• Ex­trac­tos mí­ni­mos (VIII)

    Es­ta­ba abs­traí­do, ha­blan­do los de­más a mi al­re­de­dor. Mi­ré a la me­sa cer­ca­na, a los ojos de ese hom­bre, lue­go a los de su acom­pa­ñan­te; des­pués a la me­sa opues­ta y a la de atrás. Yo los veía a to­dos y al mo­men­to me ví a mí: yo era todos.


  • Bús­que­da y la Luna

    Leo http://rrose.espacioblog.com/post/ 2010/02/28/langjokull, de un blog que me fas­ci­na; tam­bién la poe­sía y la pin­tu­ra y la mú­si­ca me cau­ti­van, no crean. Pe­ro no es es­te su blog.

    Lean la en­tra­da que les di­go. Des­pués ya vuel­ven y seguimos.

    A mí me cues­ta res­pi­rar; en­viar el Cla­ro de Lu­na a la Lu­na y es­cu­char lo que de­vuel­ve. La mú­si­ca de los gla­cia­res. To­car o re­pro­du­cir agua en un dis­co, o hie­lo. Vuel­vo a ci­tar a Snaut (del So­la­ris de Lem) cuan­do di­ce «[…] no que­re­mos otros mun­dos, sino un es­pe­jo…» te­ne­mos hom­bres y mu­je­res, bue­nos y ho­nes­tos ar­tis­tas, bus­can­do deses­pe­ra­da­men­te un es­pe­jo. Ma­ni­fes­tan­do la in­ca­pa­ci­dad, la te­rri­ble in­ca­pa­ci­dad mo­der­na de crear. La imi­ta­ción lle­ga has­ta el ex­tre­mo ri­si­ble de bus­car la res­pues­ta en el es­pe­jo, con la es­pe­ran­za de que el es­pe­jo nos de­vuel­va nues­tra ima­gen de­for­ma­da, trans­for­ma­da o in­com­ple­ta, gro­tes­ca o re­pug­nan­te, por­que al me­nos se­rá dis­tin­ta, y con suer­te, sorprendente.

    ¿Es ne­ce­sa­rio ese des­aso­sie­go, esa con­ti­nua ne­ce­si­dad de lle­nar ga­le­rías o au­di­to­rios con ex­pe­ri­men­tos que lo úni­co que des­cu­bren es la an­gus­tia del crea­dor sin creación?

    La poe­sía es al­go tre­men­da­men­te di­fí­cil, tan­to co­mo la pin­tu­ra, o la mú­si­ca. Y no ha­ce fal­ta de­cir que más di­fí­cil es vi­vir de ellas. Qui­zá por eso al­gu­nos bus­can que la lu­na les ha­ga su tra­ba­jo. Yo, por mi par­te, que lle­vo un mes sin na­da que de­cir, tam­bién eli­jo la Lu­na pa­ra aca­bar con mi se­quía: es­tá en el es­pa­cio, un día ate­rri­za­mos allí. Ca­da uno la usa pa­ra lo que le ape­te­ce. Qué cer­ca está.


  • La ma­yor de­cep­ción del siglo

    Co­mo pue­den leer en es­ta en­tra­da de Wi­red, Oba­ma aca­ba de can­ce­lar el pro­gra­ma Cons­te­lla­tion. En 2020 no ha­brá na­die en la Lu­na. Es­toy de­so­la­do, y no es de bro­ma. Ca­da día me sien­to más ajeno al gé­ne­ro hu­mano. Que lo vis­tan de lo que sea, que lo jus­ti­fi­quen di­cien­do que es lo mis­mo que ha­ce cin­cuen­ta años. Lo que hay que ha­cer es lle­gar, y que­dar­se, co­mo de­bían ha­ber he­cho ha­ce cua­ren­ta. Si­go con­ven­ci­do de que hoy nos can­ta­ría otro ga­llo. Mejor.

    Es­to sí que es un acon­te­ci­mien­to pla­ne­ta­rio, Pa­jín.

    Al me­nos que­da la em­pre­sa pri­va­da, o eso di­ce el Pre­si­den­te. Des­de es­te mo­men­to de­po­si­to mis es­pe­ran­zas en Vir­gin Ga­lac­tic.


  • Atro­pe­llo

    Nues­tro go­bierno ha con­se­gui­do dos hi­tos his­tó­ri­cos: el pri­me­ro, po­ner de acuer­do —en su con­tra— a una bue­na par­te del elec­to­ra­do pen­san­te de iz­quier­da y de­re­cha; el se­gun­do, que yo mien­te la po­lí­ti­ca abier­ta­men­te en es­te blog.

    Nues­to go­bierno quie­re apro­bar una ley que cons­ti­tu­ye el ma­yor atro­pe­llo a la li­ber­tad y los de­re­chos fun­da­men­ta­les de to­da la de­mo­cra­cia, só­lo su­pe­ra­da por el frus­tra­do gol­pe de es­ta­do de fe­bre­ro de 1981 y la fra­ca­sa­da Ley Cor­cue­ra, más co­no­ci­da por la Ley de la pa­ta­da en la puer­ta.

    No so­lo es una ley mons­truo­sa por lo que sig­ni­fi­ca, —que en la prác­ti­ca cual­quier web po­drá ser ce­rra­da si la co­mi­sión crea­da al efec­to lo con­si­de­ra opor­tuno— sino por el agra­vio com­pa­ra­ti­vo que su­po­ne pri­mar un su­pues­to de­li­to (con­tra la pro­pie­dad in­te­lec­tual) fren­te a la in­men­sa ma­yo­ría del res­to de ellos. Y di­go su­pues­to por­que las webs de en­la­ces, que son las su­pues­tas víc­ti­mas de la nue­va ley, has­ta el día de la fe­cha han ga­na­do prác­ti­ca­men­te to­dos los jui­cios a los que se han vis­to sometidas.

    No en­tro a va­lo­rar nues­tras le­yes de pro­pie­dad in­te­lec­tual, ni el su­pues­to pro­ble­ma de las des­car­gas, por­que ya me he sa­li­do bas­tan­te de la lí­nea edi­to­rial de mi blog. Pa­ra eso hay mi­les de fo­ros más pre­pa­ra­dos y ame­nos. Pe­ro a lo que no es­toy dis­pues­to es a que pi­so­teen y ame­na­cen mis li­ber­ta­des con el pre­tex­to de que su in­dus­tria se hunde.

    Cuan­do to­dos sa­ben que la in­dus­tria real­men­te se hun­de ha­cien­do co­sas co­mo es­ta.

    Y si quie­ren más in­for­ma­ción pue­den leer es­to.


  • Off to­pic

    «[…] el Es­ta­do, cu­ya mi­sión es re­tra­sar a los pue­blos en su evo­lu­ción cul­tu­ral, con­si­de­ró co­mo su­ya la cues­tión de la evo­lu­ción y reanu­da­ción del or­na­men­to. ¡Po­bre del Es­ta­do, cu­yas re­vo­lu­cio­nes las di­ri­jan los con­se­je­ros!»—Adolf Loos, Or­na­men­to y de­li­to (1908)


  • Ex­trac­tos mí­ni­mos (VII)

    Un día mon­to­nes de círcu­los ne­gros po­bla­ron los cie­los de to­do el mun­do. Se ha­bían ido. Fue en­ton­ces cuan­do des­cu­bri­mos que real­men­te no sa­bía­mos ha­cer na­da, y vol­vió la Era de las Tinieblas.

    A Dou­glas Adams


  • Fe­liz 2010, o La en­tra­da de ori­gi­nal título

    Pues ya lle­gó. Hoy es­ta hu­mil­de bi­tá­co­ra co­mien­za, co­mo las re­vis­tas an­ti­guas, su Año 3 –que no su ter­cer año– ya que cum­pli­rá dos el pró­xi­mo mar­zo. Ha­gan us­te­des las cuen­tas, y ve­rán de cuán­tas ma­ne­ras se pue­de me­dir el tiempo.

    En es­tos días en que com­ple­ta­mos una ór­bi­ta más al­re­de­dor del Sol, a to­dos nos aprie­tan los re­sú­me­nes por de­trás y los pro­pó­si­tos por de­lan­te. Una suer­te de sand­wich vi­tal, del que in­ten­ta­mos sa­lir en el mis­mo día. Re­co­pi­la­to­rios y anun­cios de nue­vos pro­gra­mas en la te­le. Lan­za­mien­to de nue­vos pro­duc­tos en cuan­to pa­sen los Re­yes Su­fi­cien­te­men­te Avan­za­dos Tec­no­ló­gi­ca­men­te. Nue­vos re­tos, nue­vas ideas, nue­vos áni­mos, vie­jas intenciones.

    Ha si­do un año en el que he es­ta­bi­li­za­do mi cua­derno, y se­rá el año en el que de­je de de­cir blog. He de­ci­di­do usar me­jor mi idio­ma. Bi­tá­co­ra, co­mo la del na­ve­gan­te. Fri­qui en vez de geek, (por­que ade­más tie­ne ma­la tra­duc­ción), en­tra­da o ar­tícu­lo en lu­gar de post.

    Y voy a ha­blar­les a to­dos de us­ted, por­que se lo merecen.

    Es­te es un cua­derno orien­ta­do ha­cia la cien­cia fic­ción y el fu­tu­ro, pe­ro es un cua­derno per­so­nal. Al me­nos se ha con­ver­ti­do en eso; y por eso a ve­ces la te­má­ti­ca ha si­do só­lo una ex­cu­sa pa­ra ha­blar de otras co­sas. He in­ten­ta­do po­ten­ciar la se­rie de Ex­trac­tos Mí­ni­mos, y quie­ro se­guir ha­cién­do­lo en el año que en­tra. He des­po­tri­ca­do de lo que me ha ve­ni­do en ga­na, y el año nue­vo lo ha­ré otra vez, las ve­ces que ha­ga fal­ta. Es­cri­bo po­co, pe­ro lo ha­go cuan­do me ape­te­ce. Hay co­sas que cam­bia­ré y otras que no. Ya veremos.

    Es­te ha si­do el año de la cri­sis, y del 40 ani­ver­sa­rio de la lle­ga­da a la lu­na. Del fi­nal de Battles­tar Ga­lac­ti­ca y del re­ini­cio de Star Trek. Es­te ha si­do el año de Torch­wood y del des­cu­bri­mien­to de agua en nues­tro sa­té­li­te. El año en que la te­le­vi­sión en Es­pa­ña vuel­ve a ol­vi­dar­se de nues­tro gé­ne­ro. El año en el que unos in­de­sea­bles han in­ten­ta­do vio­lar nues­tros de­re­chos fun­da­men­ta­les en una ley so­bre eco­no­mía. El año de la des­pe­di­da del Dé­ci­mo Doc­tor.

    Ya só­lo me que­da de­sear­les que el año que en­tra les trai­ga sa­lud. Can­ti­da­des in­dus­tria­les de sa­lud, a to­dos. Y de mo­do ac­ce­so­rio, que se re­vi­ta­li­ce la pre­sen­cia del hom­bre en el es­pa­cio, con ca­pi­tal pú­bli­co o pri­va­do, por­que si­go pen­san­do que se­rá lo que nos sal­ve de no­so­tros mismos.

    Un abra­zo.


  • The Plan

    The Plan

    The Plan es una pe­lí­cu­la ex­tra­ña. He leí­do bas­tan­tes crí­ti­cas y eso, son bas­tan­te crí­ti­cas. Pres­cin­di­ble, va­cía, de­cep­cio­nan­te. Etcétera.

    Creo que mu­chos fans de la se­rie es­pe­ra­ban El Plan. El plan con ma­yús­cu­las. La pri­me­ra gue­rra Cy­lon. Có­mo lle­ga­ron los cin­co pri­me­ros, có­mo con­tac­ta­ron con los cen­tu­rio­nes, có­mo se ges­ta­ron los mo­de­los hu­ma­noi­des. Por qué el ata­que a las colonias.

    No ol­vi­de­mos que el guión es­tá es­cri­to por Ja­ne Es­pen­son, al­ma ma­ter y ex–show­run­ner de Ca­pri­ca, cu­yo pi­lo­to, mag­ní­fi­ca obra de la me­jor cien­cia fic­ción ac­tual, vol­vía a ser, co­mo en los me­jo­res mo­men­tos de BSG, una fi­ní­si­ma mez­cla de per­so­na­jes y cir­cuns­tan­cias, de hu­ma­nas y com­ple­jas situaciones.

    Eso es The Plan. El por­qué del cam­bio de com­por­ta­mien­to de los cy­lon. La evo­lu­ción per­so­nal de los nue­vos mo­de­los, des­de la ab­so­lu­ta psi­co­pa­tía del Ca­vil de Ga­lac­ti­ca a la to­tal trans­for­ma­ción de Si­mon, pa­san­do por el cal­va­rio de Boo­mer al des­cu­brir su ver­da­de­ra con­di­ción. La hu­ma­ni­za­ción de ca­si au­tén­ti­cos humanos.

    En­ton­ces, ¿qué es lo que no funciona?.

    Efec­ti­va­men­te, The Plan es una pe­lí­cu­la pres­cin­di­ble den­tro de la his­to­ria, en el sen­ti­do de que no apor­ta nin­gu­na in­for­ma­ción que des­ve­le nue­vas cla­ves. Tam­po­co lo ha­cía Ra­zor, y real­men­te era una pe­lí­cu­la so­ber­bia. El pro­ble­ma es de am­bi­ción. Creo que The Plan es una mi­ni­se­rie frus­tra­da. Ha­bría si­do fan­tás­ti­co ce­rrar el círcu­lo con una mi­ni­se­rie co­mo la pri­me­ra. Un acer­ca­mien­to de­ta­lla­do a los per­so­na­jes, ha­ber pro­fun­di­za­do más en al­guno de los ca­rac­te­res, y ló­gi­ca­men­te ha­ber re­tro­ce­di­do en el tiem­po has­ta la lle­ga­da de los cin­co primeros.

    Pe­ro no me ha dis­gus­ta­do en ab­so­lu­to. Pe­se a al­gu­nas es­ce­nas su­per­fluas y una di­rec­ción un po­co pla­na. Y el abu­so del ar­chi­ve foo­ta­ge. Pe­ro es­pe­ra­ba mu­cho me­nos. Me que­do con la idea.


  • In­exac­ti­tu­des

    En es­te ar­tícu­lo, de fe­cha 26 de di­ciem­bre, de Mi­cro­sier­vos, uno de los blogs en es­pa­ñol más lei­dos, se ha­ce una crí­ti­ca (que no en­tro a va­lo­rar) de la se­rie Star­ga­te: Uni­ver­se, el se­gun­do spin – off de la se­rie Star­ga­te: SG – 1, in­tro­du­cien­do va­rias inexactitudes:

    Así que o bien se po­nen las pi­las en los ca­pí­tu­los res­tan­tes de la tem­po­ra­da pa­ra ir de­sa­rro­llan­do un ar­co ar­gu­men­tal que lle­ve a al­gún si­tio, o ten­go mis du­das de que la re­nue­ven pa­ra una se­gun­da tem­po­ra­da.

    En es­te sen­ti­do hay que acla­rar que el anun­cio de la re­no­va­ción de la se­rie pa­ra la se­gun­da tem­po­ra­da se pro­du­jo el pa­sa­do 14 de diciembre.

    Aun­que tam­bién es cier­to que la pri­me­ra tem­po­ra­da de Star­ga­te, que al fi­nal ter­mi­nó sien­do la se­rie de cien­cia fic­ción que más tiem­po es­tu­vo en emi­sión de for­ma con­ti­nua de la his­to­ria, era muy flo­ja, así que ha­brá que dar­le una oportunidad.

    Y aquí, só­lo de­cir que la se­rie de cien­cia fic­ción que más tiem­po ha es­ta­do en emi­sión de for­ma con­ti­nua es Doc­tor Who, des­de el 23 de no­viem­bre de 1963 al 6 de di­ciem­bre de 1989 (26 años), con las pa­ra­das ló­gi­cas de ca­da tem­po­ra­da, al igual que SG‑1.

    Aho­ra di­réis que soy un pun­ti­llo­so, pe­ro creo que es fun­da­men­tal al in­for­mar no dar de­ta­lles in­ne­ce­sa­rios si no se con­tras­tan. Eso res­ta cre­di­bi­li­dad al res­to de la in­for­ma­ción y da muy ma­la ima­gen al lec­tor in­for­ma­do. Es obli­ga­ción del que in­for­ma en in­ter­net ser lo más ri­gu­ro­so po­si­ble a la ho­ra de ha­cer­lo, má­xi­me si se sa­be que hay una gran can­ti­dad de per­so­nas que leen esa in­for­ma­ción. En el ca­so de Mi­cro­sier­vos, 1.300.000 se­gún sus pro­pios da­tos, en fe­bre­ro de 2009.

    Yo soy uno de esos lec­to­res y lo se­gui­ré sien­do, por­que la ca­li­dad del blog y su es­fuer­zo di­vul­ga­dor de la cien­cia y la tec­no­lo­gía son dig­nos de men­ción, pe­ro creo que por el de­ta­lle se ga­na y se pier­de pres­ti­gio, y se pier­de más del que se ga­na. Por eso es tan importante.

    Es­pe­ro que si en­con­tráis co­sas así en es­ta hu­mil­de bi­tá­co­ra, me lo ha­gáis sa­ber in­me­dia­ta­men­te pa­ra co­rre­gir­me con ra­pi­dez. Lo agra­dez­co de antemano.


  • Fi­lo­so­fía de la Se­ño­ri­ta Pepis

    A mí del có­mic el que me gus­ta es Moe­bius, que es un ca­chon­do. Lo úl­ti­mo que me leí de Frank Mi­ller fue ha­ce ca­si vein­te años –Bat­man año uno, creo – , y por su­pues­to no ha­bía ca­ta­do ni me­dia de la mag­na obra de Moo­re y Gib­bons. Y el otro día me la al­qui­lé. La pe­lí­cu­la del año, tras El Ca­ba­lle­ro Os­cu­ro, decían.

    Lle­ga­dos a es­te pun­to, de­bo acla­rar que yo veo, oi­go y leo cien­cia fic­ción y su­per­hé­roes por­que soy un mi­li­tan­te, es­tá en mi ADN. Es de­cir, leía los vo­lú­me­nes ca­pa­dos de la Mar­vel de Edi­cio­nes Vér­ti­ce, me sa­lió el ve­llo pú­bi­co mien­tras veía El Im­pe­rio Con­tra­ata­ca y me en­ce­rra­ba en el ba­ño con Ghi­ta de Ali­zarr. Es­to lo di­go por­que el he­cho de que me tra­gue to­das las fri­ca­das que lle­gan a mis ma­nos, no quie­re de­cir que no dis­tin­ga la ca­li­dad de lo que veo o leo. (Por cier­to, he de­ja­do de ver Plu­tón).

    A lo que iba. Que de­jé de leer có­mics. Eran muy ca­ros, ade­más. Ne­ce­si­ta­ba el di­ne­ro pa­ra cubatas.

    Leer lo que un per­so­na­je pien­sa en ca­da vi­ñe­ta de ca­da pá­gi­na es un co­ña­zo. Eso sin con­tar que los enor­mes bo­ca­di­llos de tex­to de­jan po­co si­tio pa­ra los di­bu­jos. Por eso no he ido a ver el Spi­rit de Frank Mi­ller. Eso es un sa­cri­le­gio. Los que amen pro­fun­da­men­te a Will Eis­ner co­mo yo me entenderán.

    To­do es­to es pa­ra de­cir­les que Watch­men me pa­re­ce una pe­lí­cu­la pre­ten­cio­sa, gran­di­lo­cuen­te y va­cía. Y a ve­ces, ri­dí­cu­la. Con su clí­max cuan­do un su­per­hé­roe eya­cu­la­dor pre­coz re­cu­pe­ra su mo­jo al cal­zar­se de nue­vo el tra­je de Búho Noc­turno. Enor­me, va­mos. Y el po­bre del Doc­tor Manhat­tan que le de­ja la novia.

    ¡An­da ya!


  • Am­bien­tes

    Es­ta ma­ña­na lle­vé a mi hi­ja al co­le­gio; ha­bía llo­vi­do y el sue­lo es­ta­ba en­char­ca­do. Ade­más, un po­co de nie­bla ha­cía el ai­re es­pe­cial­men­te hú­me­do, co­mo el que se res­pi­ra en la du­cha. Los ni­ños su­bie­ron a cla­se tras el tim­bre sin pri­sa pe­ro or­de­na­da­men­te, y en un par de mi­nu­tos el pa­tio del co­le­gio se que­dó de­sier­to, de­jan­do so­lo el feo edi­fi­cio en una ma­ña­na bru­mo­sa lle­na de si­len­cio. Y gris.

    El si­len­cio y la nie­bla me re­cor­da­ron Battles­tar Ga­lac­ti­ca, y la te­rri­ble y con­ti­nua sen­sa­ción de so­le­dad que con­si­gue trans­mi­tir en ca­da mi­nu­to, que co­mo esa nie­bla de fon­do te chi­lla a ca­da mo­men­to que no hay es­pe­ran­za, que só­lo unos po­cos va­gan sin rum­bo y ha­cia nin­gún si­tio des­pués de ca­si ser ex­ter­mi­na­dos. Des­pués me fui a tra­ba­jar y al ra­to sa­lió el sol.


  • Ma­ni­fies­to en de­fen­sa de los de­re­chos fun­da­men­ta­les en Internet

    Ma­ni­fies­to en de­fen­sa de los de­re­chos fun­da­men­ta­les en Internet

    An­te la in­clu­sión en el An­te­pro­yec­to de Ley de Eco­no­mía sos­te­ni­ble de mo­di­fi­ca­cio­nes le­gis­la­ti­vas que afec­tan al li­bre ejer­ci­cio de las li­ber­ta­des de ex­pre­sión, in­for­ma­ción y el de­re­cho de ac­ce­so a la cul­tu­ra a tra­vés de In­ter­net, los pe­rio­dis­tas, blog­gers, usua­rios, pro­fe­sio­na­les y crea­do­res de in­ter­net ma­ni­fes­ta­mos nues­tra fir­me opo­si­ción al pro­yec­to, y de­cla­ra­mos que…

    1.- Los de­re­chos de au­tor no pue­den si­tuar­se por en­ci­ma de los de­re­chos fun­da­men­ta­les de los ciu­da­da­nos, co­mo el de­re­cho a la pri­va­ci­dad, a la se­gu­ri­dad, a la pre­sun­ción de ino­cen­cia, a la tu­te­la ju­di­cial efec­ti­va y a la li­ber­tad de expresión.

    2.- La sus­pen­sión de de­re­chos fun­da­men­ta­les es y de­be se­guir sien­do com­pe­ten­cia ex­clu­si­va del po­der ju­di­cial. Ni un cie­rre sin sen­ten­cia. Es­te an­te­pro­yec­to, en con­tra de lo es­ta­ble­ci­do en el ar­tícu­lo 20.5 de la Cons­ti­tu­ción, po­ne en ma­nos de un ór­gano no ju­di­cial ‑un or­ga­nis­mo de­pen­dien­te del mi­nis­te­rio de Cultura‑, la po­tes­tad de im­pe­dir a los ciu­da­da­nos es­pa­ño­les el ac­ce­so a cual­quier pá­gi­na web.

    3.- La nue­va le­gis­la­ción crea­rá in­se­gu­ri­dad ju­rí­di­ca en to­do el sec­tor tec­no­ló­gi­co es­pa­ñol, per­ju­di­can­do uno de los po­cos cam­pos de de­sa­rro­llo y fu­tu­ro de nues­tra eco­no­mía, en­tor­pe­cien­do la crea­ción de em­pre­sas, in­tro­du­cien­do tra­bas a la li­bre com­pe­ten­cia y ra­len­ti­zan­do su pro­yec­ción internacional.

    4.- La nue­va le­gis­la­ción pro­pues­ta ame­na­za a los nue­vos crea­do­res y en­tor­pe­ce la crea­ción cul­tu­ral. Con In­ter­net y los su­ce­si­vos avan­ces tec­no­ló­gi­cos se ha de­mo­cra­ti­za­do ex­tra­or­di­na­ria­men­te la crea­ción y emi­sión de con­te­ni­dos de to­do ti­po, que ya no pro­vie­nen pre­va­len­te­men­te de las in­dus­trias cul­tu­ra­les tra­di­cio­na­les, sino de mul­ti­tud de fuen­tes diferentes.

    5.- Los au­to­res, co­mo to­dos los tra­ba­ja­do­res, tie­nen de­re­cho a vi­vir de su tra­ba­jo con nue­vas ideas crea­ti­vas, mo­de­los de ne­go­cio y ac­ti­vi­da­des aso­cia­das a sus crea­cio­nes. In­ten­tar sos­te­ner con cam­bios le­gis­la­ti­vos a una in­dus­tria ob­so­le­ta que no sa­be adap­tar­se a es­te nue­vo en­torno no es ni jus­to ni rea­lis­ta. Si su mo­de­lo de ne­go­cio se ba­sa­ba en el con­trol de las co­pias de las obras y en In­ter­net no es po­si­ble sin vul­ne­rar de­re­chos fun­da­men­ta­les, de­be­rían bus­car otro modelo.

    6.- Con­si­de­ra­mos que las in­dus­trias cul­tu­ra­les ne­ce­si­tan pa­ra so­bre­vi­vir al­ter­na­ti­vas mo­der­nas, efi­ca­ces, creí­bles y ase­qui­bles y que se ade­cuen a los nue­vos usos so­cia­les, en lu­gar de li­mi­ta­cio­nes tan des­pro­por­cio­na­das co­mo in­efi­ca­ces pa­ra el fin que di­cen perseguir.

    7.- In­ter­net de­be fun­cio­nar de for­ma li­bre y sin in­ter­fe­ren­cias po­lí­ti­cas aus­pi­cia­das por sec­to­res que pre­ten­den per­pe­tuar ob­so­le­tos mo­de­los de ne­go­cio e im­po­si­bi­li­tar que el sa­ber hu­mano si­ga sien­do libre.

    8.- Exi­gi­mos que el Go­bierno ga­ran­ti­ce por ley la neu­tra­li­dad de la Red en Es­pa­ña, an­te cual­quier pre­sión que pue­da pro­du­cir­se, co­mo mar­co pa­ra el de­sa­rro­llo de una eco­no­mía sos­te­ni­ble y rea­lis­ta de ca­ra al futuro.

    9.- Pro­po­ne­mos una ver­da­de­ra re­for­ma del de­re­cho de pro­pie­dad in­te­lec­tual orien­ta­da a su fin: de­vol­ver a la so­cie­dad el co­no­ci­mien­to, pro­mo­ver el do­mi­nio pú­bli­co y li­mi­tar los abu­sos de las en­ti­da­des gestoras.

    10.- En de­mo­cra­cia las le­yes y sus mo­di­fi­ca­cio­nes de­ben apro­bar­se tras el opor­tuno de­ba­te pú­bli­co y ha­bien­do con­sul­ta­do pre­via­men­te a to­das las par­tes im­pli­ca­das. No es de re­ci­bo que se reali­cen cam­bios le­gis­la­ti­vos que afec­tan a de­re­chos fun­da­men­ta­les en una ley no or­gá­ni­ca y que ver­sa so­bre otra materia.

    Es­te ma­ni­fies­to, ela­bo­ra­do de for­ma con­jun­ta por va­rios au­to­res, es de to­dos y de nin­guno. Si quie­res su­mar­te a él, di­fún­de­lo por Internet. 


  • We are coming

    We are coming

    Cues­tio­nar los es­crú­pu­los de los po­lí­ti­cos —de cual­quier signo, acla­ro— en los tiem­pos que co­rren es una ta­rea ar­dua. Y no por­que no den mues­tra de su fal­ta de ma­ne­ra co­ti­dia­na, sino por­que se es­can­da­li­zan y se ras­gan las ves­ti­du­ras, los muy cí­ni­cos, pre­ten­dien­do que son só­lo unos po­cos los que ac­túan de for­ma in­tere­sa­da, y que la in­men­sa ma­yo­ría de ellos son unos ben­di­tos ser­vi­do­res de la so­cie­dad, que de­rro­chan su vi­da y su tra­ba­jo co­mo her­ma­ni­tas de la ca­ri­dad, en pos de la so­cie­dad y de los ciu­da­da­nos, a ries­go de su sa­lud y su familia.

    Y una mier­da, hombre.

    En­ci­ma los me­dios de co­mu­ni­ca­ción se en­car­gan de ma­cha­car el men­sa­je. La cla­se po­lí­ti­ca es bue­na, só­lo hay al­gu­nos co­rrup­tos, só­lo unos po­cos son ma­los, el res­to es gen­te de bien que se preo­cu­pa por nosotros.

    Co­mo siem­pre, la Cien­cia Fic­ción —con ma­yús­cu­las— se ocu­pa de ob­viar esa co­rrec­ción po­lí­ti­ca, de de­cir las ver­da­des con otras pa­la­bras, de tra­du­cir una reali­dad tra­ves­ti­da al len­gua­je de la trá­gi­ca y de­ni­gran­te ver­dad. Des­de que Star Trek em­pe­za­ra a de­nun­ciar el ra­cis­mo, la gue­rra de Viet­nam, el ma­chis­mo o la ho­mo­fo­bia es­cu­dán­do­se en guio­nes de na­ves es­pa­cia­les, esa Cien­cia Fic­ción ha pa­sa­do de abor­dar el te­ma del te­rro­ris­mo, con to­da su cru­de­za, en Battles­tar Ga­lac­ti­ca, a de­nun­ciar la ab­yec­ción de la po­lí­ti­ca y la po­dre­dum­bre del es­ta­do en Torch­wood: Chil­dren of Earth, la ter­ce­ra tem­po­ra­da de la se­rie, que se ha emi­ti­do en for­ma­to mi­ni­se­rie (cin­co ca­pí­tu­los) en el Rei­no Uni­do en Ju­lio de es­te año.

    No quie­ro ha­cer una si­nop­sis de la tem­po­ra­da ni avan­zar spoi­lers. El ob­je­ti­vo de es­ta en­tra­da es que la veáis. El éxi­to co­se­cha­do tan­to en el Rei­no Uni­do co­mo en Los EE UU no es ca­sual; el guión es sor­pren­den­te, ate­rra­dor, elec­tri­zan­te. Los per­so­na­jes es­tán cons­trui­dos con cru­de­za y rea­lis­mo, es­pe­cial­men­te los de John Fro­bisher (Pe­ter Ca­pal­di) y Ali­ce Car­ter (Lucy Co­hu). Los po­cos fa­llos, y los ex­ce­sos, que los hay, se per­do­nan con ale­gría, por­que asis­ti­mos a un es­pec­tácu­lo que es­tá sin du­da en­tre los me­jo­res del año en la televisión.

    Ni que de­cir tie­ne que ni es­tá pro­gra­ma­da en Es­pa­ña ni tie­ne vi­sos de es­tar­lo. Se­gui­mos en las mis­mas. Y co­mo véis, he reanu­da­do el blog lleno de op­ti­mis­mo y ale­gría. Bueno, así es mi terapia.

    Co­mo siem­pre, pa­ra en­ten­der el tí­tu­lo hay que ver la se­rie. Ese sí es un spoiler.


  • Dos mil docenas

    Ni si­quie­ra los que han es­tu­dia­do el ca­len­da­rio ma­ya ése se po­nen de acuer­do so­bre cuán­do ter­mi­na o de­ja de ter­mi­nar y en qué año. Y es­tre­nan una pe­lí­cu­la y ya hay gen­te que es­tá aco­jo­na­da por­que en 2012 se aca­ba el mun­do. Y otros que le­van­tan una ce­ja mien­tras ha­blan de Nos­tra­da­mus y de los ma­yas y de sus castas.

    Dos mil do­ce­nas de gilipollas.


  • Ex­trac­tos mí­ni­mos (VI)

    Aro­vac vol­vió a ba­jar otra vez pa­ra con­ven­cer­se. Es­tu­vo va­rios me­ses en su pi­so al­qui­la­do de Pa­rís. Le gus­ta­ba Pa­rís por­que te­nía un po­co de to­do, y un po­co más de na­tu­ra­le­za, aun­que fue­ra un po­co ca­ro. El di­ne­ro no era im­por­tan­te pe­ro le pa­re­cían un po­co in­mo­ra­les aque­llos pre­cios, co­no­cien­do co­mo co­no­cía a la ra­za.

    Les ha­bía to­ma­do ca­ri­ño, con el tiem­po. Pe­se a su bru­ta­li­dad, a su ava­ri­cia. Ha­bía co­no­ci­do ejem­pla­res bri­llan­tes, con los que ape­nas se ha­bía abu­rri­do. Pe­ro se le aca­ba­ba el tiem­po y no era po­si­ble re­cu­pe­rar­lo. Se ha­bía in­te­rrum­pi­do el pro­gra­ma lu­nar ha­cía más de un cuar­to de si­glo y la si­guien­te vi­si­ta no es­ta­ba pre­vis­ta pa­ra an­tes de diez años. No po­día in­ter­ve­nir, pe­ro se re­sis­tía a creer que la ra­za en­te­ra ti­ra­ba la toa­lla, aho­ra que los ras­ga­dos ha­bían to­ma­do partido.

    Sus ór­de­nes eran es­tric­tas. Mu­chos sis­te­mas que ob­ser­var y muy po­cos ob­ser­va­do­res. Lle­va­ba más de trein­ta años en la in­ves­ti­ga­ción y los re­sul­ta­dos eran bas­tan­te de­cep­cio­nan­tes. «Sis­te­ma ce­rra­do pa­ra con­tac­to; ci­vi­li­za­ción em­brio­na­ria. Sus­pen­der ob­ser­va­ción y con­tac­to in­de­fi­ni­da­men­te.» Aro­vac subió y se des­pi­dió si­len­cio­so del azul, pre­gun­tán­do­se lo que ha­bría ocu­rri­do si aquel Apo­lo 18 hu­bie­ra des­pe­ga­do. Pa­sa­rían mi­le­nios an­tes de volver.