ciencia ficción

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La cien­cia fic­ción dis­tó­pica, de la que 1984 es referente, amplifica los mie­dos bá­si­cos de la so­cie­dad pro­yec­tán­do­los en el futuro. Uno de los prin­ci­pa­les pro­ta­go­nis­tas de es­tas his­to­rias es un sis­tema opre­sor que hos­tiga y aliena al ser hu­mano de di­fe­ren­tes ma­ne­ras y con di­fe­ren­tes jus­ti­fi­ca­cio­nes, en la ma­yo­ría de ca­sos apun­tando a la li­ber­tad de pen­sa­miento como el blanco prin­ci­pal de la re­pre­sión. Po­de­mos re­cor­dar obras como Fah­ren­heit 451, Soy­lent Green, Hi­jos de los Hom­bres, Equi­li­brium, V de Ven­detta, La Na­ranja Me­cá­nica y tan­tas otras, li­te­ra­rias y ci­ne­ma­to­grá­fi­cas, que mues­tran un fu­turo esen­cial­mente ba­sado en la represión.

Cuando George Or­well pu­blicó 1984 en 1949, ha­cía poco que ha­bían ce­rrado los cam­pos de con­cen­tra­ción, y to­da­vía que­daba vivo el re­cuerdo del pá­nico, apun­tando di­rec­ta­mente a las pur­gas del es­ta­li­nismo como la re­edi­ción de la so­cie­dad vi­gi­lada por el es­tado, donde la di­si­den­cia, in­cluso la íntima, era te­rri­ble­mente cas­ti­gada. Fi­gu­ras clave de la cul­tura y el arte como el com­po­si­tor Dmi­tri Shos­ta­ko­vich o Ser­guei Ei­sens­tein ha­bían caído en des­gra­cia en la URSS de la pos­gue­rra, por com­por­ta­mien­tos tan re­pro­ba­bles como el for­ma­lismo.

Nú­me­ros y letras

Es im­por­tante, para ilus­trar la re­fle­xión que ha­re­mos más ade­lante, com­pren­der el sig­ni­fi­cado del nú­mero, de la iden­ti­fi­ca­ción per­so­nal, en este con­texto. Un es­tigma real y do­lo­roso de los ju­díos su­per­vi­vien­tes de los cam­pos de con­cen­tra­ción na­zis era el nú­mero que lle­va­ban ta­tuado en el pe­cho o en el brazo, que se ocul­taba por cons­ti­tuir un re­cuerdo im­bo­rra­ble –aquí fí­si­ca­mente– de los ho­rro­res su­fri­dos du­rante una cau­ti­vi­dad llena de muerte y su­fri­miento. El nú­mero sig­ni­fi­caba la per­te­nen­cia a una de las épo­cas más trá­gi­cas de la his­to­ria de la humanidad.

La dis­to­pía pro­por­ciona a la li­te­ra­tura y el cine un nuevo campo de con­cen­tra­ción: la neo­len­gua de Or­well, una es­pe­cie de pro­gra­ma­ción lin­güís­tica, en­ca­mi­nada a re­tor­cer la vo­lun­tad y la con­cien­cia, a im­pe­dir el pen­sa­miento por falta de sig­ni­fi­cado y re­ela­bo­ra­ción de de­fi­ni­cio­nes. Para con­se­guir una nueva dic­ta­dura ba­sada en la au­sen­cia, la per­ver­sión y la co­rrup­ción de los con­cep­tos, ba­sada en la alie­na­ción del in­di­vi­duo en aras de su per­te­nen­cia a una so­cie­dad or­de­nada y pa­cí­fica, y la con­si­guiente con­for­mi­dad con el he­cho alie­nante co­lec­tivo para con­se­guir la tran­qui­li­dad, la paz y la pros­pe­ri­dad ma­te­rial, la neo­len­gua cons­ti­tuye una parte fun­da­men­tal del pro­ceso. Se trata de con­se­guir una dic­ta­dura soft, donde la vio­len­cia so­bre el di­si­dente, pese a ejer­cerse bru­tal­mente y sin con­tem­pla­cio­nes, lo haga si­gi­lo­sa­mente y con no de­ma­siada frecuencia.

Como he­mos di­cho an­tes, el ca­tá­logo de dis­to­pías es am­plio, desde Un Mundo Fe­liz a Bra­zil. Pero hoy quiero in­sis­tir en una pe­queña ob­se­sión ci­ne­ma­to­grá­fica. Quiero pre­sen­tar una so­cie­dad en la que un ta­tuaje con el nú­mero de pri­sio­nero se con­vierte en algo chic. Me gus­ta­ría ha­blar de Jean-Luc Go­dard y de una de mis pe­lí­cu­las fe­ti­che, Alp­ha­vi­lle. Alp­ha­vi­lle en­ten­dida como pa­ro­dia o como res­puesta a 1984.

(Dis)Tópicos

Lemmy Cau­tion es un per­so­naje li­te­ra­rio, un clá­sico de­tec­tive pri­vado de no­vela ne­gra creado por el es­cri­tor bri­tá­nico Pe­ter Chey­ney en 1936. Apareció en diez no­ve­las hasta 1945, que se hi­cie­ron muy po­pu­la­res en la Fran­cia de la pos­gue­rra. Gra­cias a ello, sus an­dan­zas se lle­va­ron al cine en una se­rie de pe­lí­cu­las que abar­can de 1953 a 1963. La oc­tava y última –y ex­traña– apa­ri­ción del de­tec­tive se pro­dujo en 1965, de la mano de Jean-Luc Go­dard, en una pe­lí­cula am­bien­tada en el futuro.

Alp­ha­vi­lle viene a sub­ver­tir el con­senso bá­sico so­bre la li­ber­tad, usando con­cep­tos (por su­puesto, tan su­bli­mi­na­les como toda la pe­lí­cula en sí) como el de la no in­ter­ven­ción, que re­uti­li­zará Star Trek a par­tir de 1968 (en el epi­so­dio «Bread and Cir­cu­ses») y en ade­lante con la «pri­mera directiva».

Siem­pre te­ne­mos en mente la con­cien­cia de la opre­sión: cuando en la li­te­ra­tura y el cine dis­tó­pi­cos ha­bla­mos so­bre las dic­ta­du­ras, de la falta de li­ber­tad o de la re­pre­sión con­si­de­ra­mos un he­cho que nues­tros pro­ta­go­nis­tas son ple­na­mente cons­cien­tes de su sta­tus de oprimidos.

La na­rra­tiva ci­ne­ma­to­grá­fica, y en ca­sos la literaria, hacen que –al me­nos el es­pec­ta­dor– sepa desde el pri­mer mo­mento que existe una si­tua­ción de au­sen­cia de de­re­chos por parte de los pro­ta­go­nis­tas de la his­to­ria. (Des­pués ellos lo ad­ver­ti­rán). El «ma­ni­queísmo na­rra­tivo» que lle­van a cabo tanto los re­la­tos como las adap­ta­cio­nes al cine –se ins­taura como si­tua­ción de he­cho una vul­ne­ra­ción de la li­ber­tad y los de­re­chos de los pro­ta­go­nis­tas, sin nin­gún ma­tiz– de­ter­mina la his­to­ria desde su co­mienzo, des­po­ján­dole de toda com­ple­ji­dad, pos­tu­lando que existe una so­cie­dad ma­lé­fica de la que hay que des­ha­cerse, sin que im­porte si el pro­ta­go­nista lo con­si­gue o no; sim­ple­mente la his­to­ria tiene un fi­nal fe­liz o te­rri­ble, de­pen­diendo de la in­ten­ción de cada narrador.

Fic­ción y reali­dad, y viceversa

Alp­ha­vi­lle nos mues­tra, en­tre iro­nía y desa­so­siego, una vi­sión di­fe­rente de la so­cie­dad y su com­por­ta­miento. Des­cribe una so­cie­dad ope­ra­tiva (como en la reali­dad ocu­rre en mu­chos re­gí­me­nes au­to­ri­ta­rios), donde la or­to­do­xia im­pe­rante pro­duce, me­diante el alec­cio­na­miento, la re­pre­sión y la vio­len­cia, pro­greso téc­nico y paz so­cial, mien­tras la di­si­den­cia es re­le­gada a gue­tos in­fec­tos: el re­sul­tado es que el opo­si­tor es re­tra­tado como una fi­gura ri­dí­cula (la se­cuen­cia de los fu­si­la­dos en la pis­cina es un claro ejem­plo) de la que se hace es­pec­táculo, o mue­ren de forma mi­se­ra­ble, como per­so­na­jes sen­ci­lla­mente mar­gi­na­dos. Mien­tras tanto, el nú­mero del campo de con­cen­tra­ción (el ID, el NIF, el nú­mero en el sen­tido más alie­nante del tér­mino) se mues­tra con or­gu­llo, el or­gu­llo del que per­te­nece al grupo in­to­ca­ble de los que obe­de­cen al sis­tema, es­ta­ble­ciendo una re­la­ción es­tre­me­ce­dora en­tre los pri­sio­ne­ros del ho­lo­causto y los de la so­cie­dad mo­derna, po­niendo en juego una es­pe­cie de an­ti­ci­pa­ción que vista con los ojos de hoy nos po­nen los pe­los de punta.

Alp­ha­vi­lle hasta aquí mues­tra de forma di­fe­rente, o se apro­xima de otro modo, a los aná­li­sis tra­di­cio­na­les de las so­cie­da­des dic­ta­to­ria­les «dis­tó­pi­cas». Sim­ple­mente en­frenta la so­cie­dad real que se nos mues­tra (la go­ber­nada por la ma­lé­fica compu­tadora alpha-60, pero muy pa­re­cida en su forma ex­terna al Pa­rís de los años 60) a una ideal (la que en­carna Lemmy Cau­tion, un es­te­reo­tipo in­ten­cio­na­da­mente tosco de una so­cie­dad de fo­lle­tín, que es cu­rio­sa­mente la que el es­pec­ta­dor re­co­noce como propia).

El plan­tea­miento ra­di­cal de Alp­ha­vi­lle (y aquí no po­de­mos ol­vi­dar que a Go­dard le fal­ta­ban un par de años para abra­zar abier­ta­mente el maoísmo) se cen­tra en que Lemmy Cau­tion es un in­truso. Su com­por­ta­miento y su pro­pia per­sona es com­ple­ta­mente ajeno no solo a la reali­dad de Alp­ha­vi­lle, sino a la reali­dad na­rra­tiva de la pro­pia his­to­ria: «Una ex­traña aven­tura de Lemmy Cau­tion», se­gún reza el sub­tí­tulo de la pe­lí­cula. La pro­pia pre­sen­cia del de­tec­tive, como he­mos visto, es un cuerpo ex­traño en la na­rra­ción. Irónicamente, este za­fio per­so­naje (como el «mu­je­riego» agente Henry Di­ck­son, al que in­ter­preta Akim Ta­mi­roff) per­turba la paz de una so­cie­dad or­de­nada que basa su exis­ten­cia en el pro­greso de la cien­cia y la tec­no­lo­gía. Lemmy es un ca­rác­ter ri­dículo, que por el sim­ple he­cho de por­tar un len­guaje co­no­cido por el es­pec­ta­dor, des­truye una ci­vi­li­za­ción por la mera con­di­ción de ser di­fe­rente a la suya pro­pia. Como pre­mio, tam­bién tópico, se lleva con­sigo a la pro­ta­go­nista, a la sa­zón hija del dic­ta­dor, que aprende el sig­ni­fi­cado del amor de boca del detective.

Los per­so­na­jes de Alp­ha­vi­lle usan ges­tos con­tra­rios a los nues­tros para asen­tir y ne­gar. Sí es no, no es sí (pa­ra­fra­seando el «gue­rra es paz, li­ber­tad es es­cla­vi­tud, ig­no­ran­cia es fuerza» de 1984). Es una po­ten­tí­sima sim­bo­lo­gía que ex­presa la ra­di­cal di­fe­ren­cia en­tre los mo­dos de pen­sar del in­va­sor y el in­va­dido. Son el in­dio y el co­lono, la his­to­ria del ex­po­lio que el am­bi­cioso y el ilu­mi­nado prac­ti­can sis­te­má­ti­ca­mente. La falta de com­pren­sión del pró­jimo al que esta vez nues­tro pro­pio len­guaje nos im­pide acceder.


To­das las fo­tos de esta en­trada per­te­ne­cen a la pe­lí­cula Alp­ha­vi­lle: Une étrange ad­ven­ture de Lemmy Cau­tion (1965), de Jean-Luc Godard.

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He pu­bli­cado mi pri­mer ar­tículo en una re­vista de in­ves­ti­ga­ción. Si les gusta la ar­qui­tec­tura, o la cien­cia fic­ción, o am­bas, lo pue­den leer aquí.

Se acep­tan opiniones.

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Bos­ton, 2660. Cien­tí­fi­cos del MIT pu­bli­can en En­ter­tain­ment Wee­kly el des­cu­bri­miento del si­glo: el homo sa­piens es un ani­mal com­ple­ta­mente irra­cio­nal cuya con­cien­cia es un or­ga­nismo pa­rá­sito. Des­gra­cia­da­mente, es im­po­si­ble co­no­cer la pro­ce­den­cia y las in­ten­cio­nes del ente, ya que solo es real­mente cons­ciente de sí mien­tras pasa de un cuerpo a otro tras la muerte del hués­ped. Los de­fen­so­res de la re­en­car­na­ción, en­ton­ces, co­mien­zan una en­car­ni­zada gue­rra mun­dial con­tra los par­ti­da­rios del alma, que cul­mina en la desa­pa­ri­ción de la es­pe­cie hu­mana y la pa­ra­si­ta­ción de los hon­gos que, den­tro de lo que cabe, son más nu­me­ro­sos y pacíficos.

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Pa­garé con gusto un viaje en el tiempo —en el pre­ciso mo­mento en el que la má­quina esté dis­po­ni­ble— a to­dos esos nos­tál­gi­cos de épo­cas pa­sa­das que por su­puesto no han vi­vido. Con una sola con­di­ción: no traer­los de vuelta hasta que po­da­mos oír sus sú­pli­cas y sus la­men­tos desde allá donde se encuentren.

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Di­ga­mos que como buen amante de la cien­cia fic­ción, lo único que me im­porta es lo que se me ave­cina. Sé que para mi sa­lud men­tal es im­por­tante mi­rar ha­cia ade­lante, sin re­go­dearme en mis fa­llos o arre­pen­tirme de mis ac­tos pasados.

Por ello, y sin acri­tud, me im­porta un bledo la His­to­ria, y mu­cho más cuando está más que visto que no nos ayuda en ab­so­luto a co­rre­gir nues­tros errores, ni nos hace ca­pa­ces de apren­der de ellos. El uso — siem­pre, no nos en­ga­ñe­mos— tor­ti­cero de esa His­to­ria, la tra­di­ción y la costumbre, lo único que con­si­gue es con­ta­mi­nar nues­tra per­cep­ción del mundo y em­pon­zo­ñar la re­la­ción con nues­tro pró­jimo, ha­cer enemi­gos donde no los hay y lle­nar nues­tra vida de fan­tas­mas y de muertos.

Mien­tras no po­da­mos cam­biarlo, el pa­sado no existe. A la mierda lo que sólo sirve para amordazarnos.

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En este mundo de la cien­cia fic­ción, no eres nada si no co­no­ces al Doc­tor. La nueva tem­po­rada ha empezado.

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El año pa­sado se me ol­vidó. Éste no. Los die­ci­ocho de marzo se cum­plen años del na­ci­miento de este cua­derno y des­gra­cia­da­mente, de la muerte de Art­hur C. Clarke. Como ya conté, tuve el triste ho­nor de inau­gu­rarlo con el obi­tua­rio del maes­tro, con lo que siem­pre ha­brá una buena ex­cusa para ese re­cuerdo. En un día como hoy, no es mala lec­tura El Cen­ti­nela, que fue el ger­men de 2001. Aquí tie­nen el en­lace. Disfruten.

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Un día mon­to­nes de círcu­los ne­gros po­bla­ron los cie­los de todo el mundo. Se ha­bían ido. Fue en­ton­ces cuando des­cu­bri­mos que real­mente no sa­bía­mos ha­cer nada, y vol­vió la Era de las Tinieblas.

A Dou­glas Adams

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Pues ya llegó. Hoy esta hu­milde bi­tá­cora co­mienza, como las re­vis­tas antiguas, su Año 3 –que no su ter­cer año– ya que cum­plirá dos el pró­ximo marzo. Ha­gan us­te­des las cuen­tas, y ve­rán de cuán­tas ma­ne­ras se puede me­dir el tiempo.

En es­tos días en que com­ple­ta­mos una órbita más al­re­de­dor del Sol, a to­dos nos aprie­tan los re­sú­me­nes por de­trás y los pro­pó­si­tos por de­lante. Una suerte de sand­wich vi­tal, del que in­ten­ta­mos sa­lir en el mismo día. Re­co­pi­la­to­rios y anun­cios de nue­vos pro­gra­mas en la tele. Lan­za­miento de nue­vos pro­duc­tos en cuanto pa­sen los Re­yes Su­fi­cien­te­mente Avan­za­dos Tec­no­ló­gi­ca­mente. Nue­vos re­tos, nue­vas ideas, nue­vos áni­mos, vie­jas intenciones.

Ha sido un año en el que he es­ta­bi­li­zado mi cua­derno, y será el año en el que deje de de­cir blog. He de­ci­dido usar me­jor mi idioma. Bi­tá­cora, como la del na­ve­gante. Fri­qui en vez de geek, (por­que ade­más tiene mala tra­duc­ción), en­trada o ar­tículo en lu­gar de post.

Y voy a ha­blar­les a to­dos de us­ted, por­que se lo merecen.

Este es un cua­derno orien­tado ha­cia la cien­cia fic­ción y el fu­turo, pero es un cua­derno per­so­nal. Al me­nos se ha con­ver­tido en eso; y por eso a ve­ces la te­má­tica ha sido sólo una ex­cusa para ha­blar de otras co­sas. He in­ten­tado po­ten­ciar la se­rie de Ex­trac­tos Mí­ni­mos, y quiero se­guir ha­cién­dolo en el año que en­tra. He des­po­tri­cado de lo que me ha ve­nido en gana, y el año nuevo lo haré otra vez, las ve­ces que haga falta. Es­cribo poco, pero lo hago cuando me ape­tece. Hay co­sas que cam­biaré y otras que no. Ya veremos.

Este ha sido el año de la cri­sis, y del 40 aniver­sa­rio de la lle­gada a la luna. Del fi­nal de Battles­tar Ga­lac­tica y del reini­cio de Star Trek. Este ha sido el año de Tor­ch­wood y del des­cu­bri­miento de agua en nues­tro sa­té­lite. El año en que la te­le­vi­sión en Es­paña vuelve a ol­vi­darse de nues­tro gé­nero. El año en el que unos in­de­sea­bles han in­ten­tado vio­lar nues­tros de­re­chos fun­da­men­ta­les en una ley so­bre eco­no­mía. El año de la des­pe­dida del Dé­cimo Doc­tor.

Ya sólo me queda desear­les que el año que en­tra les traiga sa­lud. Can­ti­da­des in­dus­tria­les de sa­lud, a to­dos. Y de modo ac­ce­so­rio, que se re­vi­ta­lice la pre­sen­cia del hom­bre en el es­pa­cio, con ca­pi­tal pú­blico o privado, porque sigo pen­sando que será lo que nos salve de no­so­tros mismos.

Un abrazo.

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The Plan

The Plan es una pe­lí­cula ex­traña. He leído bas­tan­tes crí­ti­cas y eso, son bas­tante crí­ti­cas. Pres­cin­di­ble, va­cía, de­cep­cio­nante. Etcétera.

Creo que mu­chos fans de la se­rie es­pe­ra­ban El Plan. El plan con ma­yús­cu­las. La pri­mera gue­rra Cy­lon. Cómo lle­ga­ron los cinco pri­me­ros, cómo con­tac­ta­ron con los cen­tu­rio­nes, cómo se ges­ta­ron los mo­de­los hu­ma­noi­des. Por qué el ata­que a las colonias.

No ol­vi­de­mos que el guión está es­crito por Jane Es­pen­son, alma ma­ter y ex–sho­wrun­ner de Ca­prica, cuyo pi­loto, mag­ní­fica obra de la me­jor cien­cia fic­ción ac­tual, vol­vía a ser, como en los me­jo­res mo­men­tos de BSG, una fi­ní­sima mez­cla de per­so­na­jes y cir­cuns­tan­cias, de hu­ma­nas y com­ple­jas situaciones.

Eso es The Plan. El por­qué del cam­bio de com­por­ta­miento de los cy­lon. La evo­lu­ción per­so­nal de los nue­vos mo­de­los, desde la ab­so­luta psi­co­pa­tía del Ca­vil de Ga­lac­tica a la to­tal trans­for­ma­ción de Si­mon, pa­sando por el cal­va­rio de Boo­mer al des­cu­brir su ver­da­dera con­di­ción. La hu­ma­ni­za­ción de casi au­tén­ti­cos humanos.

En­ton­ces, ¿qué es lo que no funciona?.

Efec­ti­va­mente, The Plan es una pe­lí­cula pres­cin­di­ble den­tro de la his­to­ria, en el sen­tido de que no aporta nin­guna in­for­ma­ción que des­vele nue­vas cla­ves. Tam­poco lo ha­cía Ra­zor, y real­mente era una pe­lí­cula so­ber­bia. El pro­blema es de am­bi­ción. Creo que The Plan es una mi­ni­se­rie frus­trada. Ha­bría sido fan­tás­tico ce­rrar el círculo con una mi­ni­se­rie como la pri­mera. Un acer­ca­miento de­ta­llado a los per­so­na­jes, ha­ber pro­fun­di­zado más en al­guno de los ca­rac­te­res, y ló­gi­ca­mente ha­ber re­tro­ce­dido en el tiempo hasta la lle­gada de los cinco primeros.

Pero no me ha dis­gus­tado en ab­so­luto. Pese a al­gu­nas es­ce­nas su­per­fluas y una di­rec­ción un poco plana. Y el abuso del ar­chive foo­tage. Pero es­pe­raba mu­cho me­nos. Me quedo con la idea.

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A mí del có­mic el que me gusta es Moe­bius, que es un ca­chondo. Lo último que me leí de Frank Mi­ller fue hace casi veinte años –Bat­man año uno, creo – , y por su­puesto no ha­bía ca­tado ni me­dia de la magna obra de Moore y Gib­bons. Y el otro día me la al­quilé. La pe­lí­cula del año, tras El Ca­ba­llero Os­curo, decían.

Lle­ga­dos a este punto, debo acla­rar que yo veo, oigo y leo cien­cia fic­ción y su­per­hé­roes por­que soy un mi­li­tante, está en mi ADN. Es de­cir, leía los vo­lú­me­nes ca­pa­dos de la Mar­vel de Edi­cio­nes Vér­tice, me sa­lió el ve­llo pú­bico mien­tras veía El Im­pe­rio Con­tra­ataca y me en­ce­rraba en el baño con Ghita de Ali­zarr. Esto lo digo por­que el he­cho de que me tra­gue to­das las fri­ca­das que lle­gan a mis ma­nos, no quiere de­cir que no dis­tinga la ca­li­dad de lo que veo o leo. (Por cierto, he de­jado de ver Plu­tón).

A lo que iba. Que dejé de leer có­mics. Eran muy ca­ros, ade­más. Ne­ce­si­taba el di­nero para cubatas.

Leer lo que un per­so­naje piensa en cada vi­ñeta de cada pá­gina es un co­ñazo. Eso sin con­tar que los enor­mes bo­ca­di­llos de texto de­jan poco si­tio para los di­bu­jos. Por eso no he ido a ver el Spi­rit de Frank Mi­ller. Eso es un sa­cri­le­gio. Los que amen pro­fun­da­mente a Will Eis­ner como yo me entenderán.

Todo esto es para de­cir­les que Wat­ch­men me pa­rece una pe­lí­cula pre­ten­ciosa, gran­di­lo­cuente y va­cía. Y a ve­ces, ri­dí­cula. Con su clí­max cuando un su­per­hé­roe eya­cu­la­dor pre­coz re­cu­pera su mojo al cal­zarse de nuevo el traje de Búho Noc­turno. Enorme, va­mos. Y el po­bre del Doc­tor Man­hat­tan que le deja la novia.

¡Anda ya!

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Am­bien­tes

Esta ma­ñana llevé a mi hija al co­le­gio; ha­bía llo­vido y el suelo es­taba en­char­cado. Ade­más, un poco de nie­bla ha­cía el aire es­pe­cial­mente hú­medo, como el que se res­pira en la du­cha. Los ni­ños subie­ron a clase tras el tim­bre sin prisa pero or­de­na­da­mente, y en un par de mi­nu­tos el pa­tio del co­le­gio se quedó de­sierto, de­jando solo el feo edi­fi­cio en una ma­ñana bru­mosa llena de si­len­cio. Y gris.

El si­len­cio y la nie­bla me re­cor­da­ron Battles­tar Ga­lac­tica, y la te­rri­ble y con­ti­nua sen­sa­ción de so­le­dad que con­si­gue trans­mi­tir en cada mi­nuto, que como esa nie­bla de fondo te chi­lla a cada mo­mento que no hay es­pe­ranza, que sólo unos po­cos va­gan sin rumbo y ha­cia nin­gún si­tio des­pués de casi ser ex­ter­mi­na­dos. Des­pués me fui a tra­ba­jar y al rato sa­lió el sol.

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Cues­tio­nar los es­crú­pu­los de los po­lí­ti­cos —de cual­quier signo, aclaro— en los tiem­pos que co­rren es una ta­rea ar­dua. Y no por­que no den mues­tra de su falta de ma­nera co­ti­diana, sino por­que se es­can­da­li­zan y se ras­gan las ves­ti­du­ras, los muy cí­ni­cos, pre­ten­diendo que son sólo unos po­cos los que ac­túan de forma in­tere­sada, y que la in­mensa ma­yo­ría de ellos son unos ben­di­tos ser­vi­do­res de la so­cie­dad, que de­rro­chan su vida y su tra­bajo como her­ma­ni­tas de la ca­ri­dad, en pos de la so­cie­dad y de los ciu­da­da­nos, a riesgo de su sa­lud y su familia.

Y una mierda, hombre.

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En­cima los me­dios de co­mu­ni­ca­ción se en­car­gan de ma­cha­car el men­saje. La clase po­lí­tica es buena, sólo hay al­gu­nos co­rrup­tos, sólo unos po­cos son ma­los, el resto es gente de bien que se preo­cupa por nosotros.

Como siem­pre, la Cien­cia Fic­ción —con ma­yús­cu­las— se ocupa de ob­viar esa co­rrec­ción po­lí­tica, de de­cir las ver­da­des con otras pa­la­bras, de tra­du­cir una reali­dad tra­ves­tida al len­guaje de la trá­gica y de­ni­grante ver­dad. Desde que Star Trek em­pe­zara a de­nun­ciar el ra­cismo, la gue­rra de Viet­nam, el ma­chismo o la ho­mo­fo­bia es­cu­dán­dose en guio­nes de na­ves espaciales, esa Cien­cia Fic­ción ha pa­sado de abor­dar el tema del te­rro­rismo, con toda su cru­deza, en Battles­tar Ga­lac­tica, a de­nun­ciar la ab­yec­ción de la po­lí­tica y la po­dre­dum­bre del es­tado en Tor­ch­wood: Chil­dren of Earth, la ter­cera tem­po­rada de la se­rie, que se ha emi­tido en for­mato mi­ni­se­rie (cinco ca­pí­tu­los) en el Reino Unido en Ju­lio de este año.

No quiero ha­cer una si­nop­sis de la tem­po­rada ni avan­zar spoi­lers. El ob­je­tivo de esta en­trada es que la veáis. El éxito co­se­chado tanto en el Reino Unido como en Los EE UU no es ca­sual; el guión es sor­pren­dente, ate­rra­dor, elec­tri­zante. Los per­so­na­jes es­tán cons­trui­dos con cru­deza y rea­lismo, es­pe­cial­mente los de John Fro­bis­her (Pe­ter Ca­paldi) y Alice Car­ter (Lucy Cohu). Los po­cos fa­llos, y los ex­ce­sos, que los hay, se per­do­nan con ale­gría, por­que asis­ti­mos a un es­pec­táculo que está sin duda en­tre los me­jo­res del año en la televisión.

Ni que de­cir tiene que ni está pro­gra­mada en Es­paña ni tiene vi­sos de es­tarlo. Se­gui­mos en las mis­mas. Y como véis, he reanu­dado el blog lleno de op­ti­mismo y ale­gría. Bueno, así es mi terapia.

Como siem­pre, para en­ten­der el tí­tulo hay que ver la se­rie. Ese sí es un spoiler.

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Ni si­quiera los que han es­tu­diado el ca­len­da­rio maya ése se po­nen de acuerdo so­bre cuándo ter­mina o deja de ter­mi­nar y en qué año. Y es­tre­nan una pe­lí­cula y ya hay gente que está aco­jo­nada por­que en 2012 se acaba el mundo. Y otros que le­van­tan una ceja mien­tras ha­blan de Nos­tra­da­mus y de los ma­yas y de sus castas.

Dos mil do­ce­nas de gilipollas.

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«No con­sigo acos­tum­brarme a es­tas resurrecciones»

—Snaut (Jüri Jär­vet)
So­la­ris (An­drei Tar­kovski, 1972)—#10


«Está muerto, Jim»

—Leo­nard Mc­Coy (De­Fo­rest Ke­lley)
Star Trek (1966)—#9


«No se ofus­que con este te­rror tec­no­ló­gico que ha cons­truido. La po­si­bi­li­dad de des­truir un pla­neta es algo in­sig­ni­fi­cante com­pa­rado con el po­der de la Fuerza»

—Darth Va­der (Ja­mes Earl Jo­nes) a Moff Tar­kin (Pe­ter Cus­hing)
La gue­rra de las ga­la­xias (George Lu­cas, 1977)—#8


«Dave, esta con­ver­sa­ción ya no tiene nin­gún sen­tido. Adiós»

—HAL 9000
2001: Una odi­sea del es­pa­cio (Stan­ley Ku­brick, 1968)—#7


«Yo he visto co­sas que vo­so­tros no cree­ríais: Ata­car na­ves en lla­mas más allá de Orión. He visto ra­yos C bri­llar en la os­cu­ri­dad cerca de la Puerta de Tann­häu­ser. To­dos esos mo­men­tos se per­de­rán en el tiempo como lá­gri­mas en la llu­via. Es hora de morir»

—Roy Batty (Rut­ger Hauer)
Blade Run­ner (Rid­ley Scott, 1982)—#6


«[…] de­be­mos que­dar­nos aquí, y por una ra­zón muy sim­ple; pre­gunte a diez cien­tí­fi­cos di­fe­ren­tes so­bre me­dio am­biente, con­trol de la po­bla­ción o ge­né­tica y ob­ten­drá 10 res­pues­tas dis­tin­tas, pero hay algo en lo que to­dos los cien­tí­fi­cos del pla­neta coin­ci­den. Ya sea den­tro de cien, mil o un mi­llón de años, con el tiempo el sol de en­friará y se apa­gará, y cuando eso ocu­rra no solo será nues­tro fin, sino el de Ma­rilyn Mon­roe, Lao-Tzu, Eins­tein, Nel­son Man­dela, Buddy Ho­lly, Aris­tó­fa­nes; y todo esto, todo esto ha­brá sido inú­til si no lle­ga­mos a las estrellas»

—Jef­frey Sin­clair (Mi­chael O’Hare)
Baby­lon 5 (1994)—#5


«¿Sabe lo que me gusta de las his­to­rias so­bre Klin­gons? Nada. Muere un mon­tón de gente y na­die ob­tiene beneficios»

—Quark (Ar­min Shi­mer­man)
Star Trek: Es­pa­cio Pro­fundo Nueve (1993)—#4


«[… ] vi ex­plo­tar una es­tre­lla y es­par­cir las pie­zas con las que se arma el uni­verso. Otras es­tre­llas, otros pla­ne­tas y qui­zás otra vida. ¡Una su­per­nova, la Crea­ción misma! Yo es­taba allí. Yo que­ría ver aque­llo y for­mar parte de ese ins­tante. ¿Sa­bes cómo per­cibí uno de los acon­te­ci­mien­tos más glo­rio­sos del uni­verso? Con es­tas ri­dí­cu­las es­fe­ras ge­la­ti­no­sas de mi crá­neo. Con ojos di­se­ña­dos para per­ci­bir una in­sig­ni­fi­cante frac­ción del es­pec­tro elec­tro­mag­né­tico. Con oí­dos di­se­ña­dos sólo para es­cu­char vi­bra­cio­nes del aire. […] ¡Yo no quiero ser hu­mano! ¡Quiero ver los ra­yos gamma! ¡Quiero oír los ra­yos X! ¡Y quiero oler la ma­te­ria os­cura! ¿Ves lo ab­surdo de lo que soy? Ni si­quiera puedo ex­pre­sar es­tas co­sas con pro­pie­dad, por­que tengo que con­cep­tua­li­zar ideas com­ple­jas con este es­tú­pido y li­mi­tante len­guaje. Pero sé que no quiero es­tas pa­tas pren­si­les para mo­verme. Y sí quiero sen­tir el viento de la su­per­nova so­plar so­bre mí. ¡Soy una má­quina, y quiero sa­ber mu­cho más! ¡Puedo ex­pe­ri­men­tar mu­cho más, pero es­toy atra­pado en este cuerpo ab­surdo! ¿Y por qué? Por­que mis cinco crea­do­res pen­sa­ron que Dios lo que­ría así»

—John Ca­vil (Dean Sto­ck­well)
Battles­tar Ga­lac­tica (2003)—#3


«No­so­tros en ab­so­luto que­re­mos con­quis­tar el es­pa­cio, sino ex­pan­dir la Tie­rra hasta el in­fi­nito. No que­re­mos otros mun­dos, sino un es­pejo. Bus­ca­mos un con­tacto y nunca lo lo­gra­re­mos. Nues­tra es­tú­pida pos­tura es la de al­guien es­for­zán­dose por un ob­je­tivo que le ate­rra y no desea con­se­guir. ¡El hom­bre ne­ce­sita al hombre!»

—Snaut (Jüri Jär­vet)
So­la­ris (An­drei Tar­kovski, 1972)—#2


«Gue­rra es paz. Li­ber­tad es es­cla­vi­tud. Ig­no­ran­cia es fuerza»

—George Or­well, 1984—#1


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