Extractos mínimos (XII)

La tecnología había conseguido la realidad virtual perfecta. El cuerpo mantenido indefinidamente mediante su reparación y conservación continuas. La experimentación de todos los placeres conocidos por tiempo ilimitado. La materialización de todos los sueños imposibles. Dinero, sexo, poder sin fin. El ejercicio indistinto y arbitrario de la tiranía o de la misericordia. Transcurrido un período suficiente de tiempo, daba igual que aquella realidad se llamara paraíso, infierno o cadena perpetua.

The Expanse y el síndrome de Caprica

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Es sabido que Battlestar Galactica es la mejor serie de ciencia ficción de lo que llevamos de siglo XXI (y que me perdonen los losters). La paradoja es que su éxito, en lugar de generar más y mejores series del género, ha creado un terrible complejo de insuperabilidad a la cadena que la emitió. Desde el final de BSG, SyFy, antes Sci Fi, antes The SciFi Channel, ha sufrido una de las más largas travesías del desierto vistas por un canal televisivo.

Cadenas como UPN, mascarón de proa de Paramount, tuvieron que cerrar las puertas o fusionarse, después de fracasos estrepitosos, tras grandes experimentos como Star Trek: Voyager y Star Trek: Enterprise. SciFi decidió cambiar su nombre, su target y su contenido cuatro días antes del final de Battlestar Galactica.

El éxito de una producción en ocasiones funciona de forma contraria a la deseada. Una vez finalizada, parece complicado proponerse un éxito parejo, si no mayor, a la exitosa desaparecida: en el caso de SyFy, la continuación lógica a BSG fue Caprica, una ambiciosa historia sobre los años previos a la primera guerra cylon. En unos años que empezaron a ser aciagos para la ciencia ficción, la serie fue cancelada tras la emisión del capítulo 13 por baja audiencia, pese a contar con el respaldo y la experiencia de Ronald D. Moore y Jane Espenson.

Al igual que el año anterior ocurriera con la excelente e infravalorada (y correspondientemente cancelada) Defying Gravity, Caprica utilizó una enorme cantidad del tiempo disponible para plantear personajes, conflictos y subtramas que quedaban sembradas para un posterior desarrollo, olvidando la aplastante lógica televisiva: en una serie basada en un arco narrativo, no episódica, es necesario retener al espectador. Si eso no ocurre se corre el riesgo de perder la audiencia muy rápidamente, y en una serie quizá demasiado intelectual para el espectador medio, la probabilidad de reengancharse es bastante baja.

Los últimos capítulos parecían haber advertido esta situación y comenzaron, rápidamente, a solucionar y rematar algunos hilos, a acelerar la acción y a generar más interés, y más cuando se acercaba el final, hasta un epílogo que venía a resumir, en unos pocos minutos, una trama que podía haber durado varias temporadas.

The Expanse es una serie que merece la pena ver únicamente para llegar a sus magníficos y espectaculares tres últimos capítulos. Basada en la serie de libros de Daniel Abraham and Ty Franck (bajo el seudónimo de James S. A. Corey) es, al igual que Caprica, otra ambiciosa producción. Plantea una compleja trama que se ofrece al espectador con una parsimonia en ocasiones desesperante, usando el limitadísimo tiempo del que dispone (el nuevo estándar de diez capítulos por temporada) para mostrar un magnífico y costeado diseño de producción, en el que se disponen un excelente y estimulante prólogo de un par de minutos y tres tramas que convergen plana, arrítmica y lentamente, durante siete capítulos, hacia un final de temporada que ofrece de lo mejorcito de la última space opera.

Los índices de audiencia USA son implacables: del millón doscientos mil espectadores del estreno pasa a los algo más de medio millón de los últimos dos capítulos. Inexplicablemente, aunque por suerte, la serie ha sido renovada para una segunda temporada. Veremos entonces si continúa el buen sabor de boca del final o repetirá el planteamiento antitético de thriller pausado e introspectivo del inicio. En cualquier caso, habrá que esperar casi un año, con lo que probablemente sea necesario volver a ver la primera temporada antes de comenzar con la segunda. Esa es una labor que es una delicia cuando hablamos de Doctor Who o The Leftovers, pero que en este caso provoca una cierta pereza. Ya veremos.

Como nota final baste señalar que, como tantas otras veces he lamentado en este blog, The Expanse no está anunciada, esperada ni programada en España. Al hilo de la entrada anterior, es sorprendente que una cadena con sucursal en nuestro país sea incapaz de frenar la sangría de potenciales espectadores haciendo el esfuerzo de programar sus series en el resto del mundo en fechas al menos cercanas a su estreno en USA, tal como ya hacen por ejemplo FOX con Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. o TNT con Big Bang. Ayer en la XXX gala de los Premios Goya, Antonio Resines volvía a insistir en el mantra de las descargas, además de hacer una inútil y anacrónica defensa de los videoclubs. Mientras avanzamos, imparable e irrevocablemente, hacia los contenidos en la nube, en España la industria sigue dándose tiros en el pie.

Netflix y el profeta

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Cuando aún actualizaba este blog de manera regular, escribí una entrada al hilo del aniversario (el 43º) del estreno de la serie original de Star Trek. Con mi habitual mal humor crónico de entonces, no perdí la ocasión de cargar –en este caso– contra los canales de distribución audiovisual, la medición de audiencias y los planteamientos de futuro de las cadenas de televisión.

Encontré el artículo repasando posts antiguos para pensar en la manera de retomar el blog. Es de septiembre de 2009, hace algo más de seis años, cuando Spotify no llevaba más de un año en funcionamiento, más o menos lo mismo que el negocio de streaming de Netflix (que recordemos comenzó como una empresa de alquiler de DVD), que aún no se conocía en España, y a la que hemos tenido que esperar hasta 2015. Me reconfortó saber que mis aptitudes como futurólogo-prospectivista no son tan malas como yo creía, y que la evidencia del cambio se acaba imponiendo sobre la lógica del conservadurismo y la tradición. Baste una cita de aquello:

Hay un factor que es mucho más determinante que los demás, y ya he mencionado en artículos anteriores. La globalización es un hecho irreversible, y los que anuncian en televisión lo hacen en el mundo entero. Hasta que no entiendan que la radiodifusión también es global, no dejarán de perder dinero. El concepto de worldwide syndication, o difusión mundial (de contenidos), es esencial para que las series televisivas sean rentables y para que la publicidad sea efectiva.

Claro está que las conexiones de banda ancha de entonces dejaban mucho que desear (yo entonces gozaba de una fantástica conexión de 6mb/600kb, contra los ya estándar 100mb/10mb que tengo hoy), y un streaming decente en una incipiente alta definición no parecía ser una opción inmediata, aunque apuntaba la posibilidad:

Desde entonces el CD ha dado paso al MP3 y Spotify ha revolucionado la manera de escuchar música. El DVD está prácticamente muerto, y no sabemos quién heredará, si el dubitativo Blu-Ray o directamente Matrioshka, la memoria flash (ahora que adviene USB 3.0) o algún servicio de streaming de pago o con publicidad.

La apuesta final ha sido el streaming de pago: Netflix como punta de lanza, que con más o menos éxito, y mientras llegaba, han cubierto en España plataformas como Filmin, Wuaki, Yomvi o las opciones de videoclub de las televisiones de pago tradicionales. En EE.UU. se han añadido muchas más opciones como Hulu, Amazon Prime o iTunes, mientras que las cadenas tradicionales están optando por lanzar también sus propias marcas, como Showtime Anywhere, HBO Now o CBS All Access (en la que se ofrecerá la nueva serie de Star Trek que comienza en enero del próximo año).

Tradicionalmente, tanto las productoras cinematográficas como las televisivas han estimado sus costes y beneficios evaluando el domestic box office o lo que es lo mismo, los ingresos obtenidos en territorio norteamericano. El resto de los ingresos –resto del mundo– venían a suponer un rendimiento extra, junto a las ventas de DVD (y sus antecesores y sucesores). Al igual que ocurría en los años 60 del siglo pasado con la medición bruta de audiencias, el éxito o fracaso de una serie o película estadounidense (y sus consecuentes canceleción, renovación o secuelas) es resultado bastante directo de lo que ocurre con ella en el suelo patrio, despreciando o minimizando el éxito o fracaso económico en el resto del mundo. Para muestra un botón: “El despertar de la fuerza” ha recaudado en Estados Unidos nada menos que 897.469.134 dólares, mientras que en el resto del mundo “solo” ha conseguido 1.087.800.000.

Netflix es la única empresa audiovisual que ha establecido un catálogo internacional más o menos homogéneo, en HD y en algunos casos en 4K. Produce varias de las series más aclamadas y premiadas de la televisión (Orange is the new Black, Jessica Jones, House of Cards, Daredevil), mientras Amazon Prime (The Man in the High Castle, Mozart in the Jungle) comienza a imitar sus procedimientos y su éxito. Una fórmula de pago asequible y un catálogo amplio y de calidad en todo el mundo –recordemos que es el modelo de pago de Spotify– constituyen el modelo de éxito hoy, mientras que las más conservadoras como CBS All Access (solo presente en USA, Canadá y Australia) se están jugando el futuro al no abrirse a otros mercados o no compartir sus contenidos.

Tal como ocurría hace seis años, la única manera que tiene la industria de frenar la descarga no deseada de contenidos, es ofrecerlos sin restricción geográfica (la idiotez de los famosos códigos de región de los DVD, heredados en parte por el Blu-Ray), con acceso rápido y a precios razonables. Eso llevaría a desprendernos de una buena cantidad de información almacenada, disponible ahora en la nube por una tarifa plana asequible, de manera que ese valor añadido consiga hacer más cómodo y placentero pagar por los contenidos que descargarlos de manera irregular.

Hablamos dentro de seis años.

Extractos mínimos (XI)

Cuando partieron, en aquellas enormes naves generacionales repletas de gente, lo hicieron con un sentimiento encontrado: estaba la seguridad de la supervivencia, y también la seguridad de que los nietos de sus nietos se estrellarían sobre aquel planeta azul y exuberante, ciento noventa y cinco mil años antes.

Un momentito, que voy a escribir una tesis doctoral y enseguida vuelvo

Mantener vivo un blog es en sí bastante complicado: buscar un asunto interesante sobre el que escribir, hacerlo de forma amena y encontrar el tiempo suficiente no es nada fácil, y mucho menos si además se le pretende dar una cierta periodicidad. Para un aficionado a contar cosas, cumplir todas las premisas es casi imposible a poco que se le crucen otras actividades y otras responsabilidades.

Dos años completos de sequía en internet es mucho tiempo. Ya un sólo mes lo es. Si hubiera tenido un número aceptable de seguidores los habría perdido al poco tiempo de abandonar la publicación, pero la ventaja de que te lean nada más que los amigos permite resucitarlo casi eternamente, lo que es magnífico para mí, que ni vivo de esto ni necesito demasiado público para soltar mis parrafadas. Pero aún así, en todo este tiempo más de una vez he intentado publicar algo, obviamente sin fortuna.

Como avanzo en el título, durante todo este tiempo he estado dedicado a escribir (maquetar, encuadernar, preparar y defender) mi tesis doctoral, en la que la ciencia ficción es una de las protagonistas principales, junto al cine y la arquitectura. Afición y profesión juntas al fin en un proceso que terminó felizmente el pasado siete de abril. Una vez cerrado un ciclo (que siempre abre otro) y tras el descanso neuronal correspondiente, me propongo retomar la actividad del blog, comenzando ahora mismo, pero añadiendo algún giro temático.

Haber escrito una tesis sobre ciencia ficción me ha aportado un especial contacto con muy distintas ideas de futuro, que han provocado un efecto sorprendente: hacerme descubrir que la tecnología y ese futuro, tanto el que describen las películas y las novelas como el que vivimos y proyectamos, tienen en realidad bastante poco que ver. Ambas cosas tienen relación, pero es meramente circunstancial. El porvenir y su idea los conforman y modelan las sociedades, y la tecnología solo las acompaña.

Pero el descubrimiento fundamental ha sido advertir que pase lo que pase, y en cualquier actividad, siempre se acaba hablando de uno mismo y de las propias inquietudes. Aquello de lo que se escribe es solo el filtro mediante el cual se camufla. También me he dado cuenta de que prefiero lo transversal a lo monográfico, y en consecuencia, que pretender mantener este blog mirando exclusivamente a la ciencia ficción solo va a provocar, tras tantos intentos, su inexorable desaparición. El cine en general, la arquitectura, la política, la sociedad, son campos que pueden hablar del futuro tanto como la ciencia ficción misma, y pretendo hablar de ellos cuando sea oportuno, intentando siempre que ese futuro sea el hilo conductor de cada reflexión o cada historia.

Para terminar solo me queda recordar que el pasado 19 de marzo cumplimos, muy en silencio, seis años de vida, y que el quinto ni siquiera lo celebramos. Os debo dos cuentos de Clarke, y aquí los tenéis: El cielo cruel y Los nueve mil millones de nombres de Dios.

Edito: El enlace del segundo cuento se murió. Aquí os dejo otro: Los nueve billones de nombres de Dios.

Política

[…] un amor geométrico de la simetría y el orden era “el sistema”, un interés infatigable y febril por las más insignificantes facetas de la burocracia cotidiana era “la laboriosidad”, la indecisión calculada era “la cautela” y la terquedad ciega en continuar por un camino erróneo era “la determinación”.

—Isaac Asimov: “Fundación e Imperio”, 1952

La redención

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La ciencia ficción distópica, de la que 1984 es referente, amplifica los miedos básicos de la sociedad proyectándolos en el futuro. Uno de los principales protagonistas de estas historias es un sistema opresor que hostiga y aliena al ser humano de diferentes maneras y con diferentes justificaciones, en la mayoría de casos apuntando a la libertad de pensamiento como el blanco principal de la represión. Podemos recordar obras como Fahrenheit 451, Soylent Green, Hijos de los Hombres, Equilibrium, V de Vendetta, La Naranja Mecánica y tantas otras, literarias y cinematográficas, que muestran un futuro esencialmente basado en la represión.

Cuando George Orwell publicó 1984 en 1949, hacía poco que habían cerrado los campos de concentración, y  todavía quedaba vivo el recuerdo del pánico, apuntando directamente a las purgas del estalinismo como la reedición de la sociedad vigilada por el estado, donde la disidencia, incluso la íntima, era terriblemente castigada. Figuras clave de la cultura y el arte como el compositor Dmitri Shostakovich o Serguei Eisenstein habían caído en desgracia en la URSS de la posguerra, por comportamientos tan reprobables como el formalismo.

Números y letras

Es importante, para ilustrar la reflexión que haremos más adelante, comprender el significado del número, de la identificación personal, en este contexto. Un estigma real y doloroso de los judíos supervivientes de los campos de concentración nazis era el número que llevaban tatuado en el pecho o en el brazo, que se ocultaba por constituir un recuerdo imborrable –aquí físicamente– de los horrores sufridos durante una cautividad llena de muerte y sufrimiento. El número significaba la pertenencia a una de las épocas más trágicas de la historia de la humanidad.

La distopía proporciona a la literatura y el cine un nuevo campo de concentración: la neolengua de Orwell, una especie de programación lingüística, encaminada a retorcer la voluntad y la conciencia, a impedir el pensamiento por falta de significado y reelaboración de definiciones. Para conseguir una nueva dictadura basada en la ausencia, la perversión y la corrupción de los conceptos, basada en la alienación del individuo en aras de su pertenencia a una sociedad ordenada y pacífica, y la consiguiente conformidad con el hecho alienante colectivo para conseguir la tranquilidad, la paz y la prosperidad material, la neolengua constituye una parte fundamental del proceso. Se trata de conseguir una dictadura soft, donde la violencia sobre el disidente, pese a ejercerse brutalmente y sin contemplaciones, lo haga sigilosamente y con no demasiada frecuencia.

Como hemos dicho antes, el catálogo de distopías es amplio, desde Un Mundo Feliz a Brazil. Pero hoy quiero insistir en una pequeña obsesión cinematográfica. Quiero presentar una sociedad en la que un tatuaje con el número de prisionero se convierte en algo chic. Me gustaría hablar de Jean-Luc Godard y de una de mis películas fetiche, Alphaville. Alphaville entendida como parodia o como respuesta a 1984.

(Dis)Tópicos

Lemmy Caution es un personaje literario, un clásico detective privado de novela negra creado por el escritor británico Peter Cheyney en 1936. Apareció en diez novelas hasta 1945, que se hicieron muy populares en la Francia de la posguerra. Gracias a ello, sus andanzas se llevaron al cine en una serie de películas que abarcan de 1953 a 1963. La octava y última –y extraña– aparición del detective se produjo en 1965, de la mano de Jean-Luc Godard, en una película ambientada en el futuro.

Alphaville viene a subvertir el consenso básico sobre la libertad, usando conceptos (por supuesto, tan subliminales como toda la película en sí) como el de la no intervención, que reutilizará Star Trek a partir de 1968 (en el episodio “Bread and Circuses”) y en adelante con la “primera directiva”.

Siempre tenemos en mente la conciencia de la opresión: cuando en la literatura y el cine distópicos hablamos sobre las dictaduras, de la falta de libertad o de la represión consideramos un hecho que nuestros protagonistas son plenamente conscientes de su status de oprimidos.

La narrativa cinematográfica, y en casos la literaria, hacen que –al menos el espectador– sepa desde el primer momento que existe una situación de ausencia de derechos por parte de los protagonistas de la historia. (Después ellos lo advertirán). El “maniqueísmo narrativo” que llevan a cabo tanto los relatos como las adaptaciones al cine –se instaura como situación de hecho una vulneración de la libertad y los derechos de los protagonistas, sin ningún matiz– determina la historia desde su comienzo, despojándole de toda complejidad, postulando que existe una sociedad maléfica de la que hay que deshacerse, sin que importe si el protagonista lo consigue o no; simplemente la historia tiene un final feliz o terrible, dependiendo de la intención de cada narrador.

Ficción y realidad, y viceversa

Alphaville nos muestra, entre ironía y desasosiego, una visión diferente de la sociedad y su comportamiento. Describe  una sociedad operativa (como en la realidad ocurre en muchos regímenes autoritarios), donde la ortodoxia imperante produce, mediante el aleccionamiento, la represión y la violencia, progreso técnico y paz social, mientras la disidencia es relegada a guetos infectos: el resultado es que el opositor es retratado como una figura ridícula (la secuencia de los fusilados en la piscina es un claro ejemplo) de la que se hace espectáculo, o mueren de forma miserable, como personajes sencillamente marginados. Mientras tanto, el número del campo de concentración (el ID, el NIF, el número en el sentido más alienante del término) se muestra con orgullo, el orgullo del que pertenece al grupo intocable de los que obedecen al sistema, estableciendo una relación estremecedora entre los prisioneros del holocausto y los de la sociedad moderna, poniendo en juego una especie de anticipación que vista con los ojos de hoy nos ponen los pelos de punta.

Alphaville hasta aquí muestra de forma diferente, o se aproxima de otro modo, a los análisis tradicionales de las sociedades dictatoriales “distópicas”. Simplemente enfrenta la sociedad real que se nos muestra (la gobernada por la maléfica computadora alpha-60, pero muy parecida en su forma externa al París de los años 60) a una ideal (la que encarna Lemmy Caution, un estereotipo intencionadamente tosco de una sociedad de folletín, que es curiosamente la que el espectador reconoce como propia).

El planteamiento radical de Alphaville (y aquí no podemos olvidar que a Godard le faltaban un par de años para abrazar abiertamente el maoísmo) se centra en que Lemmy Caution es un intruso. Su comportamiento y su propia persona es completamente ajeno no solo a la realidad de Alphaville, sino a la realidad narrativa de la propia historia: “Una extraña aventura de Lemmy Caution”, según reza el subtítulo de la película. La propia presencia del detective, como hemos visto, es un cuerpo extraño en la narración. Irónicamente, este zafio personaje (como el “mujeriego” agente Henry Dickson, al que interpreta Akim Tamiroff) perturba la paz de una sociedad ordenada que basa su existencia en el progreso de la ciencia y la tecnología. Lemmy es un carácter ridículo, que por el simple hecho de portar un lenguaje conocido por el espectador, destruye una civilización por la mera condición de ser diferente a la suya propia. Como premio, también tópico, se lleva consigo a la protagonista, a la sazón hija del dictador, que aprende el significado del amor de boca del detective.

Los personajes de Alphaville usan gestos contrarios a los nuestros para asentir y negar. Sí es no, no es sí (parafraseando el “gue­rra es paz, li­ber­tad es es­cla­vi­tud, ig­no­ran­cia es fuerza” de 1984). Es una potentísima simbología que expresa la radical diferencia entre los modos de pensar del invasor y el invadido. Son el indio y el colono, la historia del expolio que el ambicioso y el iluminado practican sistemáticamente. La falta de comprensión del prójimo al que esta vez nuestro propio lenguaje nos impide acceder.


Todas las fotos de esta entrada pertenecen a la película Alphaville: Une étrange adventure de Lemmy Caution (1965), de Jean-Luc Godard.

Voluntades

Es tan descabellado creer que las catástrofes naturales se deben a la voluntad de Dios como creer que la propia naturaleza tiene voluntad alguna. ¿Por qué lo primero está mal visto y lo segundo no?

Y van tres

Hoy su humilde blog de ciencia ficción, coincidiendo como siempre con el óbito del maestro, cumple tres años. Siguiendo con la tradición inaugurada nada menos que el año pasado, les invito a leer otro cuento corto de Arthur C. Clarke. A este le tengo un especial cariño, por razones que no vienen al caso. Pues eso. Lean. Y así de paso voy ganando puntos para que la Sinde me cierre el blog.