Cum­pli­mos cua­tro años

Hoy 19 de marzo, como es cos­tum­bre, ce­le­bra­mos el aniver­sa­rio de vues­tra bi­tá­cora de cien­cia fic­ción, coin­ci­diendo con el día del fa­lle­ci­miento de Art­hur C. Clarke, y como tam­bién es cos­tum­bre, lo ha­ce­mos con un cuento corto del maestro.

Ya que nos ha­lla­mos in­mer­sos en época de re­cor­tes, qué me­jor que el más corto de los cuen­tos de Clarke: si­se­neG. Que disfrutéis.

Y dijo Dios: BORRAR líneas Uno a Aleph. CARGAR. EJECUTAR.
       Y el Universo dejó de existir.
Entonces lo ponderó durante unos eones, suspiró y añadió: ELIMINAR.
       Nunca había existido.

La re­den­ción

La cien­cia fic­ción dis­tó­pica, de la que 1984 es re­fe­rente, am­pli­fica los mie­dos bá­si­cos de la so­cie­dad pro­yec­tán­do­los en el fu­turo. Uno de los prin­ci­pa­les pro­ta­go­nis­tas de es­tas his­to­rias es un sis­tema opre­sor que hos­tiga y aliena al ser hu­mano de di­fe­ren­tes ma­ne­ras y con di­fe­ren­tes jus­ti­fi­ca­cio­nes, en la ma­yo­ría de ca­sos apun­tando a la li­ber­tad de pen­sa­miento como el blanco prin­ci­pal de la re­pre­sión. Po­de­mos re­cor­dar obras como Fah­ren­heit 451, Soy­lent Green, Hi­jos de los Hom­bres, Equi­li­brium, V de Ven­detta, La Na­ranja Me­cá­nica y tan­tas otras, li­te­ra­rias y ci­ne­ma­to­grá­fi­cas, que mues­tran un fu­turo esen­cial­mente ba­sado en la represión.

Cuando George Or­well pu­blicó 1984 en 1949, ha­cía poco que ha­bían ce­rrado los cam­pos de con­cen­tra­ción, y to­da­vía que­daba vivo el re­cuerdo del pá­nico, apun­tando di­rec­ta­mente a las pur­gas del es­ta­li­nismo como la re­edi­ción de la so­cie­dad vi­gi­lada por el es­tado, donde la di­si­den­cia, in­cluso la ín­tima, era te­rri­ble­mente cas­ti­gada. Fi­gu­ras clave de la cul­tura y el arte como el com­po­si­tor Dmi­tri Shos­ta­ko­vich o Ser­guei Ei­sens­tein ha­bían caído en des­gra­cia en la URSS de la pos­gue­rra, por com­por­ta­mien­tos tan re­pro­ba­bles como el for­ma­lismo.

Nú­me­ros y letras

Es im­por­tante, para ilus­trar la re­fle­xión que ha­re­mos más ade­lante, com­pren­der el sig­ni­fi­cado del nú­mero, de la iden­ti­fi­ca­ción per­so­nal, en este con­texto. Un es­tigma real y do­lo­roso de los ju­díos su­per­vi­vien­tes de los cam­pos de con­cen­tra­ción na­zis era el nú­mero que lle­va­ban ta­tuado en el pe­cho o en el brazo, que se ocul­taba por cons­ti­tuir un re­cuerdo im­bo­rra­ble –aquí fí­si­ca­mente– de los ho­rro­res su­fri­dos du­rante una cau­ti­vi­dad llena de muerte y su­fri­miento. El nú­mero sig­ni­fi­caba la per­te­nen­cia a una de las épo­cas más trá­gi­cas de la his­to­ria de la humanidad.

La dis­to­pía pro­por­ciona a la li­te­ra­tura y el cine un nuevo campo de con­cen­tra­ción: la neo­len­gua de Or­well, una es­pe­cie de pro­gra­ma­ción lin­güís­tica, en­ca­mi­nada a re­tor­cer la vo­lun­tad y la con­cien­cia, a im­pe­dir el pen­sa­miento por falta de sig­ni­fi­cado y re­ela­bo­ra­ción de de­fi­ni­cio­nes. Para con­se­guir una nueva dic­ta­dura ba­sada en la au­sen­cia, la per­ver­sión y la co­rrup­ción de los con­cep­tos, ba­sada en la alie­na­ción del in­di­vi­duo en aras de su per­te­nen­cia a una so­cie­dad or­de­nada y pa­cí­fica, y la con­si­guiente con­for­mi­dad con el he­cho alie­nante co­lec­tivo para con­se­guir la tran­qui­li­dad, la paz y la pros­pe­ri­dad ma­te­rial, la neo­len­gua cons­ti­tuye una parte fun­da­men­tal del pro­ceso. Se trata de con­se­guir una dic­ta­dura soft, donde la vio­len­cia so­bre el di­si­dente, pese a ejer­cerse bru­tal­mente y sin con­tem­pla­cio­nes, lo haga si­gi­lo­sa­mente y con no de­ma­siada frecuencia.

Como he­mos di­cho an­tes, el ca­tá­logo de dis­to­pías es am­plio, desde Un Mundo Fe­liz a Bra­zil. Pero hoy quiero in­sis­tir en una pe­queña ob­se­sión ci­ne­ma­to­grá­fica. Quiero pre­sen­tar una so­cie­dad en la que un ta­tuaje con el nú­mero de pri­sio­nero se con­vierte en algo chic. Me gus­ta­ría ha­blar de Jean-Luc Go­dard y de una de mis pe­lí­cu­las fe­ti­che, Alp­ha­vi­lle. Alp­ha­vi­lle en­ten­dida como pa­ro­dia o como res­puesta a 1984.

(Dis)Tópicos

Lemmy Cau­tion es un per­so­naje li­te­ra­rio, un clá­sico de­tec­tive pri­vado de no­vela ne­gra creado por el es­cri­tor bri­tá­nico Pe­ter Chey­ney en 1936. Apa­re­ció en diez no­ve­las hasta 1945, que se hi­cie­ron muy po­pu­la­res en la Fran­cia de la pos­gue­rra. Gra­cias a ello, sus an­dan­zas se lle­va­ron al cine en una se­rie de pe­lí­cu­las que abar­can de 1953 a 1963. La oc­tava y úl­tima –y ex­traña– apa­ri­ción del de­tec­tive se pro­dujo en 1965, de la mano de Jean-Luc Go­dard, en una pe­lí­cula am­bien­tada en el futuro.

Alp­ha­vi­lle viene a sub­ver­tir el con­senso bá­sico so­bre la li­ber­tad, usando con­cep­tos (por su­puesto, tan su­bli­mi­na­les como toda la pe­lí­cula en sí) como el de la no in­ter­ven­ción, que re­uti­li­zará Star Trek a par­tir de 1968 (en el epi­so­dio «Bread and Cir­cu­ses») y en ade­lante con la «pri­mera directiva».

Siem­pre te­ne­mos en mente la con­cien­cia de la opre­sión: cuando en la li­te­ra­tura y el cine dis­tó­pi­cos ha­bla­mos so­bre las dic­ta­du­ras, de la falta de li­ber­tad o de la re­pre­sión con­si­de­ra­mos un he­cho que nues­tros pro­ta­go­nis­tas son ple­na­mente cons­cien­tes de su sta­tus de oprimidos.

La na­rra­tiva ci­ne­ma­to­grá­fica, y en ca­sos la li­te­ra­ria, ha­cen que –al me­nos el es­pec­ta­dor– sepa desde el pri­mer mo­mento que existe una si­tua­ción de au­sen­cia de de­re­chos por parte de los pro­ta­go­nis­tas de la his­to­ria. (Des­pués ellos lo ad­ver­ti­rán). El «ma­ni­queísmo na­rra­tivo» que lle­van a cabo tanto los re­la­tos como las adap­ta­cio­nes al cine –se ins­taura como si­tua­ción de he­cho una vul­ne­ra­ción de la li­ber­tad y los de­re­chos de los pro­ta­go­nis­tas, sin nin­gún ma­tiz– de­ter­mina la his­to­ria desde su co­mienzo, des­po­ján­dole de toda com­ple­ji­dad, pos­tu­lando que existe una so­cie­dad ma­lé­fica de la que hay que des­ha­cerse, sin que im­porte si el pro­ta­go­nista lo con­si­gue o no; sim­ple­mente la his­to­ria tiene un fi­nal fe­liz o te­rri­ble, de­pen­diendo de la in­ten­ción de cada narrador.

Fic­ción y reali­dad, y viceversa

Alp­ha­vi­lle nos mues­tra, en­tre iro­nía y desa­so­siego, una vi­sión di­fe­rente de la so­cie­dad y su com­por­ta­miento. Des­cribe una so­cie­dad ope­ra­tiva (como en la reali­dad ocu­rre en mu­chos re­gí­me­nes au­to­ri­ta­rios), donde la or­to­do­xia im­pe­rante pro­duce, me­diante el alec­cio­na­miento, la re­pre­sión y la vio­len­cia, pro­greso téc­nico y paz so­cial, mien­tras la di­si­den­cia es re­le­gada a gue­tos in­fec­tos: el re­sul­tado es que el opo­si­tor es re­tra­tado como una fi­gura ri­dí­cula (la se­cuen­cia de los fu­si­la­dos en la pis­cina es un claro ejem­plo) de la que se hace es­pec­táculo, o mue­ren de forma mi­se­ra­ble, como per­so­na­jes sen­ci­lla­mente mar­gi­na­dos. Mien­tras tanto, el nú­mero del campo de con­cen­tra­ción (el ID, el NIF, el nú­mero en el sen­tido más alie­nante del tér­mino) se mues­tra con or­gu­llo, el or­gu­llo del que per­te­nece al grupo in­to­ca­ble de los que obe­de­cen al sis­tema, es­ta­ble­ciendo una re­la­ción es­tre­me­ce­dora en­tre los pri­sio­ne­ros del ho­lo­causto y los de la so­cie­dad mo­derna, po­niendo en juego una es­pe­cie de an­ti­ci­pa­ción que vista con los ojos de hoy nos po­nen los pe­los de punta.

Alp­ha­vi­lle hasta aquí mues­tra de forma di­fe­rente, o se apro­xima de otro modo, a los aná­li­sis tra­di­cio­na­les de las so­cie­da­des dic­ta­to­ria­les «dis­tó­pi­cas». Sim­ple­mente en­frenta la so­cie­dad real que se nos mues­tra (la go­ber­nada por la ma­lé­fica compu­tadora alpha-60, pero muy pa­re­cida en su forma ex­terna al Pa­rís de los años 60) a una ideal (la que en­carna Lemmy Cau­tion, un es­te­reo­tipo in­ten­cio­na­da­mente tosco de una so­cie­dad de fo­lle­tín, que es cu­rio­sa­mente la que el es­pec­ta­dor re­co­noce como propia).

El plan­tea­miento ra­di­cal de Alp­ha­vi­lle (y aquí no po­de­mos ol­vi­dar que a Go­dard le fal­ta­ban un par de años para abra­zar abier­ta­mente el maoísmo) se cen­tra en que Lemmy Cau­tion es un in­truso. Su com­por­ta­miento y su pro­pia per­sona es com­ple­ta­mente ajeno no solo a la reali­dad de Alp­ha­vi­lle, sino a la reali­dad na­rra­tiva de la pro­pia his­to­ria: «Una ex­traña aven­tura de Lemmy Cau­tion», se­gún reza el sub­tí­tulo de la pe­lí­cula. La pro­pia pre­sen­cia del de­tec­tive, como he­mos visto, es un cuerpo ex­traño en la na­rra­ción. Iró­ni­ca­mente, este za­fio per­so­naje (como el «mu­je­riego» agente Henry Di­ck­son, al que in­ter­preta Akim Ta­mi­roff) per­turba la paz de una so­cie­dad or­de­nada que basa su exis­ten­cia en el pro­greso de la cien­cia y la tec­no­lo­gía. Lemmy es un ca­rác­ter ri­dículo, que por el sim­ple he­cho de por­tar un len­guaje co­no­cido por el es­pec­ta­dor, des­truye una ci­vi­li­za­ción por la mera con­di­ción de ser di­fe­rente a la suya pro­pia. Como pre­mio, tam­bién tó­pico, se lleva con­sigo a la pro­ta­go­nista, a la sa­zón hija del dic­ta­dor, que aprende el sig­ni­fi­cado del amor de boca del detective.

Los per­so­na­jes de Alp­ha­vi­lle usan ges­tos con­tra­rios a los nues­tros para asen­tir y ne­gar. Sí es no, no es sí (pa­ra­fra­seando el «gue­rra es paz, li­ber­tad es es­cla­vi­tud, ig­no­ran­cia es fuerza» de 1984). Es una po­ten­tí­sima sim­bo­lo­gía que ex­presa la ra­di­cal di­fe­ren­cia en­tre los mo­dos de pen­sar del in­va­sor y el in­va­dido. Son el in­dio y el co­lono, la his­to­ria del ex­po­lio que el am­bi­cioso y el ilu­mi­nado prac­ti­can sis­te­má­ti­ca­mente. La falta de com­pren­sión del pró­jimo al que esta vez nues­tro pro­pio len­guaje nos im­pide acceder.


To­das las fo­tos de esta en­trada per­te­ne­cen a la pe­lí­cula Alp­ha­vi­lle: Une étrange ad­ven­ture de Lemmy Cau­tion (1965), de Jean-Luc Godard.

Y van tres

Hoy su hu­milde blog de cien­cia fic­ción, coin­ci­diendo como siem­pre con el óbito del maes­tro, cum­ple tres años. Si­guiendo con la tra­di­ción inau­gu­rada nada me­nos que el año pa­sado, les in­vito a leer otro cuento corto de Art­hur C. Clarke. A este le tengo un es­pe­cial ca­riño, por ra­zo­nes que no vie­nen al caso. Pues eso. Lean. Y así de paso voy ga­nando pun­tos para que la Sinde me cie­rre el blog.

Se­ño­res pe­rio­dis­tas, arre­glen su pro­fe­sión o per­de­rán su empleo

Úl­ti­ma­mente en la prensa, quiero creer que in­cons­cien­te­mente, se da a en­ten­der que las di­sen­sio­nes en­tre cien­tí­fi­cos en de­ter­mi­na­das cues­tio­nes (por po­ner un ejem­plo re­ciente, so­bre las bac­te­rias que pue­den vi­vir en amo­níaco) su­po­nen una merma de cre­di­bi­li­dad en el mé­todo o una grieta en el edi­fi­cio aca­dé­mico. La base de la cien­cia mo­derna es la fal­sa­bi­li­dad de sus teo­rías, y el de­bate cien­tí­fico, cons­tante y en oca­sio­nes vehe­mente, el ci­miento de su va­li­dez. El trato pe­rio­dís­tico que en oca­sio­nes —de­ma­sia­das— se da a las no­ti­cias so­bre cien­cia la equi­para a la po­lí­tica o, peor aún, al co­ra­zón, como si exis­tiera al­guna si­mi­li­tud en­tre ellas. No ol­vi­de­mos que el ob­je­tivo de la re­tó­rica es con­ven­cer y el de la fi­lo­so­fía lle­gar al co­no­ci­miento. Pues eso. En­con­trar una bac­te­ria no es lo mismo que en­con­trar un no­vio, mis que­ri­dos cha­far­de­ros. Aplí­quense en apren­der a es­cri­bir sin fal­tas de or­to­gra­fía y en no dar opi­nio­nes so­bre cien­cia. (Y so­bre tan­tas otras co­sas im­por­tan­tes que a buen se­guro des­co­no­cen). Ah, y de­jen de una santa vez de lla­mar La má­quina de Dios al LHC.

Neo­blas­fe­mias (I)

El es­cep­ti­cismo or­to­doxo, como to­dos los fun­da­men­ta­lis­mos, nos des­poja de la fan­ta­sía y por tanto de la ca­pa­ci­dad de ma­ne­jar im­po­si­bles. Sin esa ca­pa­ci­dad arrin­co­na­mos la ha­bi­li­dad para tra­ba­jar fuera de la caja y nos con­ver­ti­mos hoy en los con­ser­va­do­res de ma­ñana. En nue­vos di­no­sau­rios, que se ex­tin­gui­rán tal como se ex­tin­guie­ron. Y no me ma­lin­ter­pre­ten; esto no tiene nada que ver con la po­wer balance.

Ex­trac­tos mí­ni­mos (IX)

Bos­ton, 2660. Cien­tí­fi­cos del MIT pu­bli­can en En­ter­tain­ment Wee­kly el des­cu­bri­miento del si­glo: el homo sa­piens es un ani­mal com­ple­ta­mente irra­cio­nal cuya con­cien­cia es un or­ga­nismo pa­rá­sito. Des­gra­cia­da­mente, es im­po­si­ble co­no­cer la pro­ce­den­cia y las in­ten­cio­nes del ente, ya que solo es real­mente cons­ciente de sí mien­tras pasa de un cuerpo a otro tras la muerte del hués­ped. Los de­fen­so­res de la re­en­car­na­ción, en­ton­ces, co­mien­zan una en­car­ni­zada gue­rra mun­dial con­tra los par­ti­da­rios del alma, que cul­mina en la desa­pa­ri­ción de la es­pe­cie hu­mana y la pa­ra­si­ta­ción de los hon­gos que, den­tro de lo que cabe, son más nu­me­ro­sos y pacíficos.

Mi­rar ha­cia ade­lante (manifiesto)

Di­ga­mos que como buen amante de la cien­cia fic­ción, lo único que me im­porta es lo que se me ave­cina. Sé que para mi sa­lud men­tal es im­por­tante mi­rar ha­cia ade­lante, sin re­go­dearme en mis fa­llos o arre­pen­tirme de mis ac­tos pasados.

Por ello, y sin acri­tud, me im­porta un bledo la His­to­ria, y mu­cho más cuando está más que visto que no nos ayuda en ab­so­luto a co­rre­gir nues­tros erro­res, ni nos hace ca­pa­ces de apren­der de ellos. El uso —siem­pre, no nos en­ga­ñe­mos— tor­ti­cero de esa His­to­ria, la tra­di­ción y la cos­tum­bre, lo único que con­si­gue es con­ta­mi­nar nues­tra per­cep­ción del mundo y em­pon­zo­ñar la re­la­ción con nues­tro pró­jimo, ha­cer enemi­gos donde no los hay y lle­nar nues­tra vida de fan­tas­mas y de muertos.

Mien­tras no po­da­mos cam­biarlo, el pa­sado no existe. A la mierda lo que sólo sirve para amordazarnos.

Por qué me gusta la cien­cia (II)

Y no soy un cien­tí­fico, al me­nos al uso. Y el in­sulto a la in­te­li­gen­cia me en­fu­rece. Me explico.

Mi ac­ti­vi­dad como lec­tor de blogs y de me­dios tra­di­cio­na­les (en in­ter­net) es di­la­tada. No tengo pre­fe­ren­cia por la orien­ta­ción ideo­ló­gica de las per­so­nas que es­cri­ben siem­pre que no in­ten­ten en­ga­ñarme ni –como dije an­tes– in­sul­tar a mi inteligencia.

No suelo co­men­tar en bi­tá­co­ras (mu­cho me­nos en las de los pe­rió­di­cos) y si al­guna vez lo he he­cho, ha sido para co­rre­gir al­guna inexac­ti­tud o para ex­pre­sar mi ra­zo­nada opi­nión con­tra­ria a al­gún ar­gu­mento con el que dis­crepo pro­fun­da­mente. Nada ex­traño, a mi modo de ver.

Pues bien, aun­que pa­rezca una pe­ro­gru­llada, sólo en­cuen­tro ac­ti­tu­des po­si­ti­vas en blogs cien­tí­fi­cos o de­di­ca­dos a la di­vul­ga­ción de la cien­cia. Sólo en ellos he ha­llado per­so­nas ca­pa­ces de dis­cu­tir con ama­bi­li­dad pun­tos de vista con­tra­rios a los pro­pios, con es­pí­ritu cons­truc­tivo. Nunca con con­des­cen­den­cia ni con su­fi­cien­cia. Son si­tios donde el lec­tor se siente có­modo par­ti­ci­pando, donde las du­das que se plan­tean se dis­cu­ten sin pre­jui­cios y donde se co­la­bora en el plan­tea­miento y la re­so­lu­ción de cues­tio­nes que preo­cu­pan al pú­blico que vi­sita el sitio.

Por des­gra­cia, no en to­dos los blogs se pro­cede del mismo modo. La­men­ta­ble­mente. El con­tra­punto lo dan los blogs ideo­ló­gi­ca­mente orien­ta­dos. Sue­len ser si­tios donde los lec­to­res y el/los autor/es se de­di­can a do­rarse las res­pec­ti­vas píl­do­ras hasta la náu­sea, ca­li­fi­cando de troll (como poco) a todo aquél que ama­ble­mente dis­crepa de sus pon­ti­fi­ca­les te­sis, no tie­nen su mismo sen­tido del hu­mor u osan co­rre­gir una inexac­ti­tud evi­dente en al­guno de sus es­cri­tos (no me pre­gun­ten por qué los leo; quizá al­guna vez pu­bli­ca­ron algo que me pa­re­ció in­tere­sante y no los he bo­rrado del lec­tor de feeds, qué se yo).

Así, es ab­so­lu­ta­mente im­po­si­ble man­te­ner una con­ver­sa­ción me­dia­na­mente in­te­li­gente so­bre el aborto o los to­ros en una bi­tá­cora de orien­ta­ción pro­gre­sista o so­bre el ma­tri­mo­nio ho­mo­se­xual o el cam­bio cli­má­tico en uno con­ser­va­dor. Es como in­ten­tar dis­cu­tir so­bre la Teo­ría de la Evo­lu­ción en un foro de cris­tia­nos evan­gé­li­cos. Al me­nos ellos van a las cla­ras y no pre­su­men de intelectuales.

Tanto la re­li­gión como el ateísmo son cues­tio­nes de fe. Y la cien­cia, le­jos de ne­gar una o afir­mar la otra, lo único que hace es pres­cin­dir de ellas para avanzar.