu­ción de cues­tio­nes que preo­cu­pan al pú­blico que vi­sita el sitio.

Por des­gra­cia, no en to­dos los blogs se pro­cede del mismo modo. La­men­ta­ble­mente. El con­tra­punto lo dan los blogs ideo­ló­gi­ca­mente orien­ta­dos. Sue­len ser si­tios donde los lec­to­res y el/los autor/es se de­di­can a do­rarse las res­pec­ti­vas píl­do­ras hasta la náu­sea, ca­li­fi­cando de troll (como poco) a todo aquél que ama­ble­mente dis­crepa de sus pon­ti­fi­ca­les te­sis, no tie­nen su mismo sen­tido del hu­mor u osan co­rre­gir una inexac­ti­tud evi­dente en al­guno de sus es­cri­tos (no me pre­gun­ten por qué los leo; quizá al­guna vez pu­bli­ca­ron algo que me pa­re­ció in­tere­sante y no los he bo­rrado del lec­tor de feeds, qué se yo).

Así, es ab­so­lu­ta­mente im­po­si­ble man­te­ner una con­ver­sa­ción me­dia­na­mente in­te­li­gente so­bre el aborto o los to­ros en una bi­tá­cora de orien­ta­ción pro­gre­sista o so­bre el ma­tri­mo­nio ho­mo­se­xual o el cam­bio cli­má­tico en uno con­ser­va­dor. Es como in­ten­tar dis­cu­tir so­bre la Teo­ría de la Evo­lu­ción en un foro de cris­tia­nos evan­gé­li­cos. Al me­nos ellos van a las cla­ras y no pre­su­men de intelectuales.

Tanto la re­li­gión como el ateísmo son cues­tio­nes de fe. Y la cien­cia, le­jos de ne­gar una o afir­mar la otra, lo único que hace es pres­cin­dir de ellas para avanzar.

En este mundo de la cien­cia fic­ción, no eres nada si no co­no­ces al Doc­tor. La nueva tem­po­rada ha empezado.

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El año pa­sado se me ol­vidó. Éste no. Los die­ci­ocho de marzo se cum­plen años del na­ci­miento de este cua­derno y des­gra­cia­da­mente, de la muerte de Art­hur C. Clarke. Como ya conté, tuve el triste ho­nor de inau­gu­rarlo con el obi­tua­rio del maes­tro, con lo que siem­pre ha­brá una buena ex­cusa para ese re­cuerdo. En un día como hoy, no es mala lec­tura El Cen­ti­nela, que fue el ger­men de 2001. Aquí tie­nen el en­lace. Disfruten.

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Es­taba abs­traído, ha­blando los de­más a mi al­re­de­dor. Miré a la mesa cer­cana, a los ojos de ese hom­bre, luego a los de su acom­pa­ñante; des­pués a la mesa opuesta y a la de atrás. Yo los veía a to­dos y al mo­mento me ví a mí: yo era todos.

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